Ingeniosísima y divertidísima comedia de las llamadas “de figurón”, una de esas joyas del teatro áureo español que demuestran que no solo por Lope, Calderón o Tirso fue realmente una edad dorada.
Esta especie de “road movie” escénica, donde los personajes se dirigen de Madrid a Toledo y van rencontrándose en cada venta, es de esas obras que nos hacen ver lo poco que han cambiado nuestros entretenimientos en casi 400 años.
Los personajes, arquetípicos del teatro de su era, suenan aquí más auténticos y desenvueltos que en la mayoría de los casos, y son un ejemplo claro de que para que una obra funcione y sus personajes nos interesen no son indispensables las mentalidades tortuosas o excesivas ni librarse a enrevesadas profundidades psicológicas: basta con que sean personajes vivos (y se cuente con actores solventes e imaginativos). Rojas Zorrilla sabe dar vida a sus por lo demás rutinarios personajes: la joven obligada a casarse, el padre noble pero pobre, el prometido insoportable, el amante sin un céntimo, la hermana celosa, el criado entrometido, la criada deslenguada. El diálogo es ágil, auténtico, divertido. El lenguaje directo y funcional en los momentos de acción, pero conceptista en los momentos humorísticos o sentimentales.
Hay inevitablemente aspectos convencionales, muy del gusto del siglo de otro y que los espectadores esperaban (y no debemos censurar a los espectadores por esperarlos ni al autor por satisfacer ese gusto): versos alambicados llenos de juegos de palabras y las usuales metáforas barrocas para describir la belleza de la protagonista o el apasionado amor del galán, aquí de todos modos teñidos de parodia. Hay también damas y caballeros que cuidan su honor (y su dinero), pero aquí las damas no dudan en meter a su galán en la alcoba si la situación lo requiere, en declarársele abiertamente, o en dejar claro que son muy dueñas de elegir por sí mismas caiga quien caiga; mientras que los galanes son un poco, o un mucho, estúpidos, o indecisos y poco enérgicos.
El ánimo es divertir con una trama enrevesada pero que siempre mantiene la verosimilitud, sorprender con una expresión ocurrente, con una comparación ingeniosa.
En fin, una lectura divertida para quien gusta de imaginarse como el texto cobraría vida en escena. Desgraciadamente no hay muchas oportunidades de verla representada, y como todo el buen teatro del siglo de oro, solo cobra sentido en el escenario, en concreto en un corral de comedias, teatros pequeños y decorados humildes, casi como un vodevil. Pero tengamos o no la oportunidad de verla representada, leerla es un placer, y un desafío para nuestra capacidad mental como directores de escena.