Poesía de la sombra y la ceniza; no de la loca ardiente pasión que nos desvive bajo la luz de un fuego inexplorable, sino el lento apagarse, sofocado, de una pasión de la cual no pervive el recuerdo sino que habita el olvido. Poesía del sueño y del mar; de lo que invoca sumergirse aguas adentro y perderse bajo la lenta muerte de la luz. Poesía de las rosas marchitas, del amor inacabable y sin embargo, inconcluso y sin retorno; poesía no de la luz ni la esperanza, tampoco de la catástrofe y el apocalipsis, sino del breve intersticio entre estas dos figuras en la que no se acaba el mundo pero no termina de nacer ningún otro.
La poesía de Alí Chumacero me sorprendió por su dominio en el verso, por el cuidado que le exige a sus lectores en la composición de la estrofa. No es un poeta en el que la disposición del verso (el acomodo en la página) importe mucho. Hasta donde recuerde solo hay un poema en donde juega con dicho acomodo. Chumacero no innova profundamente en el terreno de la forma, sino que reclama para él la profundidad del fondo, de los contenidos y de los temas. Los objetos de Chumacero están bien delimitados y su poesía puede ser la infinita variación de éstos: el sueño, la vigilia, la ceniza, el olvido, la muerte, el amor, la tranquilidad, la oscuridad, las rosas y el mar.
De esta forma, estos temas van hilando un mosaico en la que mediante estructuras clásicas (sol soneto, la elegía, los versos endecasílabos, octosílabos y alguno que otro alejandrino) Chumacero va tejiendo su obra poética. Alguna lejana comparación lo ponían en el espejo de Rulfo: desde su callada personalidad hasta su breve obra (toda su poesía completa no llega ni a las 200 páginas) y creo que dicha comparación no solo se justifica en el reverso del texto sino en sus propios mecanismos: Chumacero también está obsesionado por lo que la palabra, la lentitud y la oración (oi en este caso el verso) puede todavía expresar en lo que puede denominarse como una sobriedad poética. Esta escasez -los poemas de Chumcaero no exceden a lo mucho y los más largos las tres páginas- solo adquiere su contrapeso en el cuidado de la construcción y el artificio verbal. Chumacero no es el poeta que arranca en el exceso y se deja llevar por su pluma incendiaria; no es un poeta de la hipérbole, de lo desmedido, lo dionisíaco, de la palabra creadora de mundos. No. Chumacero es más bien el poeta que hubiera sido Rulfo: el lento, profundo, cuidadoso y medido; el que reflexiona antes de cada palabra, el que mide su alcance, la estridencia de su voz.
Aunque soy un lector que se deja embriagar por la poesía vertiginosa, la que se siente como una caída abismal, Chumacero me gustó bastante. Entendí que el verso y la composición están íntrisecamente ligados en una unión onto-poética inimaginable. Casi como si en el verso dependiera el equilibrio del universo. También, aunque sé que es un poeta al que regresaré de vez en cuando sé que no está en mi cabecera de la poesía mexicana a la que poco a poco me voy consagrando y conociendo. Eso sí hay un verso de Chumacero que podría ser su gran aportación, y aunque sea sólo un verso, en él se cifra un mundo de experiencia a la que muchos poetas ni se atreven a soñar:
"Decir amor es recodar tu nombre".
Increíble experiencia leerlo. 19/21.-