Cuando tenía dieciséis años fui con un amigo del instituto a ver Saló, la película de Pasolini. La acababan de estrenar tras haber estado prohibida por la censura franquista. No teníamos edad, claro, pero no hubo problemas para entrar. El problema fue al salir. Me topé con el vecino del quinto, que se me quedó mirando con cara de asombro. “¿Ya sabe tu padre que vas al cine a ver películas obscenas?”. Supuse que no esperaba respuesta, así que incliné levemente la cabeza a modo de saludo y me largué con mi amigo.
Años más tarde, leyendo Chavales del arroyo, me acordé de aquella pregunta. Y entonces lo entendí. Porque, ¿quién decide lo que es obsceno y lo que no lo es? ¿Y si la verdadera obscenidad no está en lo que se muestra, sino en lo que se oculta o se calla? ¿Y si los “chavales del arroyo” de Pasolini no son marginales por ser pobres, sino porque el mundo ha decidido no mirarles a los ojos?
Es incómodo pensarlo, lo sé. Pero Pasolini no escribió esta novela para tranquilizar conciencias, sino para sacudirlas como quien despierta a alguien a bofetadas. Porque este libro no es una novela al uso, es un grito. Un grito sucio, lleno de vida, que se arrastra por las calles de una Roma que huele a orina, a desesperación y a sexo barato, pero también —maldita sea— a ternura. Sí, ternura, aunque suene raro decirlo en una frase como esta.
Pero aquí Roma no es solo el escenario. Roma es otra víctima. Cada solar abandonado, cada escombro, cada descampado es un eco del abandono emocional de estos chavales. Hay una especie de simetría cruel entre la ruina arquitectónica y la ruina vital. No pasean por calles: deambulan por cicatrices abiertas. Y cuando se tiran al río o se tumban en el barro, no se están ensuciando; están volviendo a casa.
Y todo eso cobra aún más fuerza si pensamos que Chavales del arroyo (Ragazzi di vita) fue el debut narrativo de Pasolini, publicado en 1955. Y vaya forma de entrar; con los dos pies en el barro. Lo que nos encontramos aquí es un mosaico de escenas casi documentales, sin una trama central definida, donde seguimos a un grupo de adolescentes romanos —Riccetto, Agnolo, Marcello, Genesio, Amerigo— que sobreviven como pueden entre chabolas, ruinas, y las sobras de una ciudad que ya ha decidido quiénes merecen vivir con dignidad y quiénes no. Pero no te equivoques: esto no es una novela sobre la pobreza. Es una novela sobre la vida; o mejor: sobre estar vivo a mordiscos y a patadas.
Pasolini utiliza un narrador omnisciente en tercera persona que se mimetiza con el lenguaje de los personajes, lo que ya es un gesto político en sí mismo: la lengua culta bajando a las cloacas, manchándose, cediendo su lugar al dialecto romano —leerlo en versión original resulta impagable — y al habla popular como forma de resistencia. La prosa es cruda, salpicada de jerga y obscenidad, pero de una belleza que rasga. Porque cuando Pasolini escribe, incluso cuando describe a un chaval robando un pollo o tirándose a otro por unas monedas, hay una especie de lirismo desesperado que no sabes de dónde sale, pero que está ahí, como si incluso en el fondo más oscuro del pozo todavía quedara algo que mereciera ser nombrado con belleza.
Pero lo que resulta más perturbador aquí no es lo que se narra, sino cómo se narra. Y eso es lo que jode de verdad. Pasolini no grita desde el texto. No editorializa, no moraliza, no señala con el dedo. Simplemente mira, como un fotógrafo, como un cineasta… pero con el encuadre de un poeta. Y esa mirada, seca como un informe forense y lírica como un salmo, lo es todo. Porque la verdadera brutalidad no necesita subrayado. Solo hace falta mostrarla, sin apartar la vista.
Y esa misma frialdad también está en la forma: la estructura es fragmentaria, casi episódica. Es como si Pasolini se negara a construir una narrativa coherente porque la vida de estos chavales tampoco lo es. Nada tiene sentido, no hay redención, no hay aprendizaje, no hay arco de personaje en el sentido clásico. Claro que, ni falta que hace, porque aquí lo que hay es supervivencia. Algunos capítulos son casi viñetas que podrían funcionar como relatos independientes —una tarde en la playa, un robo fallido, una pelea entre amigos—, pero cuando los juntas forman un retrato brutal y sincero de una juventud sin futuro. Si esto fuera cine —y podría serlo, estamos hablando de Pasolini— estaría rodado en blanco y negro, con cámara al hombro y sin partitura musical. Hay algo profundamente de De Sica o de Rossellini, en esta mirada limpia, sin filtros. Pero mientras ellos se acercaban con compasión, Pasolini lo hace con rabia lírica. Aquí no hay final reconfortante que aplaque la conciencia del burgués. Solo un travelling lento por la miseria, sin montaje para suavizar el golpe. Y sí, la comparación con Los olvidados de Buñuel es también inevitable: la misma mirada sin compasión pero con afecto, el mismo interés por el margen, por la infancia robada.
Los personajes no evolucionan, y sí; esa es precisamente la tragedia. Riccetto, que podría ser el protagonista si hubiera que elegir uno, aparece y desaparece, crece un poco, pero no cambia en el fondo. No hay espacio para crecer en el arroyo. Lo que hay es una repetición constante del fracaso, de la exclusión, del deseo truncado. Y sin embargo, hay momentos en los que Pasolini se cuela con una ternura desconcertante: un gesto entre dos chavales, una mirada, una risa compartida… como si incluso en ese lodazal quedara espacio para una cierta belleza rota.
No es raro que esta novela escandalizara en su momento. No solo por las referencias sexuales, que son muchas y explícitas, sino porque muestra lo que Italia no quería ver: que la posguerra no era una historia de reconstrucción épica, sino de exclusión sistemática. Pasolini pone el foco donde nadie más lo ponía, y eso incomoda, claro. Como incomoda también el hecho de que la homosexualidad —implícita, ambigua, nunca nombrada del todo— sea una presencia constante, flotando entre líneas, como una verdad que el lector debe intuir y asumir, si se atreve.
Porque la homosexualidad en Chavales del arroyo no se dice. Se respira. Está en las miradas, en los gestos, en las ausencias. Y eso, en un país católico y conservador en los años 50, es dinamita. Pasolini lo sabe. Por eso no lo grita. Porque el verdadero tabú no necesita nombre. Solo necesita presencia. Y está ahí, flotando como un secreto mal guardado entre esas líneas que arden más por lo que callan que por lo que dicen.
Leer Chavales del arroyo hoy sigue siendo una experiencia incómoda. Pero es una incomodidad necesaria, como la de ciertos cuentos de Moravia, o incluso la de Genet, que también entendió que la belleza puede estar en lo inmundo. Pasolini, como ellos, no embellece nada. No hay nostalgia aquí, ni moralejas. Solo hay cuerpos, hambre, deseo, violencia y un lenguaje que se atreve a decir lo que nadie querría oír.
Sin embargo, hay algo incómodo también en lo que no está: las mujeres. Apenas hay madres, hermanas, amigas. Y no es casual. Pasolini construye un universo tan masculino que a veces roza lo monocorde, y más de uno lo tacharía de misógino. Pero no es tanto desprecio como obsesión: su mirada está clavada en los chicos del arroyo, en su hambre, en sus juegos, en su deseo, y cualquier otra historia habría diluido esa furia poética. Aun así, uno no puede evitar preguntarse qué quedó fuera. Qué vidas no fueron contadas. Tal vez porque Pasolini estaba demasiado ocupado amando —y deseando— a sus chicos del arroyo… y a nosotros nos toca mirar.
Al final, uno cierra el libro con una mezcla extraña de rabia, compasión y cierta culpa incómoda. Porque lo que hace Pasolini es darte un espejo y obligarte a mirar. No a ti como lector burgués que va en metro con el libro en la mochila, sino a ti como parte de una sociedad que decide quién queda dentro y quién fuera. Y ahí está la verdadera obscenidad: en nuestra pasividad, en nuestro silencio, en nuestra normalidad construida sobre los escombros de vidas como las de Riccetto y compañía.
¿Es una novela fácil? En absoluto. ¿Es necesaria? Más de lo que tal vez nos gustaría admitir. Pasolini no te da tregua, pero te ofrece algo más valioso: una mirada. Brutal y cierta. Y a veces, esa mirada es lo único que necesitamos para reconocernos en el barro, en la miseria y en la verdad de la vida que preferíamos ignorar. A veces, eso es lo único que nos salva.