En mis lecturas a lo largo de los años, Álvaro Obregón fue siempre, si no un villano tal cual (o no de los peores), sí el antagonista principal de la revolución popular, esa por la que en verdad se levantaron en armas miles de mexicanos dejados de lado por el porfirismo, encarnada sobre todo en las figuras de Villa y Zapata, y a la que al cabo los sonorenses (con Carranza) y luego aguaprietos (sin Carranza) derrotaron, dando paso a su propia versión de revolución, siempre con Obregón a la cabeza de sus ejércitos.
Indiscutible genio militar, pragmático y sensato donde los haya, fue sin duda gracias a él que el Primer Jefe de la Revolución Carranza se impuso a todos los demás grupos, estableciendo su particular visión de gobierno, hasta caer él también bajo la bota de su ambicioso general.
Y es que, en realidad, en este entretenido libro de divulgación histórica, el autor nos deja ver que, por más que sea necesario reconocer la importancia y hasta grandeza del personaje, a final de cuentas es justo eso que, indirectamente, vista la revolución desde el zapatismo o el villismo, parecía desde un inicio: un cabrón sin escrúpulos y presto siempre a hacer lo que hacía falta para imponer su autoridad, campechano y zalamero cuando era conveniente, siempre práctico y astuto, calculador a corto y largo plazo, convenenciero, simpático, hablador, demagogo, cruel y traidor cuando fue necesario, y gracias a lo cual acabó siendo el triunfador absoluto de la Revolución, el caudillo invicto que enterró a todos los demás quedándose con el poder absoluto… hasta que a su vez fue liquidado por un pobre idiota alucinado. El que a hierro mata…
Dejando de lado polémicas y confrontaciones historiográficas que podrían engrosar este libro hasta las dos mil páginas, el autor nos da un relato sucinto y claro del general Obregón, ese pequeño propietario sonorense que, arrastrado por el torbellino revolucionario, acabó viviendo mil vidas a lo largo de sus ocho mil kilómetros en campaña, convirtiéndose (por un tiempo) en el hombre más poderoso del país; con una visión global, que ni lo justifica ni degrada, he aquí al hombre, que fue lo que fue e hizo lo que hizo, ni más ni menos, y ni modo de volverlo a armar.
Vano resulta ponerse a discutir qué tipo de país habríamos tenido si, acaso, Villa hubiera derrotado a Obregón en Celaya: el punto es que no lo hizo, y el México posrevolucionario fue lo que Álvaro Obregón y sus incondicionales, dando dos pasitos al frente y uno hacia atrás, crearon para sí mismos.