No me gustó especialmente ser niña y adolescente. En mi casa las cosas estaban bien y mientras estaba ahí era feliz, pero en el colegio y el instituto jamás encontré mi lugar ni me sentí cómoda. Relaciono mi etapa escolar siempre con un sentimiento de angustia, frustración y aislamiento. Y sobre todo, con la impotencia y la humillación de estar constantemente a merced de situaciones que no sabía o no podía controlar, y que ahora sé positivamente que manejaría de otra forma. Uno de los recuerdos que más nítidos tengo (aunque no el más traumático) fue un momento en el que una compañera propuso a otros a hacer algo que no estaba bien, señalando que si les pillaban siempre podrían echarme la culpa a mí , porque “sería mi palabra contra la de ellos, y nadie me creería”. Para mí eso siempre ha sido la niñez y la adolescencia: saber que estás en una tierra de nadie, el sentimiento de que te quieran controlar y la impotencia de no saber como evitarlo y hallarte siempre a un paso de lo desconocido y lo humillante. No encontrar en ellos y en adolescentes, la amabilidad y la ligereza que se les supone erróneamente. De hecho, diría que la niñez y la adolescencia son incluso más crueles que la propia adultez. Los adultos saben cómo comportarse de cara al público cuando les conviene, pero en los niños y en los jóvenes hay siempre algo despiadado, una inteligencia animal y primitiva que pueden usar como cuchillas con impunidad. Ser adulta no me gusta mucho más que a haber sido joven, pero la experiencia es un grado y al menos siempre tengo ahora la opción de no tener que estar en un sitio donde no se me quiere ni aguantar a personas a las que yo no quiera. O eso me digo yo. Y he aprendido a sobrellevar la soledad cuando me toca y ha aguantar como buenamente pueda las cuchilladas traicioneras o no traicioneras de las personas. O por lo menos estoy en ello.
Supongo que por eso era inevitable que conectase de una manera tan fuerte, como nunca pude hacerlo con ninguno de mis compañeros de clase, con la novela de Ana María Matute “Primera Memoria”. Se trata del primer volumen de una trilogía conocida como “Los Mercaderes”, que, por lo que cuenta la autora en una nota al inicio de la novela, estarán unidas unas con otras por diferentes personajes, pero tendrán una rigurosa independencia argumental. Además, de manera para nada predeterminada, la he escogido en un momento bastante propicio. Y es que con eso novela, Ana María Matute ganó en el año 1959 el prestigioso Premio Nadal. Como este año 2025 se han cumplido el centenario del nacimiento de la autora, esta no ha sido la única novela que he leído salida de su pluma. En verano volví a reafirmarme en mi amor y admiración hacia esta escritora con “Pequeño Teatro”, que en 1954 ganó el premio Planeta cuando aún este era algo que premiaba obras y autores de calidad y no a cualquiera que estuviera en la nómina del grupo a tres media. Así que, como podréis imaginaros, no he podido evitar comparar la inteligencia narrativa y estilística de la señora Matute, que yo , y me supongo que cualquiera con un mínimo de conocimiento literario, considero bastante digna de ganar cualquier premio que se le ponga por delante, con los textos que me he encontrado por la red con el “afortunado” premiado del Planeta de este año. Imposible no pensar en qué punto se encuentra ahora el mercado español para que estas cosas pasen, el nivel al que hemos llegado para que dos autores están diferentes hayan sido premiados de igual forma. Me pregunto qué pensarían aquellos que en sus primeros años de andadura, prometieron el Planeta a Ruano para días antes de la entrega, tuvieran que retractarse, porque acababan de recibir la ópera prima de una joven de pocos años, absolutamente desconocida, Carmen Laforet. “Nada”, que este año no te toca, me hace gracia pensar que le dijeron a Ruano en plan chascarrillo con el título de del libro que más que merecidamente, recibía el galardón.
Vale, perdón por la broma mala. Voy a lo verdaderamente importante. Olvidados de este último párrafo.
Matia tiene 14 años y después de su problemático paso por un colegio, ha quedado al cuidado de su autoritaria abuela. La casa familiar que compartirá con su abuela, su tía Emilia, su primo Borja y sus criados se encuentra en una isla desde la cual llegan los ecos de la Guerra Civil, y que no escapa a la vorágine de represión, violencia y sangre que ahora tiñe a España. Entre escapadas con su primo Borja, cigarros, viajes por bite y ensoñaciones, Matia, una muchacha sin padres ni raíces, está empezando a verse obligada a despedirse de su niñez y aceptar su inevitable paso a la adultez. Y a descubrir la mezquindad que mancilla el mundo adulto gracias al afecto que siente hacia Manuel, el hijo de una bandida familia despreciada dentro de la isla.
Es el verano del 36. España está ardiendo, los hermanos luchan entre ellos y la guerra ha dividido a sangre y fuego al país. Sus ecos llegan a una isla anonima y de apariencia paradisiaca que el lector más avispado no tardará en reconocer como algún recóndito lugar de las Islas Baleares. Ahí parece que el tiempo no avanza, una patina de calor y pesada calma se ha posado sobre los habitantes y las casas como una colcha invisible durante la temporada estival. Y en medio de esa calma resuenan los disparos de las armas de aquellos que se llevan a sus vecinos a dar un terrible paseíllo. Las voces de los sacerdotes desde los púlpitos, predicando órdenes y credos. El sonido metálico de la envidia y los odios enconados de un pequeño pueblo en el que se ataca y se critica al que es diferente con dureza. Las órdenes de una anciana cacique que dentro y fuera de su casa manda, controla y ordena según sus intereses y pretensiones. No es una isla paradisíaca, es un microcosmos aislado de la realidad donde todo el mundo, calla, donde en el interior de los corazones estallan tormentas dolorosas de miedos inconfesados, deseos frustrados y aislamiento. La olla va hirviendo poco a poco hasta estallar. Y Matia, la inolvidable protagonista y narradora de esta historia, va descubriendo que eso es la vida que le espera hasta que cierre los ojos. Que la adultez está teñida de una escala de grises sucios y de una parte partícula de orín rojizo que mancha, las manos y el alma.
“Primera Memoria” es una crónica familiar y humana sobre la España de los primeros años de la guerra civil, con sus convenciones ideológicas y sociales, fuertemente marcada por las diferencias políticas y la ira entre dos bandos condenados a matarse mutuamente. Un telón de fondo agobiante para la puesta en largo de una muchacha, a la que han llevado a esta isla después de una vida en la que lo único que ha conocido es a la criada a cuyo cuidado la dejó su ausente padre en una Finca rural de la península circunvalada por bosques y ríos. No hay ríos en la isla en la que ahora vive. A sus 14 años Mata siente que no puede coger un barco y escapar hacia la isla de Nunca Jamás hacia la bendita inocencia, hacia la dulce inconsciencia de la infancia con sus promesas de fantasía y sus problemas banales. Ana María Matute no idealiza la juventud, sino que la representa con toda su cruda complejidad, mostrándolos un paso hacia el crecimiento marcado por la soledad y la humillación, por la falta de libertad y los gritos, que tan solo se escuchan en el interior de uno, porque son silenciosos, porque no se pueden decir viva voz. Matia, Borja y Manuel no quieren ser adultos, pero la propia infancia se les queda tan pequeña como grandes, las promesas hacia las que se están lanzando. Todos forjan su destino con las cosas que dicen y no dice, que hacen y no hace. Y a la vez son sus propias víctimas y verdugos, muñecos y títeres, manejados por una fuerza superior a ellos.
Tranquilos pequeños. A todos nos pasa lo mismo.
La belleza de la prosa de Ana María Matute es cuestiona. Siempre diré que es obligatorio cuando coges un libro suyo mentalizarte de que no va a ser una lectura que puedas hacer en pocos días. Para mí, la gracia de adentrarme en las propuestas de Matute, es que sé que me van a obligar a ir despacio, a releer varias veces, la gran mayoría de sus frases y diálogos, a saborear su elegante y nítida prosa y la manera en que maneja las palabras con un colorido lleno de matices. A repasar y repensar cada una de las palabras que me encuentre en el texto. Y yo lo hago más que dispuesta a disfrutar de una de mis autoras favoritas. Su capacidad para crear una atmósfera que envuelve totalmente al lector y ella sola lo dice todo hace que las formen izadas descripciones que haga de los entornos de la isla y sus viviendas se conviertan en unos personajes más de la novela. También la frescura y la eficacia con la que se mete en las mentes de sus personajes. El lector conocerá la historia a través de los ojos de Matia, pero a través de ella también se introducirá en la mente del resto de los personajes, especialmente de los de Borja y Manuel, haciendo suyos sus sentimientos, las circunstancias familiares y políticas de cada uno de ellos, las decisiones que tomen y los impulsos ideas que les mueven. Soy una lectora a la que no le gusta especialmente leer detalladas descripciones de lugares, es algo que me cansa. Pero al mismo tiempo soy consciente que en muchos libros es algo muy importante para la ambientación e, incluso, para el desarrollo de los personajes. Y este es el caso en este libro, donde personajes, paisajes y sensaciones son las tres hebras de una trenza argumental, finamente tejida, inseparables unos de otros. La isla es un mundo aparte que no escapa a la ola de violencia que envuelve a España, pero que también tiene sus propios problemas y circunstancias, su propio rencor reprimido y ansioso por poder y destrozar. Matia descubría lo que la maldad humana. Y que lo peor de ella es que se esconde en los lugares más insospechados. No solo es un juego con el que se diviertan señoritos con poder y militares. Puede anidar entre las personas más cercanas. Bajo el rostro de un niño taimado y hermoso. Y así la isla acabara convirtiéndose en el escenario de sus primeros sueños frustrados. La niña que ha ido acompañada en todo su periplo por un muñeco con el que no duerme, sino que le tiene para soñar con viajar por medio de él y de un Atlas, acabará perdiéndole dios sabe dónde. Junto a su inocencia.
“Primera Memoria” es una novela de desarraigo y violencia física y psicológica, de envidias y traiciones, de cobardía y de crecimiento oscuro con tintes de cuentos de hadas mancillado y podrido. La protagonista quiere quedarse para siempre en la isla de su niñez. Pero poco a poco va descubriendo que la sirenita de Andersen nunca podría tener alma, que gracias a los hombres estará condenada pada siempre a caminar sobre dos piernas con las que sufre y a convertirse en espuma de mar, que Wendy tendrá que abandonar a Peter Pan y a los niños perdidos para la limpieza de primavera en Nunca Jamás, que no siempre se puede tener la heroica bondad y la inseparable amistad de Kai y Gerda. Los cuentos de hadas siempre fueron muy importantes para Matute, en prácticamente todas las novelas que he leído de ella se puede rastrear un poso de ellos más o menos sutil. En “Primera Memoria” sirven para marcar aún más lo que supone crecer, la crueldad egoísta que incluso la inocencia y el desconocimiento ocultan, la maldición de la realidad, el deseo de las personas, por poseer y vengarse cuando la frustración les corroe por las venas. Los niños que conocemos en esta historia están tan sujetos a las pasiones humanas como cualquier adulto, y eso es lo que hace tan profundamente humana y realista esta novela. Además de hacerla tan profundamente triste y melancólica, con un final que acongoja. Y que te deja con tantas incógnitas como impotencia, con una sensación de suave, triste, soledad que ni siquiera tiene nombre, tan especial y tan íntima para cada lector como es.