Trata temas que han dado mucho mucho de sí.
¿Cómo podemos hacernos cargo de la forma en que se organiza el mundo?
Un tema que me parece interesantísimo y que he discutido mucho siempre es la idea de que cada categoría/etiqueta de vínculo es una cajita que incluye una serie de elementos que la caracterizan y otros que harán que cambie la categoría/etiqueta. Se entiende que estas cajitas y todo lo que contienen existen así de manera natural e inalterable y que si te quedas con una cajita te comprometes automáticamente a aceptar la totalidad de su contenido. Es complicado quedarte con elementos sueltos y formar una cajita cómoda para el vínculo a partir de ellos.
Realmente pienso que la realidad (mi realidad) excede estas cajitas. El contacto físico íntimo/tierno reservado a la cajita de las relaciones sexoafectivas, el sexo y lo romántico entendidos como única vía a la intimidad, la cajita de lo romántico como única vía a la convivencia madura.
En la cajita de lo romántico, además, la escalera mecánica de las relaciones nos obliga a “subir” persiguiendo esa cima que te valida socialmente como persona adulta deseable respetable. Es mecánica porque subimos de manera automática y no se puede parar o bajar unos escalones, solo llegar a la cima (enamoramiento/sexo/enamoramiento, convivencia, adoptar un gatito, matrimonio, crianza). Si la relación no “avanza” y se estanca en alguno de estos puntos se plantea que algo no funciona (fracaso).
“Se llama natural a lo que se le han borrado las huellas de cómo ha sido impuesto”.
Sobre la relación entre la norma y lo natural como una de las estrategias para estigmatizar todo deseo que se exprese por fuera de lo convencional, la norma (amatonorma) es privilegiar a la familia y la pareja (en arreglos monógamos) por encima de otro tipo de vínculos, lo que implica que el parentesco, la convivencia, la crianza, la economía y la corresponsabilidad vital quedan obligatoriamente organizados en torno a ello, de una forma muy concreta y siempre igual. No se dejan ser las experiencias y deseos que se salen de las cajitas.
El imaginario colectivo estigmatiza además todo arreglo diferente que pretenda organizar esos elementos (convivencia, crianza, etc.) y establecer apuestas importantes, tachando las relaciones sin cajita de transitorias sucedáneas imitaciones y las personas de inmaduras o traumatizadas (desde la patologización de la diversidad patologizamos los deseos no convencionales y los invalidamos con ello). Así, el discurso de lo que es y lo que no es “natural” sostiene jerarquías y mantiene estructuras de desigualdad.
Sobre como las desigualdades se reflejan en la intimidad, pensé mucho en las consecuencias que tiene la amatonormatividad especialmente para las mujeres. Siendo el amor un elemento tan definitorio de nuestra identidad, nos quedamos sin espacio para otros proyectos o se nos estigmatiza por hacerlos. La soltería es un estigma dañino para nuestra autonomía y porque actúa como sostén, por ejemplo, de la violencia en la pareja (las mujeres siempre vamos a estar mejor vamos a vernos más maduras más adultas en pareja que solas). Me he sorprendido leyendo tantas veces la soltería como transición.
También respecto a la amatonormatividad, pienso en cuántas veces vemos vínculos que nos importan etiquetados como menos poderosos estables y cómo este pensamiento los permea hasta que nosotras mismas los volvemos insostenibles (interiorizamos el cuestionamiento). Esa relación solo puede ser temporal, exploratoria, superficial, no puede ser vivida con compromiso (ni pidi sir vividi quin quimprimisi ñiñiñi). La cajita del amor real necesita exclusividad, convivencia, sexo.
Ante estas normas está siempre la sensación de estar también dentro de un armario. Escribe Sara Torres que “salir del armario de la monogamia acaba por resultar más incómodo que salir del de la heterosexualidad obligatoria”. Nuestro entorno nos lee como personas con experiencias y deseos normativos y eso nos obliga a valorar todo el tiempo apoyos amenazas riesgos de cada situación para tomar la decisión de dónde y cuánto exponernos para no ser marcadas con el estigma.
“Lo limpio y lo puro es un privilegio reservado para quienes pueden ocultar a quién hiere su vivir”.
Sobre todo esto, estoy de acuerdo con que la clave son los procesos y no la estructura. La estructura en sí misma rara vez será garantía de beneficio aunque es cierto que la falta de guion y referentes suponen una incertidumbre con la que es difícil convivir.
Frente a estos puntos, la anarquía relacional propone descentrar la pareja romántica de esta posición de privilegio “natural” y poner en la balanza cada vinculo por lo que realmente es y no por la cajita en que supuestamente encaja (favoreciendo la autonomía en la toma de decisiones, la autogestión).
Realmente hemos aprendido a imaginar por la línea de puntos y es guay llegar a lecturas que nos animan a politizar nuestros malestares y pensar más allá.
Me quedo con mucha bibliografía recomendada pendiente de leer.