El día que Julián cumple 35 años toma una drástica decisión: nunca volverá a salir ya de su habitación. Allí, acompañado por un monje de barro, un reloj que siempre marca la misma hora, una colección de toreros de juguete y un ejército de soldaditos de plomo, podrá desarrollar sus múltiples habilidades en los parajes más fabulosos y alucinantes. Encerrado en un mundo de doscientas cuarenta baldosas, mientras su madre llama insistentemente a la puerta, Julián será cazador de tigres, príncipe, estratega militar, hormiga, ventrílocuo, matador valeroso, ruiseñor, analista en lenguajes cifrados o especialista en materias cosmológicas y botánicas.
Julián, único habitante de un mundo perfecto repleto de humor desbordante y absurdo cotidiano, pertenece a la mejor estirpe de otros grandes personajes incomunicados de la literatura: la de un Gregor Samsa atrapado en la piel de un insecto, la del obstinado Bartleby o la de un Leopold Bloom cautivo en Dublín. Porque comparte con ellos un destino que parece perfectamente delineado y una extraña sensación de que la comedia disparatada pronto se convertirá en tragedia.
Javier Tomeo estudió derecho y criminología en la Universidad de Barcelona. En los años cincuenta escribió literatura popular (novelas del oeste, de terror, etc..) bajo el pseudónimo «Frantz Keller» para la Editorial Bruguera. En 1963 editó, junto a Juan María Estadella, La brujería y la superstición en Cataluña. Pero no fue hasta unos años después, en el 1967, cuando se publicó su primera novela "seria". Su novela 'El Unicornio', aparecida en 1971, le hizo ganar el premio de novela corta Ciudad de Barbastro. En esa década aparecieron algunos de sus títulos más significativos como ahora "El castillo de la carta cifrada".
En la década de los ochenta se confirmó como uno de los mejores y más personales narradores españoles contemporáneos. En la producción de esos años destaca 'Diálogo en re mayor' y 'Amado monstruo', acaso sus obras más exitosas.
Su universo literario creció en los noventa con la publicación de numerosos libros: El gallitigre (1990), El crimen del cine Oriente (1995), Los misterios de la ópera (1997), Napoleón VII (1999) o Cuentos perversos (2002), entre otros.
En los últimos meses de su vida tuvo múltiples complicaciones de su diabetes y falleció a los 80 años por una grave infección en el Hospital Sagrado Corazón de Barcelona.
El 26 de junio de 2013 se celebró en Barcelona un funeral laico. El 27 de junio fue enterrado en el cementerio de Quicena.
Javier Tomeo siempre consigue que te plantees cuán real puede ser el mundo alternativo que te propone. Esta vez el final es especialmente inesperado, o quizá no tanto (pensándolo bien), pero me ha sorprendido cómo ha cerrado la aventura de Julián.
Javier Tomeo vivía solo. No tuvo hermanos. No tuvo hijos. Consagró su vida a la literatura. De niño leía a Julio Verne y a Salgari, pero lo que forjó su imaginario más pujante fueron las pinturas de Goya, con sus monstruos y sus personajes sardónicos. Así aprendió a relacionarse con el arte, mediante una experiencia moral, junto a criaturas y personajes incapaces de encajar en el mundo. De esa forma encontró su lugar en el mundo.
El cazador (1969) fue su primer libro, una ruptura con el mundo insípido y un ejemplo lúcido de cómo seguir su propio camino, el único y verdadero. Javier Tomeo trabajaba como abogado en Olivetti, empresa italiana de máquinas de escribir, y un día decidió encerrarse drásticamente en su habitación para disolver las frustraciones del pasado y sumergirse vibrante hacia su propio universo de individuación. El resultado produjo una obra inclasificable, marginal, de contenido pulsional e inconsciente, en trance con su alter ego, precipitándose contra los límites hacia la captura del más allá: su presa más ambiciosa. De estilo condensado, su narrativa avanza por golpes certeros de inteligencia y exactitud. Breve, profundo y matemático, como los delirios de Kafka o la espontaneidad genuina de Poe. Escribe lo que corresponde, y ya nada se puede parecer a él. Tan sólo caben reminiscencias de ligera aproximación, pero toda evocación será injusta. A Javier Tomeo se le lee y a partir de allí ocurre todo y uno entiende el placer de ser un lector minoritario , atípico y heteróclito; un lector de autores que estaban tan cerca de casa que parecían invisibles. Gracias Aragón.