Ruth Whiting lo tiene todo. Todavía eres una mujer joven. Tienes sentido del humor, una cara bonita, una buena familia. ¿Qué más puedes pedir?
A Ruth la vida se le hace prácticamente insoportable, por mucho que trate de sentirse agradecida. Hace dieciocho años se quedó embarazada sin desearlo. —Y cómo no —dijo—, tuvimos que casarnos. Ah, ¿no lo sabías? —Siguió el dibujo de la mesa de formica con la uña. Su voz sonó tímida, vacilante—: Supongo que, a pesar de ello, podríamos haber sido felices. Pero nunca lo fuimos. Creo que nos odiábamos. —Pronunciar en voz alta estas cosas innombrables no cesaba de horrorizarla. Eran sus secretos, confinados bajo llave durante tanto tiempo que ya casi no los reconocía como verdaderos—. Angela nació a los seis meses de casarnos. Ella no lo sabe, claro. Yo no me quería casar. No deseaba a Angela. Tuvimos que casarnos. No hubo más remedio.
Después vinieron otros dos hijos. Ahora vive aislada, lleva una vida completamente vacía, insatisfactoria, carente de propósito: ¿Qué queda? ¿Qué queda para mañana? En realidad Ruth, sin ningún tipo de ilusión a nivel personal, ya no existe, ha sido anulada por su rol, no es más que eso.
Ella todavía era joven, y su vida aparentemente corriente rebosaba fantasía, estaba repleta de escondrijos, era un laberinto de secretismo y engaño y esperanza excavado bajo los días invariables.
Para Rex y ella ya no quedaba ninguna esperanza o posibilidad de cambio; ya no quedaba ninguna elección que hacer. Se hallaban, en plena madurez, aún capacitados para cometer cualquier crimen y cualquier grandeza, paralizados por la trivialidad.
¿Es que nunca va a pasarnos nada?, se preguntó. ¿De veras vamos a seguir así para siempre? ¿Es posible que nada vaya a cambiar jamás?
Un día Angela llega a casa con la terrible noticia: está embarazada. El mundo de Ruth se tambalea: ha de enfrentarse a su propio dolor, ya no hay opción de seguir en el camino del entumecimiento. Separadas por escasos veinte años, muchas cosas son ahora distintas, pero muchas otras siguen igual, el miedo, la vergüenza, el secreto, la hipocresía de la sociedad, y en especial la de su padre (Las chicas deberían permanecer vírgenes hasta el matrimonio).
Muchas cosas me han gustado de la novela, su amargura, su temática, su final, el mundo interior de estas dos mujeres (¿Cómo soy? Es decir, ¿quién soy yo?... Pero ¿y yo? Es decir, ¿yo misma?… ¿Qué hago conmigo misma durante toda mi vida?... Debes controlarte, disciplinarte, sacrificarte, respetarte. Si fuere necesario, puedes defenderte y rebajarte; y puedes confiar en ti misma a la vez que intentas pasar inadvertida, eso no está del todo mal. Sin embargo, jamás debes amarte, ni compadecerte, ni ensalzarte, ni consentirte voluntad u opinión propias. Nunca caigas en la autoindulgencia, nunca pienses en ti misma, nunca te olvides de ti misma y, sobre todo, nunca te centres en ti misma. ¿Está claro?... Jamás lo conseguiré), las reflexiones sobre la soledad, el aislamiento y la incomunicación dentro de la familia (Te casaste cuando tenías mi edad. Yo diría que no has pasado un día de soledad en toda tu vida), los pequeños intentos de desahogo siempre insuficientes, el punto de encuentro inalcanzable si no se quiere hacer estallar todo por los aires:
—¿Te sientes solo? —preguntó.
—¿Qué? Ella estaba de pie en el umbral, frotándose la mejilla con el periódico doblado.
—¿Te sientes solo alguna vez?
—Sí —dijo él, como hipnotizado—. Algunas veces. Ella asintió y se marchó...
Nada suena irreal o falso, las reflexiones no dejan indiferente, y sin embargo me ha faltado algo, la chispa que te conecta con la historia y los personajes, ese algo que de haber encontrado habría convertido esta novela en una lectura memorable.