Una vez más Unamuno me vuelve a sorprender con otra obra reflexiva e íntima. En esta ocasión, enfoca la crisis de fe que todos nos planteamos en algún momento de una manera elegante pero contundente: Dios no existe y la existencia per se, no tiene ninguna finalidad. La novela abarca unas cincuenta páginas, más que suficiente para establecer una visión pesimista pero sumamente compleja del entorno en el que vivimos.
En segunda instancia y de manera muy sutil, se toca el tema de la moral. Don Manuel es santo no porque haga buenas acciones, que a fin de cuentas, todos, con un poco de fuerza de voluntad y empatía podemos llegar a hacer. Don Manuel es santo, porque, aun no creyendo en el sentido de la vida, y por tanto, al no creer en el castigo o la recompensa post mortem, no desarrolla un estilo de vida amoral y perverso, si no, que, por el contrario, dedica su vida a hacer la de los demás felices, aun cuando crea que todo eso sirve más bien de poco. Así, de esta manera, Manuel ayuda a sus feligreses, da misa, lee con una hipnótica voz y una presencia imponente y atractiva los principales pasajes de la Biblia, que calan hondo en las gentes de su pueblo por la manipulación psicológica que el tono lleva implícito, los pueblerinos quedan obnubilados ante las palabras del santo, perfectamente representada su incultura y su simpleza de espíritu en el retrasado mental local quien vive con una pasión casi desmedida las palabras de su párroco y las va gritando por las calles. La moral es para Unamuno, una decisión que tiene que partir no de las creencias religiosas, si no de la reflexión laica, pura, meramente humana, construirse a raíz de las conclusiones que el individuo llegue sobre su entorno, sobre la mejor manera de convivir en plenitud con los demás, y no buscando una supuesta recompensa en el más allá. Por otro lado, el tema de la crisis de fe, queda perfectamente expuesto, tanto emocional, como espiritualmente por este genial filósofo vasco, la sensación de vacío, de incertidumbre, de angustia hacia todo lo que nos rodea y sobre todo, el cambio de perspectiva tan radical que en uno se da cuando lleva toda la vida creyendo en Dios y cuando ese pensamiento se va difuminando con el paso de los años. Una soberbia obra maestra.