“Pan y paciencia” es una novela que debería ser dos novelas. Una de ellas, la que inicia para luego ir desvaneciéndose, describe la vida campesina en Subachoque, un municipio frío, montañoso y cercano a Bogotá. En estas primeras partes, Godoy construye un ritmo bellísimo, una combinación de sencillez infantil, figuras poéticas y ausencia de puntos, que va fluyendo despacio, hacia ningún lugar, y que da origen a pequeños acontecimientos, trágicos, divertidos, que no saltan del relato, que no llaman la atención, pero que constituyen la vida. Podría uno instalarse en esas páginas una y otra vez. En mi opinión, esta escritura se une a facturas poéticas recientes en Colombia del tipo de Sofoco o de La Mata.
Pero poco a poco comienzan a tener lugar acontecimientos que sí saltan, acontecimientos violentos que son narrados con otro estilo, con un lenguaje mucho más convencional, un lenguaje más reducido la función de contar lo que ocurre. Si en la primera novela los acontecimientos surgen del estilo (como debe ocurrir con la buena literatura, la más cercana al arte), en la segunda se le imponen bruscamente. Lo que leemos, entonces, es una historia sobre la violencia colombiana que, aunque con una apuesta singular, es literariamente similar a tantas otras.
Por último, las dos novelas están articuladas (además de por la historia) por una preocupación, puedo decir, sociológica, más lejana, justamente, del arte: hasta dónde la diferencia entre narración y realidad puede ser sostenida. Es decir, hasta dónde las formas de narrar son acontecimientos, y hasta dónde los acontecimientos se imponen a las formas de narrar. Las novelas desarrollan este asunto en personajes que, de manera demasiado explícita y plana, en mi opinión, representan una u otra posibilidad: un obispo que narra historias y un grupo de personajes violencia que imponen la realidad. Al final, también de manera evidente e ingenua, una de las dos termina por imponerse.
Debería calificar la primer novela con 5 estrellas, la segunda con 2. Eso da 3,5 ⭐️