El Huracán es el reportaje de mayor ritmo que se haya escrito en torno a la época alucinante, mágica y violenta llamada La Conquista. Tomando como punto de partida a los grandes cronistas de Indias -que median al mundo en los términos de una guerra entre ángeles y demonios- el libro habla en el lenguaje del hombre de hoy, busca referencias para el hombre de hoy y encuentra finalmente un paralelo histórico sorprendente con la Colombia de nuestros días
Germán Castro Caycedo nació en Zipaquirá, una ciudad cercana a Bogotá, en 1940.
Actualmente es el escritor colombiano de literatura no-ficción más leído en su país. Sus libros alcanzan tirajes que hoy sobrepasan un millón de libros acogidos por el público colombiano. La sólida credibilidad con que goza el autor sumada a la calidad literaria de su trabajo son parte del resultado.
Sus historias cortadas de la realidad son tejidas con base en investigaciones minuciosas y vivencias propias en los lugares donde acontecen los hechos.
Escribe utilizando la misma técnica de la novela en cuanto a estructura, manejo del tiempo dramático, equilibrio en los clímax y todos aquellos factores de la gran narrativa, pero rechaza crear situaciones ficticias.
“Cuando se escribe ficción se juega con la imaginación. Cuando se trabaja sobre la realidad, con la precisión. Se trata de contar de tal manera que la realidad se lea como si fuera ficción, lo cual es característico de Colombia”, dice.
Luego de 38 años como periodista ha sido distinguido con doce premios nacionales de periodismo y seis internacionales. Los últimos fueron el Rodolfo Walsh que señaló a El Karina como el mejor libro de narrativa no- ficción publicado en España en 1999, y en el 2005 el Premio de Periodismo Planeta, por su libro Que la muerte espere.
Trabajó diez años en El Tiempo, el diario más importante de Colombia como cronista general.
Durante veinte años dirigió el exitoso programa de televisión Enviado Especial que introdujo el periodismo moderno en la televisión colombiana.
Ha escrito 18 libros.
Siendo cronista de El Tiempo, sufrió un accidente aéreo cerca de Bogotá, saliendo ileso.
Terminando la ambientación de su libro Candelaria y en vísperas de viajar 520 kilómetros al norte del Circulo Polar Ártico, (Rusia), en busca de una aldea siberiana llamada Muiscámenni, (1999), resbaló en el hielo y se fracturó la base del cráneo. Fue trasladado a la clínica Bódkina de Moscú. A raíz del accidente perdió el gusto y el olfato, pero seis meses más tarde logró visitar el Artico y redondear la historia que buscaba.
Lo que más me gustó de este libro es la forma en que Castro Caycedo entrecruza los relatos de cronistas de la época de la conquista y su propia travesía a bordo del Buque Gloria; los paralelos y los detalles que, a pesar de los siglos, permanecen sin alterar cuando se trata de navegar por el mar Caribe.
Sin embargo, este reportaje tiende a culpar de todos nuestros males al hecho de que quienes llegaron a América fueron lo más indeseable de España. En mi opinión, esa me parece una explicación simplista y facilista de nuestras desgracias como continente, además de sugerir que por ser descendientes de estas personas estamos inexorablemente destinados a ser pueblos violentos, corruptos e incapaces de apreciar la verdadera magia del lugar en que nacimos. Por último, si bien este libro es una denuncia a la absoluta destrucción de los pueblos indígenas por parte de los europeos, creo que tiene algo de paternalismo cuando se habla de la infinita inocencia, bondad e ingenuidad de estas tribus, porque es en cierta forma la infantilización de unos pueblos profundamente complejos y autónomos.
Castro Caicedo hace una reseña histórica del origen y cómo se dió la colonización europea en América, y cómo a través de graves vejamenes cometidos por diversos personajes que ocuparon estás tierras, para ultrajarla. Un génesis de sangre y terror.
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Se acabaron mis días de ultramar, sin la piel reseca ni quemada por el sol, pero con un gran y profundo respeto al oficio del marinero. También un inevitable dolor por las muertes sanguinarias y batallas desproporcionadas con los indios, los tan amables indios. Un cierto aprecio por los piratas ya que al menos equipararon los muertos y redistribuian lo saqueado. Y un pavor eterno a naufragar.