Los textos más lúcidos y brillantes de un escritor de talla internacional, por fin reunidos en un volumen de lectura compulsiva. «El gran escritor español.», Garth Risk Hallberg, The New York Times «El mayor escritor vivo.», Aldo Cazullo, Il Corriere della Sera «Tengo a Javier Cercas por uno de los mejores escritores de nuestra lengua.» Mario Vargas Llosa, El País Este volumen reúne una apasionante selección de los mejores textos publicados en las últimas dos décadas por Javier Cercas, ahora mismo uno de los escritores europeos más relevantes. En ellos se abordan algunos temas capitales de nuestro tiempo, como el auge del nacionalpopulismo, la crisis de la democracia liberal o el descrédito de la verdad, así como sus reverberaciones en España, desde el secesionismo catalán o la llamada nueva política hasta la relectura o la falsifi cación de la Guerra Civil, el franquismo y la Transición. Pero aquí se encontrarán también lúcidas y apasionadas reivindicaciones del poderío de la literatura (o del arte en general), retratos inolvidables de escritores, personajes históricos, cineastas, músicos o deportistas, emocionantes fragmentos de memoria personal y colectiva preñados a partes iguales de melancolía y de un humor descacharrante. El resultado es un libro absorbente, imprescindible para entender el siglo XXI, pero sobre todo para entendernos a nosotros mismos.
Javier Cercas Mena (Ibahernando, provincia de Caceres, 1962) es un escritor y traductor español.
Hijo de un veterinario rural, cuando contaba cuatro años, en 1966 su familia se trasladó a Tarragona, y allí estudió con los jesuitas. Es primo carnal del político Alejandro Cercas. A los quince años la lectura de Jorge Luis Borges le inclinó para siempre a la escritura. En 1985 se licenció en Filología Hispánica en la Universidad Autónoma de Barcelona y más tarde se doctoró. Trabajó durante dos años en la Universidad de Illinois en Urbana; mientras estaba allí se publicó su primera novela, El móvil, y compuso su segunda novela; desde 1989 es profesor de literatura española en la Universidad de Girona. Está casado y tiene un hijo. Se transformó en un autor de masas con su tercera novela, Soldados de Salamina (2001), que fue descubierta por Mario Vargas Llosa en un famoso artículo y mereció los elogios de John Maxwell Coetzee y Susan Sontag. Es colaborador habitual de la edición catalana y del suplemento dominical del diario El País.
Su obra ha sido traducida a más de veinte lenguas. Por su parte él mismo ha traducido a autores catalanes contemporáneos y a H. G. Wells.
Qué puedo decir, otro increíble regalito de Sant Jordi :) Este libro ha sido simplemente increíble y Javier Cercas, un gran descubrimiento. Empiezo por las cosas malas primero. Las únicas pegas que le pondría a este señor serían:
(1) Lo cuñao que es, o mejor dicho, lo cuñao que era en sus columnas firmadas a principios de los 2000, cuando soltaba cosas políticamente incorrectas o directamente muy problemáticas.
(2) Lo mucho que se repite de una columna a otra, repitiendo constantemente las mismas ocurrencias. Entiendo que, si se te ocurre alguna idea ingeniosa, alardees de ella e insistas en su validez argumental. Pero a veces Cercas parece directamente un disco rayado; las ideas que más repite son:
- Se queja de que el "derecho a decidir" es una aberración lingüística porque el verbo "decidir" es transitivo y no puede enunciarse sin complemento (una gilipollez en la que se empeña todo el rato).
- Considera que la literatura no debe concebirse para ser útil, puesto que si lo hace, dejaría de ser literatura para convertirse en propaganda.
- Se empeña en la idea de que la Guerra Civil no terminó en 1939, sino en 1975, puesto que el franquismo solo fue la continuación de la guerra por otros medios. Entiendo el point, pero eres muy pesado, bro.
En cuanto a los aspectos positivos, tengo cositas que decir. La configuración del libro en columnas (a veces, en ensayos algo más extensos) hace que la lectura sea muy amena y que cada página tenga su propia personalidad, con temas, estilo y lenguajes distintos. El libro se puede separar en temáticas: escritos políticos, críticas literarias, obituarios, textos personales, cartas y discursos transcritos. Mis favoritos han sido los obituarios y los textos personales, donde realmente se aprecia que no estamos ante un columnista al uso, sino ante un escritor que sabe plasmar a la perfección las emociones y otras situaciones en las que hay sentimientos implicados. El humor que maneja, aunque es poco, es una mezcla de comentarios boomers y una ingeniosa ironía que (lo reconozco) me ha hecho reír bastante fuerte. Respecto a las opiniones que proyecta en sus escritos políticos, me he dado cuenta de una cosa: no es necesaria una reflexión sesuda acerca de una cuestión social o política para que esta sea disfrutable; a veces, una simple presentación lógica de hechos y un humilde comentario subjetivo también son válidos para cimentar una opinión.
La mención especial se la doy a uno de sus escritos literarios, puesto que anticipó en una columna su futuro concepto (y libro) del "punto ciego": uno de los epígrafes más sencillos de entender de la asignatura de Pozuelo :)
Siempre interesante y, con frecuencia, fascinante. Numerosos artículos y ensayos sobre literatura, un tema predilecto, el oficio de la escritura y la condición humana, entre otros asuntos. Mereció verdaderamente la pena. Aspectos de la escritura:
«Gracias, majestad», dicen que le dijo Miguel de Unamuno a Alfonso XIII cuando este le impuso una condecoración. «Me la merezco». «Caramba», contestó el monarca, sonriente y perplejo. «Es el primero de sus antecesores que me dice esto: todos aseguraban que no se la merecían.» «Y llevaban razón», contestó Unamuno...
(…) la diferencia entre un país civilizado y un país de salvajes es que en el país civilizado se respeta la ley y se rechaza o desprecia la autoridad, mientras que en el país de salvajes se respeta la autoridad y se desprecia la ley.
Cuando muere un escritor es casi obligado preguntarse qué quedará de su obra; la respuesta también es obligada: no lo sabemos, no sabemos nada de nada.
La palabra se puso de moda en los años finales de ETA: el equidistante era quien decía no estar ni con los terroristas ni con quienes los combatían, quien buscaba situarse a medio camino entre ambos. Era un término peyorativo, y con razón; hay cosas entre las que no se puede ser equidistante: no se puede ser equidistante entre la justicia y la injusticia, entre las víctimas y los verdugos, entre la democracia y quienes buscan destruirla.
La Guerra Civil española no fue solo una Guerra Civil (a menos que todas las guerras lo sean): fue el primer acto de la Segunda Guerra Mundial y, en esa medida, fue una guerra mundial (o como mínimo europea) que se decidió entre otras razones gracias al apoyo sin titubeos de Hitler y Mussolini al general Franco, y a que la República fue abandonada ignominiosamente a su suerte por la pusilanimidad culpable de las democracias occidentales. La Guerra Civil española no fue una guerra convencional: fue una guerra de exterminio, planteada así por el general Franco con el propósito no solo de acabar con el adversario, sino de eliminar también cualquier atisbo de resistencia futura, cualquier rebrote de la cultura de la libertad que la república había instaurado, lo cual explica en gran parte la duración del conflicto, cuyo final Franco dilató cruelmente, en parte por incompetencia y en parte, tal vez sobre todo, de forma deliberada, para asegurarse la perduración de su poder personal y absoluto o, lo que venía a ser lo mismo, para asegurarse de que, durante décadas, el árbol de la democracia no volvería a crecer en España. (…) aunque luchar con las armas contra Franco y contra Hitler provocó males terribles en dos guerras espantosas, no hacerlo hubiera provocado males mucho peores. (…) hay guerras que es menos malo hacer que no hacer, guerras justas e injustas y ocasiones en que, por espeluznante que sea, no queda más remedio que decir sí a la guerra. (…) si en 1944 o 1945 los aliados hubieran invadido España para terminar con el último compinche de Hitler en Europa, como esperaban tantos republicanos españoles que habían ayudado a los aliados en la liberación de Francia, habría habido muertos y destrucción, pero menos que en cuarenta años de franquismo.
No sé qué contestas a eso, pero yo siempre digo que, como de las malas experiencias es más fácil aprender que de las buenas, podríamos aprender muchísimo de la pandemia—por ejemplo: que necesitamos una sanidad pública mucho mejor que la que tenemos; o que invertir en investigación científica no es un capricho, sino una urgencia—, pero estoy casi seguro de que no aprenderemos nada y de que saldremos de ella tan bárbaros y estúpidos como entramos, cometiendo exactamente los mismos errores, o muy parecidos, como si todos nos empeñásemos en dar una y otra vez la razón a Bernard Shaw, que escribió: «Lo único que se aprende de la experiencia es que no se aprende nada de la experiencia».
¿Acaso existe algo más útil que el placer y el conocimiento? ¿Hay algo más provechoso que aquello que sirve para vivir más? Si lo hay, yo no lo conozco. Ni en este tiempo, ni en ningún otro. (,..) la literatura es antes que nada un placer, como el sexo, pero también es una forma de conocimiento, igual que el sexo; por eso, cuando alguien me dice que no le gusta leer, lo único que se me ocurre es lo mismo que si alguien me dijera que no le gusta el sexo: darle el pésame, acompañarle en el sentimiento. Dicho esto, ¿acaso hay algo más útil que el placer, o que el conocimiento (no digamos que el conocimiento placentero)? ¿Hay algo mejor que el sexo? ¡Quia!: si lo hubiera, se sabría.
A las mentes totalitarias no les gustan las bromas. Y es natural. Toda broma auténtica presupone ironía, y toda ironía presupone que una cosa puede ser varias cosas a la vez. Cervantes, que inventó la ironía moderna y la convirtió en un ingrediente consustancial a la novela, mostró que Sancho Panza es un tonto, pero también un sabio, y que don Quijote es ridículo, pero también heroico. (…) Sin ironía no hay tolerancia. Y sin tolerancia no hay civilización.
Cervantes creó la novela moderna (y casi la agotó) dotándola de dos reglas fundamentales. La primera es que es un género sin reglas; o sea: es el género de la libertad total. La segunda es que es el paraíso de la ironía, entendida esta como instrumento de conocimiento (o como «forma de la paradoja», por decirlo al modo de August W. Schlegel): don Quijote es un loco de sanatorio, pero también está lleno de sensatez y sabiduría; don Quijote es un personaje ridículo, pero también es el caballero más noble y más valiente, el héroe «que nadie ha podido vencer todavía» cantado por Rubén Darío. (…) al fundar un género de enorme éxito basado en esa clase de verdades, Cervantes creó una auténtica arma de destrucción masiva contra la visión dogmática, monista, cerrada y totalitaria de la realidad. (…) Cervantes fue un escritor irrelevante hasta que arruinó su ya maltrecha reputación cometiendo el error más letal que puede cometer quien aspira a conquistar la estima de la sociedad literaria: escribir un best-seller—el Quijote—.
Esa es la patria de Cervantes y Voltaire: no la patria épica, abstracta, aguerrida, invasiva y nacional de los himnos y discursos, sino la patria íntima, palpable e inerme a la que alude la palabra alemana «heimat», que significa hogar además de patria, y que quizá habría que traducir como «patria chica»; esa es la patria que, me parece a mí, todavía cabe vindicar: la patria de Cervantes y Voltaire, la de don Quijote y Sancho Panza. Esa es mi patria.
Desengañémonos: los hombres de mi generación somos machistas por defecto. Los de mi generación y los de la anterior y los de la anterior a la anterior, y así hasta el infinito. La culpa la tienen por supuesto nuestras madres, cosa que yo sé muy bien porque soy el único varón en un hogar de cuatro hembras y mi madre nunca me dejó fregar un puñetero plato, mientras que mis hermanas la ayudaban en las faenas de la casa (¡ un beso, mamá!). No sé cómo serán los chicos de ahora: a juzgar por mi hijo, muchísimo mejores que nosotros; a juzgar por las estadísticas, iguales o peores. Por una vez, seguro que tienen razón las estadísticas.
Una escena de Sin perdón, la película de Clint Eastwood. El sheriff del pueblo acaba de pegarle una paliza a un antiguo pistolero, interpretado por el propio Eastwood, a quien un grupo de prostitutas quiere contratar para vengarse de unos clientes desalmados; escandalizadas, las prostitutas le reprochan al sheriff su brutalidad, le gritan que su víctima era inocente; entonces el sheriff, interpretado por Gene Hackman, las mira intrigado y pregunta: «Inocente, ¿de qué?». George Steiner sostiene que esa anécdota condensa el mundo de Franz Kafka; tiene razón: el de Kafka es un mundo donde, a diferencia de lo que ocurre en un Estado de derecho, todos somos culpables hasta que se demuestre lo contrario (y demostrarlo es imposible). Y por eso el mundo de Kafka es, con permiso de Dante, la mejor descripción que la literatura ha hecho del infierno.
Pero ni mucho menos hace falta ser Allen para convertirse en víctima del poder aterrador que la mentira posee en la actualidad: cualquier persona está expuesta a él. (…) Adolf Hitler, quien en Mein Kampf sostuvo con razón que las mentiras, para ser creíbles, cuanto más gordas, mejor.
«Tal vez lo que ocurrió no deba ser comprendido, en la medida en que comprender es casi justificar».
Necesitamos la memoria porque sin memoria no hay identidad; necesitamos la historia porque sin historia solo hay barbarie.
Que las grandes obras de arte modifican el futuro es obvio; pero ¿pueden también modificar el pasado? ¿Es el pasado modificable? En 1951, Borges retomó e ilustró esa idea provocadora, y en «Kafka y sus precursores» sostiene que todo escritor crea a sus precursores, porque su labor, igual que modifica el futuro, modifica nuestra concepción del pasado; para demostrarlo, Borges aduce una serie de piezas heterogéneas—de Zenón, de Han Yu, de Kierkegaard, de Browning, de Bloy, de Lord Dunsany— que se parecen a Kafka, aunque no todas se parecen entre sí. Esto último es lo esencial: «En cada uno de esos textos está la idiosincrasia de Kafka (...), pero, si Kafka no hubiera escrito, no la percibiríamos; vale decir, no existiría».
«La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero. Agamenón: Conforme. Su porquero: No me convence». Fue ese día cuando comprendí que habíamos hablado demasiado de la realidad y que había llegado el momento de hablar de la verdad. (…) Tener una conciencia exacta de nuestro pasado no es un lujo: es una necesidad inaplazable, por la sencilla razón de que el pasado es la materia de la que está hecho el presente.
Es evidente que la lealtad es una virtud, pero hay momentos en la historia de los países (y de las personas) en que es más ardua, más valiente y más honesta la traición que la lealtad. (…) Suárez aguantó a pie firme que le llamaran traidor, y lo era: traicionó un error para construir un acierto, traicionó el pasado para ser fiel al presente, traicionó a unos pocos para ser fiel a todos. (…) Hace cuarenta años Suárez tuvo el coraje y la lucidez de no incurrir en la villanía de la lealtad.
De ahí que, con todos sus innumerables defectos, la Europa unida sea, al menos para un europeísta de izquierdas como yo, la única utopía razonable que hemos acuñado los europeos; y de ahí que, para mí, eso sea en última instancia lo que significa ser español hoy: una forma peculiar de ser europeo.
(…) puedo decir que, aunque he escrito a menudo en catalán, desde que a los quince años empecé a pensar en escribir jamás me planteé hacerlo en otra lengua que el castellano, quizá porque no se escribe con la cabeza sino con las tripas, y la lengua que me salía de las tripas era el castellano;
Hace unos años George Steiner pareció que intentaba definir la identidad de Europa en una conferencia titulada La idea de Europa. Allí argumentó que nuestro continente puede reducirse a cinco axiomas. El primero es que Europa es sus cafés, esos lugares de reunión donde la gente conspira y escribe y debate, y donde nacieron las grandes filosofías, los grandes movimientos artísticos, las grandes revoluciones ideológicas y estéticas. El segundo axioma es que Europa es una naturaleza domesticada y paseable, un paisaje de escala humana que contrasta con los paisajes salvajes, desmesurados e intransitables de Asia, América, África u Oceanía. El tercero es que Europa es un lugar preñado de historia, un vasto lieu de mémoire cuyas calles y plazas están plagadas de nombres que recuerdan un pasado siempre presente, a la vez luminoso y asfixiante. El cuarto es que Europa es el depósito de una herencia doble, contradictoria e inseparable: la herencia de Atenas y Jerusalén, de Sócrates y de Jesucristo, de la razón y la revelación. Y el quinto es que Europa es su propia conciencia escatológica, la conciencia de su propia caducidad, de la certeza sombría de que tuvo un principio e inevitablemente tendrá un final, más o menos trágico.
«E pluribus unum»; es decir, de muchos países, lenguas, culturas, tradiciones e historias, un solo Estado.
«Pensar es difícil», escribe Goethe. «Actuar todavía lo es más. Pero actuar como se piensa es la cosa más difícil del mundo.» Semprún ha pensado con lucidez extrema; también ha actuado así. Pero lo que de verdad le convierte en una figura insólita es el hecho de que en él se da una alianza ejemplar entre la acción y el pensamiento. Para ello no basta la lucidez: hace falta también coraje.
Uno entiende perfectamente que todos tenemos que morir, pero no que, habiendo tanto hijo de puta suelto, la muerte venga a reclamar, a los cuarenta y tres años, a un tipo como Félix Romeo. Cuando me dijeron que había muerto me fui a caminar por el Ampurdán; el cielo estaba negro y soplaba una tramontana tan furiosa que parecía querer arrancar los árboles de cuajo y llevárselos volando: tuve la impresión de que la naturaleza estaba de acuerdo conmigo.
Contra lo que sus detractores sostenían, el cine de Fellini es muy consciente de las carencias del mundo, de sus horrores, catástrofes e injurias; más consciente es todavía, sin embargo, del milagro efímero de la existencia, y por eso propone una valerosa e inflexible celebración de la vida.
En el fondo, supongo, estamos otra vez con la vieja distinción de Max Weber entre «ética de la convicción»—la que se ocupa de los actos sin reparar en sus consecuencias— y «ética de la responsabilidad»—la que, en vez de ocuparse solo de la bondad de los actos, se ocupa sobre todo de la bondad de las consecuencias de los actos—: la primera es la que debe dominar la vida individual, y por eso es la ética del hombre bueno; la segunda, la que debe dominar la vida colectiva, y por eso es la ética del buen político. Quizá por eso es tan difícil para un buen hombre ser un buen político y para un buen político ser un buen hombre.
(…) el gran problema cultural de nuestro tiempo no lo provoca la gente que no sabe leer ni escribir, sino la que no quiere leer y no para de escribir.
Umberto Eco asegura que el mejor título de la literatura universal es Los tres mosqueteros, porque los mosqueteros celebérrimos de Dumas no son tres sino cuatro.
Hace algunos años la policía de Los Ángeles detuvo al actor inglés Hugh Grant cuando una profesional le practicaba una felación en plena vía pública. El hecho produjo un gran escándalo, hasta el punto de que la brillante carrera de Grant pareció a punto de naufragar. En medio de esa tormenta, un periodista norteamericano le hizo al actor una pregunta muy norteamericana: «¿Va ahora usted a un psicoterapeuta?». «No», contestó Grant. «En Inglaterra leemos novelas.»
(…) no tardé mucho tiempo, sin embargo, en realizar un descubrimiento sorprendente, al menos sorprendente para mí, y es que yo era español (o esa mezcla de catalán y extremeño que solo se me ocurre llamar español),
Como todos los jóvenes enfermos de literatura, hace veinte años yo padecía el prestigio del mal: creía que el mal era más interesante que el bien, porque era más complejo. Por entonces yo no había leído el libro de Hannah Arendt sobre Adolf Eichmann—teniente coronel de las SS y uno de los mayores criminales de la historia—, cuyo célebre subtítulo reza: Un estudio sobre la banalidad del mal. Fue ahí donde comprendí que el mal es la materia misma de la que estamos hechos y que es de una futilidad absoluta, lo más natural y profundamente humano que existe, y comprendí también que lo complejo, lo misterioso y hasta increíble es que, en este basural atroz, haya gente inmune a nuestra común naturaleza de caníbales, capaz de sobreponerse a ella y de actuar de una forma limpia, noble y valerosa. Hay un poema de Borges, titulado «Los justos», en el que se afirma que a todo lo largo del planeta hay un puñado de gente forjada de esa extraña materia y que son esas personas, que se ignoran entre sí, las que están salvando el mundo. Quien dijo que el hombre es naturalmente bueno se cubrió de gloria, y quien vende bondad suele ser un hipócrita o un miserable; pero, por increíble que parezca, los justos existen. Son pocos; a veces están gordos, viejos y calvos; suelen engrosar, me temo, las filas del paro. Nosotros no somos como ellos, pero existen.
A las nueve de la mañana del lunes me encuentro a mi vecina en el supermercado. Se llama Rosa: es joven, es guapa, irradia alegría; me gusta. Nos saludamos, y Rosa me dice que me lee en el periódico. La verdad es que cuando alguien me hace un elogio no necesita repetírmelo dos veces: lo entiendo a la primera. «Gracias», le digo. «He dicho que te leo», precisa. «No que me guste lo que leo.» «Ah», digo, y ya voy a despedirme de ella cuando me propone tomar un café. No soy más masoquista de lo normal, pero, como tengo que trabajar y cualquier excusa es buena para no trabajar, acepto.
El espectáculo es sobrecogedor. La mayoría opta por alimentarse a base de ansiolíticos y antidepresivos. Algunos ingenuos sueñan con cambiar de vida, ese sueño mentecato.
De hecho, muchos extranjeros que visitan nuestro país se asombran de que, a pesar de la brutal situación que vivimos desde que estalló la crisis, las calles sigan animadas por un gozo vital permanente y no se haya producido una explosión social, cosa que en parte se debe, como todos sabemos, a una doble ONG llamada familia y amigos. Nada más lejos de mi intención que ponerme patriótico, pero esa capacidad para la alegría trágica y para la compasión real son, a mi entender, dos virtudes considerables. Aunque quizá para apreciarlas del todo también haya que vivir fuera. Quizá para vivir dentro hay que vivir fuera.
ANTES: Cuando leí "Soldados de Salamina" me pasó lo mismo que con "Corazón tan blanco", de Javier Marías: casi me daba rabia que me gustara tanto. Cómo puede alguien escribir una novela tan buena, y a la vez mostrarse tan... ¿cómo decirlo?... tan gilipollas en sus artículos en prensa. Después leí "Terra Alta" y lo bajé un poco del altar, supongo que más por mis manías respecto a la novela de género policíaco que otra cosa. Así que empiezo este "No callar", casi convencido de que no me gustará y lo dejaré a las 50 páginas, como hago con tantos.
DURANTE: Pues no he podido dejarlo. Se trata de una recopilación de sus artículos aparecidos, sobre todo, en El País. Muy interesante. Divididos por temas, se muestra como un demócrata convencido (solo faltaría) y hace muy buena pedagogía sobre la actualidadpolítica. Es en los que hablan de Cataluña y el "procés", dónde más me chirría: parece querer comprender solamente a una de las partes. Cuando más disfruto (y mucho) es cuando llega la parte en que habla de literatura en sí y grandes escritores, muchos de ellos a los que ha llegado a tratar. Genial.
DESPUÉS: Al finalizar el volumen uno nota que ha hecho las paces con el Cercas "columnista". La duda que queda es si ha dejado sus artículos más polémicos fuera de esta recopilación, o si la culpa era solamente de un servidor, que los leía, en su día, los domingos y con resaca. ¿Me ocurrirá lo mismo algún día con los exabruptos periódicos de Pérez Reverte? Creo que eso ya son palabras mayores.
Javier Cercas es uno de los mejores columnistas que he leído. Lo atractivo de esta compilación es la variedad de temas que abarca y su estilo tan personal e íntimo, matizado con un uso magistral del lenguaje, coloquial pero preciso con sus argumentos y puntos de vista. Literatura, política española y europea, su vida personal, sus opiniones en hechos de coyuntura... Todo eso aparece en este libro voluminoso, cargado de referencias de música, cine, pintura, políticxs, historia española y más, muchas de las cuales desconocía y que me animaron a averiguar más. Fue un hermoso y largo viaje.
Sólo interesa la sección dedicada a la literatura. Ni sus andanzas morales o inmorales, ni su análisis político y mucho menos sus articulos de ocasión me interesan. En cambio, el crítico, el lector y el narrador que es verdaderamente lo dejan a uno perplejo o enamorado de algo tan hermoso como la literatura universal.
Las recopilaciones de articulos de muchos años conllevan la desventaja de la reiteración de ideas fuerza o de ejemplos. A pesar de ello se hace muy atractiva y potente la mirada dura y analítica del autor sobre diferentes temas. Se esfuerza en no dejarte indiferente .
En algunas partes me ha parecido una lectura muy interesante. Pero en otras tediosa o de temas que no me interesaban. Me ha parecido más una enciclopedia para acumular todos los artículos por bloques, que una selección escogida, que sea más amena para el lector.