El libro es bueno. Las ideas están expresadas con claridad, lo que analiza y propone está bien explicado, pero se podría hacer en la mitad de páginas. La lectura es fluida, y al final incluye un glosario con gran cantidad de términos de uso frecuente en los activismos afectivos y de otras clases que puede ser muy útil para quien no esté acostumbrade a ese tipo de discursos. Expongo ahora varios puntos del contenido que me parecen destacables.
Una de las claves para entender la anarquía relacional consiste en tener en cuenta que es una propuesta que proviene de la anarquía, no de lo relacional. No es una revisión del poliamor, sino una extensión de las ideas y tácticas anarquistas al ámbito de las relaciones afectivas. La anarquía relacional propone criticar y cuestionar las características normativas hegemónicas, las etiquetas y los estereotipos de las relaciones tradicionales, para poder generar una red relacional más cercana a la autogestión. Lo importante no es el número de relaciones (de manera muy simplificada, este sería el punto de partida de los planteamientos de las denominadas no-monogamias), sino en cómo se construyen las relaciones y qué se asume al construirlas. (De hecho, poner el foco de atención en la no-monogamia supone un sesgo alosexista de las relaciones [p. 162], si no establecemos una jerarquía entre relaciones sexo-afectivas y de amistad, entonces todo el mundo es no-monógamo [p. 170]). Las relaciones poliamorosas y las relaciones monógamas «son amatonormativas por construcción» (p. 43). «Del mismo modo que la solución a los sueldos de miseria no es el pluriempleo, la respuesta al problema de la pareja normativa como burbuja que aísla e impide que los vínculos formen una red de apoyo, cuidados y complicidades, no es la "libertad" para multiplicar las burbujas» (p. 65). «[E]s precisamente a las personas más vulnerables, con menos poder y privilegios a las que más podría beneficiar el pase de una sociedad de vínculos atomizados, nucleares, individualistas, a un esquema basado en redes amplias donde las relaciones no están sometidas a mandatos culturales que las etiquetan y delimitan sino a las necesidades, deseos y capacidades de sus miembros y en las que la reciprocidad no es uno a uno sino entre cada persona y el colectivo» (p. 50).
La idea es que la naturaleza de cada vínculo se construya y evolucione sin tomar como referencia absoluta la autoridad de las costumbres o de las decisiones y consensos tomados en el pasado. Es un peligro que las relaciones ya existentes determinen los límites y obligaciones de las nuevas. «Podríamos hablar en este caso de una especie de dictadura de los consensos previos» (p. 41). Algo que es importante aclarar es que la construcción de las relaciones sea autogestionada no implica que sea necesario ni legítimo que consensuar todo aspecto, sino solamente los colectivos. «La exclusividad sexual y afectiva como mandato no es admisible en la anarquía relacional porque supone una coacción o un derecho a veto, no porque exista una inclinación inherente a un número de relaciones concreto» (p. 66). Una persona puede y debe decidir sobre sus límites, lo que tiene que ver con su cuerpo y su tiempo, pero no puede decidir sobre los límites de los demás. De la misma manera, la transparencia y comunicación puede ser algo deseable o no, acordable o no, pero no puede ser un mandato imperativo por fundamento (p. 164). Asimismo, la aparición de nuevas relaciones no es algo que se preste a debatir en grupo, aunque pueda afectar a distintas personas, ya que supondría limitar la soberanía personal (p. 173-4) —no pedimos permiso a nuestras amistades para establecer una nueva, lo mismo sucedería con las relaciones sexuales y otras—.
El paradigma del «contrato entre iguales» es un lugar común del que conviene alejarse para entender las relaciones. «Un compromiso responsable […] no es un intercambio sino el reconocimiento expresión y celebración […] de un propósito voluntario y adaptable pero fiable y firme» (p. 244). Las metáforas mercantilistas pueden causar más daño que ayuda. Uno de los problemas que genera es la idea de tener que recibir algo a cambio por todo lo que doy. Otro es el pretender que unos acuerdos hablados hace tiempo siguen siendo firmes y vinculantes sin que sea necesario revisarlos con la evolución de la relación (p. 246). Por otra parte, es curioso plantear una analogía entre los procesos psicológicos que se dan en poblaciones en situaciones de escasez («muy bajo nivel de creatividad y apertura. Los bienes, las ideas, las oportunidades no se comparten fácilmente» p. 278) y la situación actual de «escasez afectiva» creada «arificialmente» por la cultura monógama y alosexista.
Hay vínculos muy claros entre propuestas feministas de hace más de 50 años y la anarquía relacional, así como entre ideas feministas y anarquistas desde el principio de ambas, quizá mejor encarnada esta intersección en Emma Goldman. Es curioso que, mientras que en el sXIX y principios del XX el anarquismo llevaba a sus militantes al feminismo, a finales del XX empezó a suceder al revés (p. 85). Respecto a su relación con el anarquismo, la anarquía relacional «cambia el foco de atención de las leyes y el estado —en el anarquismo— a las pautas relacionales y la construcción cultural hegemónica de los vínculos —en la anarquía relacional—» (p. 87).
En mi opinión, algunas reflexiones requieren más argumentación. Por ejemplo, en p. 39 declara que «los cánones estereotipados, rígidos e inapelables» son importantes «a la hora de mantener las sociedades encauzadas dentro de unos límites que no amenacen al orden y al sistema»; no me parece algo evidente y de hecho no es difícil argumentar justo lo opuesto, especialmente respecto al sistema capitalista y las relaciones sexuales y afectivas.
Se listan varias propuestas prácticas y concretas en las p. 188-91. También en p. 298-9. Una de las más recurrentes es evitar el uso de etiquetas en las relaciones. Según el autor, las etiquetas pueden ser útiles en ciertas circunstancias pero siempre son peligrosas. Una posible estrategia para evitarlas es usar expresiones del tipo «Yo me relaciono de otra manera» (p. 129) para referirnos a las relaciones no normativas.
Varias citas que me han resultado interesantes:
«La anarquía relacional propone sustiruir la normatividad por la autogestión de las relaciones» (p. 88).
«Los únicos elementos característicos que no deberían faltar como suelo básico de una organización no normativa de autogestión responsable […] con la articulación de la mecánica de los vínculos mediante compromisos voluntarios asumidos por cada persona y mediante límites circunscritos al propio cuerpo, espacio y sentimiento» (p. 90-1).
«Un planteamiento que no incluya una postura decididamente enfrentada al machismo, al privilegio económico o social, al autoritarismo de la familia nuclear tradicional, a la autoridad moral religiosa, la homofbia, la transfobia, la xenofobia, la aporofobia, el racismo, a culpabilización de la actividad sexial, pasional, amorosa en cualquiera de sus formas consentidas, la soberanía sobre el propio cuerpo, a los derechos de la persona internacionalmente reconocidos y a otras formas de pensamiento reaccionario e inmovilista, no puede identificarse de ninguna manera con la anarquía relacional» (p. 178) (¡madre mía!).
«[S]e trata de ser ecuánimes en la consideración de las relaciones, no de las personas. A todas las relaciones se les aplican las mismas exigencias, pero no a todas las personas en todos los momentos y contextos se les puede pedir el mismo grado de autonomía, ánimo, fortaleza, voluntad y coherencia» (p. 249).
De cara a renunciar a los privilegios de pareja, «[l]as dos dificultades más importantes son, quizá, cómo renunciar sin más a una asiduidad que me atrae y que deseo –y que llego a pensar que necesito a toda costa para ser feliz— y cómo comunicar lo que siento sin que se convierta en una demanda o una presión» (p. 274).
«El capital erótico, incluso si lo despojamos de la perspectiva de género y lo tratamos como un rasgo personal indiferenciado, encarna el gradiente de poder por excelencia en las relaciones» (p. 283).
«Un posible cambio de paradigma tendría como objetivo procurar que las relaciones no fueran necesariamente perecederas, pero no en términos perceptivos, sino buscando fórmulas para unos vínculos sostenibles» (p. 332).