Había leído recomendaciones y buenas críticas sobre este libro, y aún así me acerqué a él con precaución, sin saber exactamente qué me iba a encontrar. Pero debo decir que me gustó lo que había.
Alexander Zvonkin es matemático, académico y profesor. Alejado de la enseñanza a niños pequeños (aunque posteriormente a lo narrado en este libro, y precisamente a partir de ello, acabaría por acercarse mucho a ella) relata su experiencia con los Círculos Matemáticos que creó en la Rusia de los años ochenta, primero con su hijo mayor y tres amigos, y posteriormente con su hija menor y dos amigas. El libro está escrito a modo diario, relatando las actividades que lleva a cabo en cada sesión. Pero no se limita a ser un simple relatorio, sino que analiza, reflexiona y profundiza en lo que ha ocurrido.
Si una actividad funciona o no, si hay que modificarla o retormarla más adelante. Las reacciones de los niños ante las pruebas, sus personalidades, sus respuestas. Las reacciones del mismo Zvonkin, sus errores, sus aciertos. La evolución de todos ellos a lo largo de los años que duran los círculos. Consigue que parezca un diario verdadero en el que escribe para sí mismo, para entender lo que sucede, para ordenar sus pensamientos y sacar de ello algo en claro, para mejorar, para progresar.
Está formado por varias líneas simultáneas. Un poco de actividades para plantear a niños, un poco de pedagogía, un poco de reflexión personal, un poco de psicología paterna... todo ello se entremezcla y da lugar a una obra bastante curiosa, diferente y a la vez interesante.
Las actividades que podemos encontrar aquí fueron propuestas a niños de 3 a 7 años, como dice el título, pero muchas son adaptables a otros un poco más mayores. Y el tipo de actividades cubre un espectro bastante grande: manipulables, acertijos, dibujo, nociones de probabilidad, numéricas, geométricas, sistemáticas, pensamiento lateral... ciertamente un compendio muy amplio y muy trabajado.
Tenemos así varios filtros, tanto lo que piensa Zvonkin como lo que dicen los niños, lo que entienden y lo que no, lo que se les ocurre ya sea con acierto o no, lo que les motiva y lo que les aburre. Y, muy importante, lo que todos ellos disfrutan. A lo largo del libro aparecen, además, pequeños párrafos que dan voz a los hijos del autor para que estos expliquen, desde su memoria, alguna de los pensamientos o de las reacciones que en su día tuvieron.
Es por ello que me ha resultado de interés, me ha gustado leer sus fracasos tanto o más que sus aciertos. Una autocrítica que muchas veces brilla por su ausencia, estamos acostumbrados a leer, o escuchar, a otros autores que exponen sus teorías o relatan sus experiencias y todo parece fantástico y maravilloso, sin dudas, sin puntos oscuros, sin meteduras de pata, sin fracasos, sin pasos atrás. Con Zvonkin no es así, y me parece una de las principales virtudes de este libro. Es más, trata de no juzgar, sino de examinar y hacerse preguntas. Incluso en ocasiones propone respuestas pero opta por no abrazar ninguna. Justo lo que él mismo trata de transmitir a los niños: la importancia de plantear preguntas.
Para acabar, dejo un par de citas sacadas del texto que me parecieron especialmente reseñables según las leía, y que ayudan a compilar en parte la filosofía subyacente en la experiencia que Zvonkin llevó a cabo:
«Nada de lo que hacemos en el círculo, por extraño que pueda parecer, cae en saco roto, y muchas de las cosas que aprendemos reaparecen cuando es necesario».
«Casi me dan ganas de decir: "¡Al diablo las matemáticas! ¡Los niños son mucho más interesantes!!».
En resumen, una experiencia vital llena de emoción que puede enriquecer tus posturas en torno a la didáctica y a las matemáticas. Recomendable.