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The narrator, John Ames, is 76, a preacher who has lived almost all of his life in Gilead, Iowa. He is writing a letter to his almost seven-year-old son, the blessing of his second marriage. It is a summing-up, an apologia, a consideration of his life. Robinson takes the story away from being simply the reminiscences of one man and moves it into the realm of a meditation on fathers and children, particularly sons, on faith, and on the imperfectability of man.
The reason for the letter is Ames's failing health. He wants to leave an account of himself for this son who will never really know him. His greatest regret is that he hasn't much to leave them, in worldly terms. "Your mother told you I'm writing your begats, and you seemed very pleased with the idea. Well, then. What should I record for you?" In the course of the narrative, John Ames records himself, inside and out, in a meditative style. Robinson's prose asks the reader to slow down to the pace of an old man in Gilead, Iowa, in 1956. Ames writes of his father and grandfather, estranged over his grandfather's departure for Kansas to march for abolition and his father's lifelong pacifism. The tension between them, their love for each other and their inability to bridge the chasm of their beliefs is a constant source of rumination for John Ames. Fathers and sons.
The other constant in the book is Ames's friendship since childhood with "old Boughton," a Presbyterian minister. Boughton, father of many children, favors his son, named John Ames Boughton, above all others. Ames must constantly monitor his tendency to be envious of Boughton's bounteous family; his first wife died in childbirth and the baby died almost immediately after her. Jack Boughton is a ne'er-do-well, Ames knows it and strives to love him as he knows he should. Jack arrives in Gilead after a long absence, full of charm and mischief, causing Ames to wonder what influence he might have on Ames's young wife and son when Ames dies.
These are the things that Ames tells his son about: his ancestors, the nature of love and friendship, the part that faith and prayer play in every life and an awareness of one's own culpability. There is also reconciliation without resignation, self-awareness without deprecation, abundant good humor, philosophical queries--Jack asks, "'Do you ever wonder why American Christianity seems to wait for the real thinking to be done elsewhere?'"--and an ongoing sense of childlike wonder at the beauty and variety of God's world.
In Marilynne Robinson's hands, there is a balm in Gilead, as the old spiritual tells us. --Valerie Ryan
8hr 59 min
9 pages, Audio CD
First published October 28, 2004
“Escribo esto, en parte, para decirte que si alguna vez te preguntas qué has hecho en tu vida, y todo el mundo se lo pregunta en un momento u otro, sepas que has sido para mí la gracia de Dios, un milagro, algo más que un milagro. Tal vez no me recuerdes muy bien y quizá no te parezca gran cosa haber sido el hijo querido de un viejo en un pueblecito de mala muerte que, sin duda, habrás dejado atrás"Así se expresa John Ames, un pastor de una modesta iglesia en un pequeño pueblo de Iowa, que, estando cercana su muerte, reflexiona sobre su vida en unas cartas en forma de diario que quiere dejar como herencia a su pequeño hijo, al que no podrá dejar mucho más. En estos textos relata su vida, la de su abuelo, la de su padre, pastores como él, la felicidad de sus últimos años al conocer a su mujer y tener con ella el hijo al que tanto anheló durante toda su vida, los problemas morales y religiosos a los que se enfrentó y sigue enfrentándose, sobre la vida en general y el sentido de la suya en particular (“Me parece que lo que debes ver aquí es sólo a un viejo que lucha con la dificultad de entender con qué está luchando”). Esta novela, tan corta como maravillosa, es la historia de un hombre, como dijo el poeta, "en el buen sentido de la palabra, bueno". Será por eso, y por la elegancia de su prosa, de su sobriedad, de su profundidad, que el libro me ha recordado tanto a otra gran novela, «Stoner», de John Williams.
“Debajo de la superficie de la vida hay muchas cosas. Mucha malicia y temor y culpa y mucha soledad, también, donde en realidad no esperarías encontrarla.”John Ames es alguien para el que vida y religión están tan íntimamente relacionadas que prácticamente son la misma cosa (“He intentado llevar los Evangelios como estandarte de mi vida”). Cualquier desviación de los santos valores es vivida con una alarma que, para aquellos que somos mucho más pecadores que él, nos puede parecer algo exagerada: su lamento por los celos que durante muchos años sintió por la paternidad de su gran amigo Robert Boughton cuando él se encontraba lejos de tal ansiada posibilidad (“Verlos a los dos juntos ha sido una de las grandes irritaciones de mi vida”), o su pesadumbre por los malos sentimientos que alberga hacia ese hijo de su amigo, Jack, en el que ve una innoble potencial pareja para su joven mujer y, por tanto, padre de su querido hijo, cuando él ya no esté.
“No busques pruebas. No te molestes en ello. Las pruebas nunca bastan para aclarar la cuestión y siempre resultan un poco impertinentes, creo, porque reclaman para Dios un lugar a nuestro alcance conceptual.”Hay muchos aspectos que resultan envidiables en la vida de este pastor protestante, incluso para mí que me encuentro en las antípodas de su pensamiento: la felicidad con la que a sus setenta y siete años vive los momentos más cotidianos (“Cada mañana, soy como Adán despertándose en el Paraíso, asombrado de la habilidad de mis manos y del brillo que entra en mi mente a través de los ojos”), la serenidad con la que se enfrenta a la muerte a pesar de su apego a la vida terrenal, ahora tan feliz (“Soy uno de esos justos por quienes el regocijo en el Cielo será relativamente contenido”), su inclinación al servicio de los demás, su voluntad de perdonar, de comprender al otro, de afrontar la vida con la fortaleza que le proporciona la firme creencia de que todo lo que ocurre “está al servicio de la voluntad del Señor”.
“¿Y cuál es el propósito de un profeta, sino encontrar sentido en la dificultad?”Y aunque no puedo compartir su resignada humildad ante el misterio de Dios (“Pienso que Calvino lleva razón al desalentar la curiosa especulación sobre cosas que el Señor no ha considerado conveniente revelarnos”), comparto esa idea, que tanto mortifica a Jack, de que entre las personas existen “espacios inviolables, infranqueables y absolutamente inmensos” derivados de nuestro diferente temperamento que nos impiden compartir ciertas experiencias.
“¿He de aceptar su planteamiento? ¿Qué entre usted y yo existe un abismo insalvable? ¿Cómo puede la Verdad con mayúscula no ser comunicable? Para mí no tiene ningún sentido.”Leeré todo lo que encuentre de esta señora.
“En el amor no hay justicia, ni proporción, y no es necesario que las haya porque cualquier ejemplo concreto es sólo un vislumbre, una parábola de una realidad inabarcable, impenetrable. No tiene ningún sentido porque es la irrupción de lo eterno en lo temporal.”
You can know a thing to death and be for all purposes completely ignorant of it. A man can know his father, or his son, and there might still be nothing between them but loyalty and love and mutual incomprehension.John Ames is a minister, as was his father and his father’s father before him. In 1956, at the age of 76, John’s heart is failing, and he decides to write a letter to his 7-year-old son in order to pass along his life lessons and wisdom.