Cuando alguien llama a las puertas del sueño, ante su alma se despliega una escena. El soñante es un testigo inerme como una estatua en un insólito jardín. Este libro es una bitácora de sueños. No hay ninguna intención más que la de mostrar, exponer si se quiere, los vagos recuerdos que quedan una vez emplazado el soñante de nuevo en la vigilia. Por más que se exploren sus caminos, los mundos a los que conducen resistirán todo intento de interpretación. Las clasificaciones, los ordenamientos y demás tentativas de aproximación a sus contenidos, sólo son el pobre consuelo con que la razón disfraza su fracaso. Más esquivo aún que un intrincado sueño resulta el episodio sonambúlico. El sonambulismo no es un padecimiento, como quieren creer quienes nada saben del asunto sino, más bien, un raro privilegio. Este libro es también la ruta de un sonámbulo. En este libro de cuentos cortos cada relato es independiente, cada uno viaja solo; sin embargo, sí hay una estructura básica en el texto. Abre con una propuesta que es la presentación de los sueños, una especie de juego que parte desde el epígrafe del libro, una cosa muy fantástica. Pero no hay que perder de vista que es un juego de ficción.