Relato autobiográfico de su paso por la mili, a finales de los 70, en el País Vasco. El autor refleja con absoluta precisión el sinsentido de este período en la vida de muchos españolitos de la época. Un tiempo muerto, un paréntesis; para muchos, una pesadilla. Muñoz Molina hace gala de una profundidad analítica agudísima sobre sus propias vivencias y sensaciones, en las que nos reconocemos muchos, y en el retrato de los distintos tipos, personajes prototípicos casi, que aparecen: el cabo primero chusquero, los sargentos extremados, los brigadas timoratos… El paso por la mili fue para muchos una bajada a los infiernos, a un infierno cutre y execrable, donde imperaba el temor a ser el objeto de la inquina de un suboficial o de un veterano, a perder el pase o el permiso de fin de semana por cualquier gilipollez, donde el escaqueo era una estrategia de supervivencia para no dejarse someter por la irracionalidad de la vida militar -recuentos sin fin y sin objeto, falseamiento de cuentas, corruptelas generalizadas, órdenes absurdas, ritualidades sin utilidad, maniobras inanes-. Un sinsentido que pretendía la deshumanización, la desactivación de la capacidad crítica del individuo, la obediencia ciega, la asunción de roles contrarios a la propia identidad, el paso de víctima -el recluta- a victimario -el bisabuelo-, una escuela de odio y resentimiento. Para algunos, las estrategias de evasión les condujo a buscar refugio en la droga y la borrachera colectiva. Se alentaba el sentimiento de manada, de gregarismo irreflexivo. Y ante tanta afrenta, el intento de salvaguardar la propia identidad, con íntimas rebeldías que nadie más conocía y falsas camaraderías que no se sostendrían una vez conseguida la definitiva licencia. Muñoz Molina no escatima sus sentimientos más hondos, aun cuando no sean especialmente honorables, como la cobardía o la alegría ante la desgracia ajena. Todo ello en el marco de un enfrentamiento entre abertzales y fuerzas de orden público previo al golpe de estado que no tardaría en producirse y se aventuraba en los cuarteles.