Es complicado escribir una reseña sobre una obra que me escandalizó como ninguna, aunque entiendo que ese es precisamente su objetivo: asquear, ruborizar e incomodar al lector, hacer que no pueda permanecer indiferente ante semejante espectáculo de violencia gratuita, erotismo y fetichismo desbordado.
En cuanto a su estructura narrativa, es repetitiva y caótica, con escenas que rayan el hartazgo por su constante insistencia en ciertos motivos —tomar Nescafé, dormir, tener sexo—, que parecen regresar una y otra vez sin ofrecer un verdadero avance en la trama.
Podría decir sencillamente que no me gustó, pero es mucho más complejo que eso. Porque, a pesar del rechazo que genera, hay algo hipnótico en la lectura, una fuerza que te impide abandonar el texto hasta llegar al punto final. Tal vez es una consecuencia natural del morbo, o simple curiosidad por saber hasta dónde pueden escalar las cosas.
¿La novela se pone mejor más adelante? En absoluto. Todo se vuelve más turbio, delirante e incoherente, en un in crescendo frenético que va desde un conflicto local entre gays y transexuales hasta una guerra intergaláctica por la posesión de la Luna.
Aun así, hay que reconocer que la novela tiene una crítica social muy potente. Copi expone las tensiones y vulnerabilidades de la comunidad queer de su tiempo, a la vez que crítica al mismo movimiento desde adentro, al ridiculizar el estereotipo de homosexual blanco y hegemónico que estaba en boga por los años ochenta.
Toda la obra está escrita en clave de humor —un humor negro, ácido y agresivo—, lo que explica su reiteración intencional, sus incoherencias conscientes y sus excesos calculados. Sin embargo, vale aclarar que no es un tipo de humor apto para cualquier lector: Copi incomoda, y lo hace a propósito.