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Libres

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128 pages, Paperback

Published January 24, 2023

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Ana Santamaría Núñez

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Profile Image for Jorge Morcillo.
Author 5 books73 followers
May 2, 2025
La emancipación vital de la ternura. “Libres”, de Ana Santamaría. Reseña.

«Samuel quería ser profesor y Aixa quería ser sirena, como la del libro de arte que tanto le gustaba mirar. Les fascinaba ese pelo largo, tan largo que caía por una cola de escamas azules y brillantes. Samuel le explicó que ella no podía ser sirena porque, aunque tenía piernas larguísimas y veloces y era capaz de enroscarlas como si tuviera una sola, no era suficiente. Pero ello insistía: quería ser sirena. Consiguió que el profesor de natación le dejara colocarse unas pequeñas aletas, con las que se sintió más pez que niña y buceó por el fondo de la piscina de lado a lado, buscando en los desconchados de las esquinas un hueco por el que escapar al mar». 

  Es un pequeño fragmento de Juegos de sirena, el relato número siete de un total de doce que incluye Libres, editado por la editorial Comba y el primer libro de la escritora burgalesa Ana Santamaría. La verdad es que podría haber incluido cualquier otro párrafo de los muchos que he acabado anotando, pero este me viene muy bien para comenzar a desgranar el universo emocional y literario que puede encontrarse en este libro. 

  Nos hallamos con personajes que como el viejo anhelo rimbaudiano sueñan con transformar la vida. Algunos están muy golpeados por la pérdida o el no cumplimiento de sus deseos vitales; otros, como es el caso del párrafo con el que abrimos la reseña, son todavía muy jóvenes para coleccionar cicatrices, y, sin embargo, desean escapar, emanciparse de una realidad en la que no ven cumplidos sus sueños, edificarse en una región en la que se sientan y respiren a salvo, llegar al mar. De muchas maneras se sienten solos y persiguen sus anhelos. Y este es un paisaje común en casi todos los relatos, como si casi todos los personajes y situaciones necesitan un recomenzar «a espaldas de lo acontecido», «sobrevivir al retortijón de la realidad», buscar nuevas formas de comunicación, respirar la vibración de las cosas que en verdad importan y abrir los barrotes de las convenciones, en la búsqueda de una transformación interna alejada de la venganza y el ajuste de cuentas y mucho más cercana a la ternura.  

  «En esa ruta deslastrada había prestado atención en conservar dinero suficiente para sobrevivir, la documentación imprescindible y unas ganas de aventura pausada que se habían ido acrecentando según me alejaba de lo que un día fui parte o de lo que un día fui parte. En realidad, ese recomenzar a espaldas de lo conocido me hacía disfrutar de las cosas más ínfimas y regodearme de ese dejar pasar el tiempo: contando olas, contemplando pájaros, o tirando piedras desde el acantilado, todo ello hasta conseguir la destreza de dejar la mente en blanco, ese hito que nunca pensé que lograría». 

O en otro relato: 

«¡Cómo soñabas! Que no, que no eran sueños, sino la vida, la realidad que llamaba a gritos desde el erotismo de su mirada y te hacía delirar en compañía. Era la vida nada más, una vida para comenzar de nuevo, para despertar de ese sueño del que estabas cansado». 

Bajo esa búsqueda y esa emancipación de la ternura se abre la posibilidad de abrir el abanico de las percepciones comunicativas. El ser que es sensible y que anhela otra realidad sabe manejarse y escuchar otro tipo de frecuencias: 

«Como entonces, me acostumbré a hablar por mí y por ti. Siempre tuve la impresión de que guardabas blindado todo aquello que no me decías, así que tanto si hablábamos como si estábamos en silencio mi yo y mi yo (fijarse y detenerse en esa repetición que dice tanto) manteníamos conversaciones paralelas». 

Desde que iniciamos el libro estamos en la búsqueda de esa libertad interior. Emilia, una oficinista a «la que se le había ido la vida aporreando una máquina de escribir», decide vestirse con el traje de novia que nunca estrenó e irse a pasear por las calles de Madrid. Madrid, una ciudad que al fin y al cabo «solo es un catálogo de recuerdos», como son en realidad todas las ciudades, porque lo que hace habitable una ciudad son las personas y las vivencias, y tras ellas solo hay asfalto y edificios y muros y estaciones y habladurías. 

«En la parada, la gente la mira sorprendida. Ella, con esa indiferencia tan aprendida, agarra su bolso de asa con las dos manos y espera la llegada del autobús. Está ilusionada por caminar por el Retiro arrastrando la cola nupcial, como si fuera un altar en el que no la espera nadie, o no Paco, ni sus pájaros ni sus taras. Sólo piensa en eso, las miradas y las risas de los adolescentes no le importan. Ella también se río alguna vez así, no lo recuerda, pero es algo propio de la edad. También, aunque parezca mentira, ella fue joven y se reía de todo. ¿O no? No recuerda un día en concreto, pero lo hizo. Era algo muy parecido a la felicidad». 

Hay elementos comunes en algunos relatos por encima de la búsqueda y huida y por encima de esa emancipación de la ternura. Por ejemplo, no se me ha pasado por alto cierta fijación con el pelo, sobre todo si es largo. En Juegos de sirenas por supuesto que aparece mencionado. Una sirena sin el pelo largo es inconcebible para nuestro imaginario. Y también hay alguna mención en este relato que da título al libro y con el que todo el universo de Santamaría se inicia, como apretar On en un botón; pero el cabello largo se convertirá en el último nexo afectivo de la unión de una pareja tras la pérdida de su hijo, concretamente en un relato titulado Fetiche, que es un relato muy duro pero que contiene una frase absolutamente maravillosa: 

«El silencio nos descubrió idiomas que no sabíamos que existían». 

Si esa frase se pronuncia en voz alta se apreciará mejor su musicalidad y su hondura. La nostalgia y la cotidianeidad de lo perdido asoma entre las ruinas internas. Son puertas que pueden trasladarnos a otras estancias, del ayer o del presente. 

Han quedado fríos los cafés que nunca compartimos, las cenas que no conseguimos concertar, las palabras que brotaban ardientes, pero nunca se dijeron, nunca nos la dijimos, las pensamos y hasta ensayamos cómo era decir aquello, y escuchamos la respuesta —al menos yo— y vimos el gesto de asentir. Yo veía tu cara de dieciocho recién cumplidos, tus ojos siempre niños, y tu forma de decir «no sé» con los hombros cuando no estabas seguro; y sin duda, también tú tenías tus fantasías, las que servían de alimento a ese reencuentro que vivíamos, pero cada uno por su lado, porque la equidistancia era insalvable, ni un paso de más; se abría un eterno mañana, un vago «más tarde» que era una trampa y a la trampa sumamos el silencio, y él, como siempre, hizo el resto.

Otro de esos elementos que aparece mencionado algunas veces es el mar. Lo acuoso como espacio de vastedad y libertad, como meta y como sueño, como símbolo atemporal de belleza. Y luego la comunicación, el trato que se establece de la misma a través de las personas. La comunicación aparece por todos lados y en muy diferentes situaciones: 

«Me temo, siento, tengo el vago presentimiento de que Roberto y yo vamos a perder mucho de comunicación ahora que hemos perdido la ropa por el suelo». 

Esa frase pertenece a Sed de cielo; pero hay todo un relato contando la particular comunicación que se establece entre un individuo y un oso encerrado en un minizoo. Ese relato, Se llamaba Hansel, es un relato de solitarios, de golpeados, de gente que como el mismo personaje afirma de sí mismo «vivía en una tristeza sobrenatural». 

Hay también una lucha entre la vida urbana y la vida campestre. Y esta última, por lo general, no sale muy bien favorecida. Las habladurías, las ganas de escapar de alguna losa vital, impiden el desarrollo de algunas personas, «pueblo chico, infierno grande», y el vértigo y el anonimato de las grandes urbes pueden ayudar a esa emancipación de la ternura, a hacer florecer los matices y las emociones agazapadas. 

Por lo general he conectado mucho más con la primera parte del libro, más o menos hasta superar la mitad, y un poco menos con los últimos relatos, pero esto es algo habitual en casi todos los libros de relatos que leo, en el que siempre algunos relatos sobresalen por encima de otros. Los lectores nos solemos identificar con ciertos pasajes que nos gustan mucho y tenemos la osadía de pretender que el resto tiene que ser similar. En todo caso el conjunto de relatos incluidos en Libres parece bien armado, y no hay ningún relato que desentone del conjunto. 

Nada más. Un buen libro. Bien escrito y con trasfondo. De una buena lectora que ha metamorfoseado todas sus lecturas para construirse un mundo propio en el que la sensibilidad y la ternura prosigan teniendo su espacio, su hábitat. Toda literatura es un espacio de libertad y en el mundo hay demasiadas jaulas de las que huir y salir escopeteados, y en la que los individuos puedan seguir persiguiendo sus anhelos, por más que puedan ser tildados de extravagantes y raros. 

  «Yo es otro», afirmó Rimbaud en una carta, y todo comenzó a adquirir unos nuevos matices, a transformarse.  

«Todos, todos los años sin excepción volvían al Cabo a ver el ocaso del sol, el instante era incomparable; era ver pintados todos los colores en una paleta indescriptible; era no poder pestañear para no perderse un matiz, una luz distinta, una emoción agazapada».

Hasta otra.
Profile Image for JOSE ANTONIO SANTANA.
46 reviews
June 4, 2023
Superentretenido.
Un placer poder leer estos relatos cortos, que no dejan de ser pequeñas joyas desarrolladas con una fluida prosa, repletas de ricas descripciones de los personajes, ahondando en sus personalidades. Siendo diferentes, en general, me dejan un poso de tristeza y soledad, probablemente reflejo de la sociedad que nos ha tocado vivir.
Se nota que hay un gran trabajo detrás y que no se deja nada a la improvisación. Deseando volver a leer algo más de esta escritora “nóvel” que seguro nos tiene mucho más reservado por ofrecer.
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