!¿Quién me iba a decir a mí que me iba a gustar más el segundo volumen que el primero?! Es cierto que es un tema que me obsesiona porque, personalmente, mi identidad queer ha sido menos problemática que mi relación familiar. Aún así, el fragmento de Un gran amor, de Kollontai es de llorera, de hacer esa introspección que todos los hombres cis con algo de ego (todos) hicimos cuando leímos Una chica cualquiera, de Miller.
El mejor texto es Kinderkommunismus, de Gleeson y Griffith, tanto por su carácter exhaustivo y concreto de aquello que sustituirá a la familia cuando se socialicen los afectos (de las pocas pegas que tengo es el uso del término abolición, pero eso es cosa mía), como por tratar la doble problemática de acabar con la familia: la disolución y la recuperación expandida de las dinámicas de cuidado.
O’Brien ha sido un descubrimiento de los buenos. Muy bonito todo lo que hace.
“Al leer más sobre cómo vivía la gente antes, me he dado cuenta que la familia solía ser de sangre, y era con quien vivías. Y con quién vivías estaba muy ligado a lo que recibías. Así que, si tu sangre tenía comida, tenías comida. Si no la tenían, pues mala suerte para ti. (…) Todavía no puedo imaginarme lo raro y duro que era el viejo mundo.”
Este tomo se me ha hecho mucho más pesado que el anterior. A mi parecer, me da la sensación de que hay textos que tienen su sentido que estén, y que son muy relevantes, pero que otros que se han metido son un poco con calzador y se hacen muy, muy pesados.
En general recomendaría más el primer tomo sin dudarlo. O leer alguno de sus fanzines.