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Laureano Vallenilla Lanz fue un escritor, periodista, sociólogo e historiador venezolano. Se ganó un lugar prominente en las primeras décadas del siglo XX como ideólogo y apologista de la dictadura de Juan Vicente Gómez y al mismo tiempo logra hacerse reconocer como uno de los pensadores e historiadores más originales y controversiales de su tiempo.
Su obra fundamental se nutrió teóricamente de las doctrinas que el cierre del siglo XIX había dejado en boga: evolucionismo y positivismo. Apoyado en ellas y con las exigencias del rigor académico, enfocó sus estudios sobre el tema del caudillismo.
Leer “Cesarismo Democrático” sin hacer un ejercicio de abstracción, sin comparar el anteayer con el hoy, es prácticamente imposible; el libro es la prueba irrefutable de que la historia es cíclica, nos guste o no. Y es un poco triste hacer esta afirmación, pues el que lo haya leído es consciente de cuál era —y al parecer, es— el panorama de la Venezuela del siglo XIX y principios del siglo XIX.
Entre páginas, afirma y defiende Vallenilla Lanz el positivismo, siendo ésta la primera obra de la historiografía venezolana construida a través de un análisis sociológico espacio-temporal. Va más allá de contar los hechos, y empieza a darles un porqué, siempre valiéndose del argumento lógico. Una sociedad bárbara, primitiva. Esas son las palabras de Vallenilla Lanz para describir a la naciente Venezuela. Y no sólo primitiva, sino además sujeta a un conjunto de leyes que no se adaptan a sus necesidades espacio-temporales. La Constitución, escrita de patriotas de alta clase —cabecillas que tenían a su alcance las ideas más modernas de la época y los recursos intelectuales y económicos—, en papel era perfecta; democrática, completa, ideal. Sin embargo, vemos como a lo largo de la historia esta fue tomada sólo como punto de referencia, acatada con reservas, siendo la verdadera ley el personalismo, característica central de la figura de Caudillo. Y según Vallenilla Lanz, el caudillo era, de alguna forma, necesario. En varias ocasiones lo dibuja como a un mal necesario que, a pesar de sus diferencias con la Ley y carácter armado y represivo, era capaz de mantener el orden.
Podría decirse que el libro defiende la tiranía —la dictadura, el personalismo, el caudillo— como una necesidad histórica de un pueblo adolescente e inmaduro que tomó las decisiones equivocadas, que se emancipó demasiado pronto y que ahora corre desenfrenado por ir a la par con los demás. Un Cesarismo Democrático, eso es lo que propone, como remedio amargo pero necesario para nuestra sociedad.
La máxima obra del positivismo venezolano es odiada y admirada por partes iguales. Si bien es cierto es la patente de Corso para la instauración de dictaduras militares basadas en la anarquía nacional, también es un trabajo sociólogico muy completo de los motivos de atraso de la nación y de la idiosincrasia venezolana. Aunque está desfasado en sus planteamientos siempre es necesario transitar esas ideas para profundizar en la mentalidad intelectual del siglo XIX- XX y sus afines.
One must read this book to understand Venezuela's history, present and future. Lanz's Positivist philosophy leads to his prescription government for Venezuela of "Democratic Ceasarism". While antiquated, for the first world, it is worth examining because it is still relevant to the third-world.
Poco puedo decir sobre este libro: no es ni una obra maestra ni un trabajo mediocre.
Una cosa que no se puede negar, es que la manera en la que comenta los hechos es bastante interesante, durante la introducción al libro, por parte de otra persona, nos mencionan, usando otras palabras, que el arte de saber colocar las palabras y el de a investigación raramente van de la mano. Sin duda alguna, es prologo hace justicia. Al terminar el libro uno puede reconocer que el autor ha hecho un buen trabajo con las palabras. No obstante, este es un trabajo de investigación, y las palabras no deben de ser el enfoque principal. Es cierto que el autor hace mención de sus fuentes, y no pocas posee, pero la repetición de estas cada tanto hacen que parezca que está volviendo al mismo punto una y otra vez; y da el parecer que el autor ha sacado su información de «pocos» lugares. Es posible que en la realidad haya sido distinto.
Los datos que da el autor parecen ser verídicos, y concuerdan. Aunque no estoy de acuerdo con la proposición de que el caudillo es necesario —puesto que parece que el autor no considera el peligro real de esta clase de gente—, el autor hace un buen caso para la necesidad de tal personaje. Creo que sería muy difícil no considerar, aunque sea por coincidencia, si la situación de Venezuela e hispano-América en esos momentos no ameritaba de tales personajes. No es mentira, además, que la situación de Venezuela en los momentos que describe el autor, y bajo las circunstancias que describe el autor, harían de una constitución, por iluminada que esta sea, un pedazo de papel bastante inútil —que no guarda mucha diferencia a su utilidad contemporánea—; pero es un buen comienzo, y aunque inútil en esas circunstancias, ofrecía un lineamiento para la posterioridad, la época de paz, la transición a la democracia, que seguiría el éxito de este caudillo, del cesarismo democrático.
Mi último párrafo en esta reseña se lo dedico al último capítulo, donde el autor nos da la razón del título de esta obra. Nuevamente, es una proposición interesante. Entendiendo lo que está queriendo decir el autor, uno podría estar de acuerdo. No obstante, a pesar del caso hecho, el peligro inherente a la propuesta es lo suficientemente alto como para querer prescindir de esta. Haría falta que este tipo de hombres tenga el ideal perfecto u obre perfectamente, pues asegurar la paz sin asegurar la prosperidad eventualmente serían suficiente causa para una revolución social; pero muy fácilmente esto podría cambiar, si este hombre pierde su brillo, y se convierte en otro corrupto amante del poder —o simplemente se equivoca, los abusos, aunque quizás apoyado por el pueblo, dirigirían al país a un estado cada vez peor. Cesarismo Democrático, por Laureano Vallenilla Lanz, es, entonces, una obra que merece ser leída. Ofrece una perspectiva interesante sobre los acontecimientos, pero, lamentablemente, no es un libro memorable.
Independientemente de la intención que haya tenido Vallenilla Lanz, este ensayo es extraordinario. El trabajo de investigación que hay detrás sepulta cualquier crítica negativa; no hay ni una sola línea injustificada. No solo te permite vislumbrar una cara desconocida de la historia (¿soy la única que jamás pensó que los españoles eran mestizos?), te seduce lentamente hasta aceptar que la única solución para la crisis del país es la menos idealista. Considero que dadas las circunstancias de nuestro contexto, todo venezolano -latinoamericano- debería echarle un ojo a este libro.