«Asi nos despedimos, la edad del duelo ha concluido, es el principio de la soledad, del amor nuevo y sin mas que un vestidito de verano le doy la mano y le dejo estallar en el aire. Somos fuegos artificiales en busca de otra vida y una canción futura.»
Esta novela, una fábula autobiográfica, como bien dice la autora, es la palabra en movimiento, el cuerpo atravesado por la fantasía en donde el peso de los acontecimientos reorganiza las estructuras familiares. La muerte del padre, la figura masculina, vuelca la mirada y resginifica lo femenino; tres hermanas y una esposa viuda se esfuerzan por hacer el duelo y sobrevivir ante la pérdida.
La casa es un mundo dentro de otro mundo más grande, la casa habitada por otros mundos de carne y hueso, mujeres no acostumbradas a estar en la calle, deben explorar ese lugar de afuera y, como despertando de un sueño, sus vidas sufren una metamorfosis donde la única forma de escape, de negarse a esa nueva realidad mientras la reconocen, es no estar en ella, abandonarse a sí mismas, desmayarse; el desmayo como la forma de decir que no con el cuerpo.
La vida deviene en cambios, el tiempo lleva la cuenta y deja huellas en el cuerpo, las mismas que dejamos en el camino que recorremos mientras nos reconocemos en esas nuevas formas de existir, de habitar, de no estar, de entrar y salir y despertar en otro sueño, como dijera Calderon de la barca: la vida es sueño y los sueños, sueños son.