Aunque al principio me acerqué a este texto con mucho escepticismo, lo encontré una lectura valiosa de todos modos.
No estoy de acuerdo con algunas de las opiniones del autor —psicólogo y sexólogo con amplia experiencia clínica y de investigación— sobre el sexo, y en ocasiones sentí que ciertos aspectos de estas opiniones provenían de ideales que dan la espalda a hábitos que, en mi opinión, son parte de nuestra naturaleza humana, y que nos han servido —de una forma u otra— a lo largo de la historia de nuestra civilización para llevarnos hasta donde estamos y permitir que personas como yo puedan leer libros como este. El mejor ejemplo de esto es la aversion a la violencia.
Puede que hable desde la ignorancia, pero en el mundo en el que vivimos, donde estas tendencias primordiales ya no son necesarias y pueden ser más bien inconvenientes cuando se manifiestan a nivel individual en una sociedad, podemos redirigirlas como medios de placer y entretenimiento, y no hay mejor escenario para ello que el sexo mismo. Pero para el autor, parece que estas deberían ser extirpadas; en el mejor de los casos serían un apéndice inútil, y en el peor, un tumor canceroso.
Por otro lado, la investigación en torno al tema principal parece sólida, y los costos sociales, psicológicos y neurológicos del consumo de pornografía son muy reales; probablemente algo que vale la pena considerar en los debates sobre cómo abordamos el sexo, y en particular, cómo educamos a las nuevas generaciones en temas sexuales hacia el futuro. Creo que esto es un síntoma del modo en que la producción y el consumo de bienes y servicios han evolucionado junto con las sociedades, y que puede observarse en muchos otros productos que son útiles pero también dañinos en ciertas circunstancias. El plástico, la carne, la ropa, la agricultura, las redes sociales, la energía, y muchas otras industrias son espadas de doble filo que con demasiada frecuencia parecen ser el único cuchillo disponible en la cocina. Pero a pesar de sus inconvenientes y las manchas que dejan en nuestra conciencia, no podemos olvidar que si no hubieran evolucionado como lo hicieron durante los últimos dos siglos, nosotros —no como especie, sino tú y yo como individuos— tal vez no existiríamos, y no podemos pretender descartarlos de inmediato y por completo por el daño que puedan causar en el futuro.
De todos los libros sobre sexo que he leído en el pasado —que admito no son muchos—, este es quizás el más consciente, pero también el que más se siente “vegano”, lo cual puede ser algo bueno o malo dependiendo de tus preferencias personales.
En cualquier caso, es una lectura útil, y aunque la prosa no es especialmente buena por sí sola, y algunas secciones pueden sentirse algo desorganizadas, lo considero una lectura obligada para cualquier persona con hijos o que planea tenerlos, y para cualquiera que intente comprender el panorama actual de la sexualidad y la educación sexual.