Entre la respiración húmeda de las vacas y el sol curuba de las veredas de Cundinamarca, Lorencita, la niña guaquera, ha desaparecido. El obispo de Duitama viaja a Subachoque para investigar su caso, y, al dar con un pueblo plagado de falsas versiones, decide inventarle una ficción al misterio para que triunfe la esperanza. Pero otro forastero terminará de enturbiar la paz de unos personajes vívidos que, a pesar del horror, se aferran a la placidez de sus rutinas.
"En el rastro de las niñas muertas y con ecos de hombres acabados, se compone Pan y paciencia: una historia que sube desde lo enterrado, una visión de violencia y aventura, una conversación de torrente y ternura. Una sorprendente canción campesina. Un remolino".
Carolina Sanín
"Esta trama sobre el terror y sus fantasmas demuestra cómo el paisaje de nuestras tarjetas postales está habitado por los misterios de la muerte, revelados con una experimentación formal que hace de la tradición un reto para renovarla".
Matías Godoy escribió una novela bella y graciosa. Algunas partes del libro me recordaron a Fernanda Melchor (en Temporada de huracanes), por el ritmo y por las voces de los personajes entrelazadas con la del narrador, mientras que otras me hicieron pensar en John Kennedy Toole (por La conjura de los necios), gracias a un humor que emplea roscones y mantecadas —y a hombres de fe y a malhechores— para reírse del mundo.
Otra cosa que le agradezco a Pan y paciencia es que aborda con ternura un tema recurrente en la literatura y en la realidad colombiana: la violencia. Godoy cuenta esa realidad (o esas mentiras, como diría uno de los protagonistas) de una forma distinta, sin caer en la grandilocuencia de otros autores o en el sentimentalismo de otros formatos.
Eso sí, me dio la impresión de que la fuerza inicial de la novela se diluye un poco a medida que avanza la obra. Sobre todo porque las primeras páginas del libro, la parte en la que Gonzalo hace su filosofía junto a Sixta Tulia o en la que conocemos al obispo de Duitama y a María Elena, se sienten como un fogonazo, como cuando, al prender la estufa, la llama sale furiosa, indomable y hambrienta del pequeño círculo negro que intenta contenerla. Esa vivacidad —me pareció— se va aplacando en la segunda mitad del libro: como si el autor hubiese decidido cocinar el resto de la historia a fuego medio.
Aunque no se dejen engañar, por favor, porque la novela conserva el encanto y la gracia a lo largo de sus casi trescientas páginas, sólo que con intensidades distintas.
«y entonces, concluido el sermón, quedara a medias o no, muchos se iban derecho para Donde Dionisio, la tienda de don Ramiro, al que le dicen Curramba, cuyo vino, aunque fuera más agrio, no era menos santo que el de la iglesia, como decía don Gonzalo para regocijo de todos los presentes que, después de celebrarle el comentario, miraban intuitivamente a la puerta, todos al tiempo, sin saber a quién esperaban, si al curita Vila o incluso hasta a Dios mismo, pero sin falta miraban hacia la puerta de Donde Dionisio y después reían un poco más, pegaban la boca al piso de su cerveza y quedaba concluido ese mínimo ritual que al próximo chiste de don Gonzalo habría de oficiarse una vez más, pues así es como los subachoqueños cuelgan a secar los días sobre la cuerda del tiempo que pasa, mirando a la puerta o fumando al pie del eucalipto, tarde tras tarde y año tras año…»
“Pan y paciencia” es una novela que debería ser dos novelas. Una de ellas, la que inicia para luego ir desvaneciéndose, describe la vida campesina en Subachoque, un municipio frío, montañoso y cercano a Bogotá. En estas primeras partes, Godoy construye un ritmo bellísimo, una combinación de sencillez infantil, figuras poéticas y ausencia de puntos, que va fluyendo despacio, hacia ningún lugar, y que da origen a pequeños acontecimientos, trágicos, divertidos, que no saltan del relato, que no llaman la atención, pero que constituyen la vida. Podría uno instalarse en esas páginas una y otra vez. En mi opinión, esta escritura se une a facturas poéticas recientes en Colombia del tipo de Sofoco o de La Mata. Pero poco a poco comienzan a tener lugar acontecimientos que sí saltan, acontecimientos violentos que son narrados con otro estilo, con un lenguaje mucho más convencional, un lenguaje más reducido la función de contar lo que ocurre. Si en la primera novela los acontecimientos surgen del estilo (como debe ocurrir con la buena literatura, la más cercana al arte), en la segunda se le imponen bruscamente. Lo que leemos, entonces, es una historia sobre la violencia colombiana que, aunque con una apuesta singular, es literariamente similar a tantas otras. Por último, las dos novelas están articuladas (además de por la historia) por una preocupación, puedo decir, sociológica, más lejana, justamente, del arte: hasta dónde la diferencia entre narración y realidad puede ser sostenida. Es decir, hasta dónde las formas de narrar son acontecimientos, y hasta dónde los acontecimientos se imponen a las formas de narrar. Las novelas desarrollan este asunto en personajes que, de manera demasiado explícita y plana, en mi opinión, representan una u otra posibilidad: un obispo que narra historias y un grupo de personajes violencia que imponen la realidad. Al final, también de manera evidente e ingenua, una de las dos termina por imponerse. Debería calificar la primer novela con 5 estrellas, la segunda con 2. Eso da 3,5 ⭐️
Este libro realmente supo meterme en la sabana colombiana, en los pueblos de Cundinamarca, casi que me pongo ruana porque sentí que estaba en Subachoque y tuve la sensación incluso de escuchar el acento en los personajes. Una muy grata lectura. El Obispo de Duitama llega a Subachoque, allí se encuentra con un panorama de tensión y miedo porque poco antes habían encontrado a una niña muerta en el pueblo, entonces decide tomar las riendas del caso y tratar de mantener el control y la calma entre los habitantes. De una manera jocosa, se leen los mitos del pueblo, las especulaciones, los susurros. Es un libro que enternece, entristece, se siente por momentos fraternal, un poema, pero también es una cruda realidad, y esa es la mayor genialidad que le encuentro al autor, Matías Godoy tiene la habilidad de conectarnos y ponernos casi como un habitante más del pueblo, haciendo que uno simpatice mucho con los personajes e incluso les tenga cariño y sienta temor por los peligros que puedan atravesar o los errores que pueden cometer. El lenguaje y los diálogos es como si uno tuviera una silla enfrente de ellos, tiene momentos muy poeticos y por eso a pesar de lo crudo no pierde belleza. Mejor dicho es un buen libro y bueno es bueno.
La construcción de personajes, y el mismo territorio como uno es maravillosa. Somos hijos sociales de la palabra y de los mitos que transformamos una realidad. Pan y paciencia es graciosa, coherente y que retrata los matices humanos del bien, el mal, todos los grises y nuestra fijación por la cuentería.
Lo que más me gustó de la novela es que no le tenga miedo a la ternura ni al juego. La creatividad de Matías para jugar con un universo expandido, más allá de lo que se espera de este género, lo hace un libro divertido y emotivo. Zoom a las posibilidades de personajes masculinos más amorosos <3
Excelente lectura con un hermoso final cantado que te deja con el sentimiento amargo del desenlace de la novela. Personajes maravillosos y completamente inolvidables. Una de las narraciones más ricas que he leído en los últimos años.
Un thriller trepidante, al estilo cundiboyacense, con una escritura muy Fosse, capítulos de una sola frase o súbitos cambios del punto de vista. En una lucha de relatos, ningún crimen está resuelto... El arte de la política y la religión, un arte casi literario.
Sin fuerza, pero sin miedo / La repartición de los amparos / La idea de vivir con miedo: "el miedo, ese protagonista de la historia del país, ese gran fracaso narrativo" (145)