«Y un día la fábrica cierra. No es una sorpresa, pero sí la constatación de que algo se derrumba. Es febrero de 1992. Luego escucho música mientras mi padre habla con alguien en el descansillo, frente a la puerta de casa. Ignoro todo, pero me fascina el momento. Han luchado para que esto no ocurra, se han unido, pero la derrota es más fuerte. Y parece que en ella no hay aprendizaje posible. Al menos no en este caso». «Nuestra casa no es exactamente una casa y, por supuesto, mucho menos nuestra». La madre de Alberto Santamaría limpiaba los camarotes del ferry que hace Santander-Plymouth; su padre, trabajaba una fábrica de químicos; y su barrio, que pertenecía a la empresa, se llamaba Barrio Venecia porque se construyó sobre unos cenagales que terminaban por desbordarse cada vez que el Cantábrico se agitaba. «Nada hay tan cómico como la infelicidad» dice el autor. Este libro es lo contrario de una historia idealizada sobre la resistencia heroica de la clase obrera. Aquí tenemos unos padres socialistas que tratan de no desencantarse, un hijo que llega al comunismo por estética y un autor, ya adulto, que combina en su relato el profundo respeto por la miseria que vivieron sus padres, con la certidumbre de que siempre quiso huir de allí. Barrio Venecia. Casi una historia obrera se puede leer como una novela de iniciación, también como la crónica del fin de la industria en España y la del abandono a sus trabajadores; pero, sobre todo, es la historia de la amistad silente que crece entre un padre y un hijo mientras rebuscan en desguaces piezas que poder revender.
La temática, el obrerismo no mitificado, con todo lo que eso conlleva, me ha parecido muy interesante, especialmente porque es autobiográfico.
Por otro lado, me ha gustado mucho cómo está escrito y organizado el libro de manera no lineal, con capítulos "desordenados" que no suelen continuar lo contado en el anterior.
Me da pena que haya sido de los primeros "Episodios Nacionales" que he leído porque dudo que el resto me gusten tanto como este.
Precioso, duro, sutil y explícito, todo a la vez. Acostumbrado al ensayo, he visto aquí muchas sutilezas teóricas, muchos hilos. El primero el que hace del libro una anti novela obrera, una novela de la desidentidad proletaria, de la dialéctica entre pertenecer y querer huir, vivida en los tiempos del no future. Ahí está la herida fundacional que desmaquilla ese primer impacto estético de la lectura del manifiesto comunista, su musicalidad, la intuición romántica que inaugura la visión política (y que tiene otro sentido después de ver la importancia que le da Alberto a ese mismo concepto en su lectura del Lukács joven, de la prolongación fantasmática de su herida). Esa intuición también abriga la teoría del valor del desguace, esa salida sucia, arraigada e las sutilezas teológicas del caos de la mercancía después de su muerte. Y en esa dialéctica entre el caos y el orden fantasmal que requiere de la confusión para darse, para sentir el miedo y a la vez el anhelo del tac que siga al tic, hay en realidad todo un resumen del luxemburguismo y el leninismo, una búsqueda de la articulación y la configuración del caos en un retrato constitutivamente precario, en mutación, un sentido imposible que sin embargo es todavía más imposible de ignorar. En una interpretación más cínica, ese caos que reclama orden es el marco que nos impele, como un trasunto notarial del Ángel de la historia vestido de corbata en una oficina contable, a ordenar alfabéticamente los genocidios, los cuerpos que se amontonan, a poner al menos en orden una barbarie en la que no hay posibilidad de intervenir, en torno a la que cualquier acercamiento es un fracaso. Hay mucho instinto punk, también una fuerte constatación de que a lo malo le puede seguir algo peor. La imagen de la camiseta de la pizza, tan ilustrativa de todo un ethos laboral y vital, de décadas pasadas en cuestión de días. También hay amor, una madre, un padre, un hermano, momentos de alegría, de mucha risa tan sincera como trágica - nada más cómico que la infelicidad -, abandono y compañía, fugas buscadas y otras halladas involuntariamente. En fin, un libro muy disfrutable, que habla muy selectiva y caprichosamente -pero no puede ser de otra manera- de una vida que son muchas, de una derrota que son todas.
Casi, para hacer pleno. Contra el obrerismo de lo que dignificaría, un retrato de puro obrero, de casa prestada de 40 metros, señorito con su Doñana, el desguace deslumbrante de cada semana, restos de otras vida, jirones, con desenlace. Un buen tipo sin suerte. "Estar es todo".
Una España que pareció no existir en años al vacío. Entre líneas -bien 'filosofadas'- abraza la bruma de El año del descubrimiento, la pizza en la pechera que son el rider y antes un adolescente de Barrio, el deambular juvenil-desnortado de Ion Arretxe o la carcoma de Amianto, otro supuesto modelo de lo sin querer se hace paradigma. Excepciones como este Episodio nacional que enaltece la balda y sirve como rescate de esta historia, por la que pasan grapos, noches de cristales rotos, felipistas, el viejete de todas las sedes, la muerte que lega un disco... Al parecer, nadie había llegado aún a valorar esta biografía aquí. No merece ser inadvertida.
Novela autobiográfica de 144 páginas, publicada en 2023, en la que el autor nos narra su adolescencia en el barrio Venecia, en unos edificios a las afueras del pueblo más cercano. Con una prosa exquisita nos hace recorrer un entorno industrial decadente y nos habla de los efectos sociales que a finales de los 80' y principios de los 90' empezaba a causar la reconversión industrial. Música, política, crónicas de aquellos años; y todo ello envuelto en las reflexiones de un adolescente que aún no llevaba a entender el alcance histórico de aquellos sucesos, de los que su familia, como otras miles, fueron testigos. En resumen, una lectura muy recomendada.
Muy interesante y ameno. A veces me he perdido un poco entre tanto salto temporal, pero es un recurso que me gusta mucho teniendo todo en cuenta. No sabía que la cúpula de los GRAPO se desarticuló en Santander.
La infancia en un barrio obrero prefabricado para dar servicio a la gran industria setentera. Con aquellas construcciones imposibles, sin criterio de absolutamente nada. Y, lejos de la épica, la perenne sensación de estar debajo de todo.