La novela de Genji es la gran obra maestra de la literatura japonesa de todos los tiempos y una de las primeras novelas de la historia. Escrita por una mujer del refinado Japón imperial de la segunda mitad del siglo X, la novela es una obra magna fascinante, a la altura de las obras de Tolstói, Cervantes, Balzac o Proust, que conjuga la novela de aprendizaje vital, el relato amoroso y erótico, la saga familiar y la crónica de costumbres, construyendo un gran friso histórico de una sociedad en pleno esplendor. Cinco siglos antes que Shakespeare, La novela de Genji preludia toda la gran literatura universal posterior, con un conocimiento extraordinario del alma humana, de su esencia trágica y cómica. Si se hiciera un canon oriental, a la manera de Harold Bloom, esta obra figuraría como la primera. Marguerite Yourcenar ya dijo que «no se ha escrito nada mejor en ninguna literatura». La novela de Genji transcurre a lo largo de medio siglo, con infinidad de personajes y de aventuras, muchas galantes, en que el protagonista, hijo del emperador a quien han alejado del poder desde su infancia, pugna por recuperar sus derechos. Una vida repleta de luces y sombras, de maquinaciones de poder y de erotismo, que llenan el clásico más notable de cuantos quedaban por traducir a nuestra lengua.
Murasaki Shikibu (Japanese: 紫式部), born around 978 in Heian-kyō (modern-day Kyoto), is widely celebrated as one of the most important and pioneering figures in Japanese literature. Though her real name is not definitively known, she is remembered by the sobriquet “Murasaki Shikibu,” a name derived from a combination of her most famous literary character, Murasaki, and her father’s official court position in the Bureau of Ceremonial (Shikibu-shō). This alias reflects both her literary contribution and her aristocratic lineage. She was born into the prestigious Fujiwara family, though to a lesser branch that did not hold the most powerful positions in court. Her father, Fujiwara no Tametoki, was a scholar, poet, and provincial governor. Recognizing his daughter’s remarkable intellect, he allowed her to study Chinese classics, a field generally restricted to men in the Heian period. This early education proved foundational, setting her apart from many of her contemporaries and deeply influencing her literary style. Murasaki married in her twenties, but her husband died shortly after their daughter was born. Following his death, she may have spent a period of seclusion before being summoned to court around 1005, where she entered the service of Empress Shōshi (also known as Fujiwara no Shōshi), the consort of Emperor Ichijō. In this environment of cultural refinement and political sophistication, Murasaki thrived, participating in the literary and poetic salons that were central to courtly life. Her greatest and most enduring achievement is The Tale of Genji (Genji Monogatari), a monumental narrative often hailed as the world’s first novel. Written in the early 11th century during her time at court, the work consists of fifty-four chapters and follows the life, loves, and descendants of the nobleman Hikaru Genji. With rich psychological insight, a deep understanding of human emotion, and elegant prose interwoven with more than 800 waka poems, The Tale of Genji offers a vivid depiction of Heian court culture, aesthetics, and the complex interplay of personal ambition, desire, and fate. It remains one of the central pillars of classical Japanese literature. In addition to The Tale of Genji, Murasaki also wrote The Diary of Lady Murasaki (Murasaki Shikibu Nikki), a work of non-fiction that offers unique glimpses into the daily life of the court and her own thoughts and experiences. Unlike her fiction, her diary is often introspective and frank, providing invaluable context for understanding Heian society, the role of women, and the tensions she faced as both a court insider and a perceptive, occasionally critical observer of her surroundings. Despite the limitations placed upon women during her time, Murasaki Shikibu’s writings reflect a striking depth of knowledge, not only in poetry and prose but also in Chinese classics and Buddhist philosophy. Her work was deeply shaped by the refined aesthetics of the Heian period, especially the concept of mono no aware—the awareness of the impermanence of things—which permeates The Tale of Genji and gives it a profound emotional resonance. Murasaki Shikibu’s influence transcended her own time. Her works continued to be read, studied, and copied in the centuries that followed. She has been commemorated in literature, art, and even in religious tradition, and is still celebrated today as a cultural icon. Statues and memorials honor her across Japan, and The Tale of Genji has inspired countless translations, adaptations, and scholarly studies worldwide. Her legacy endures not only because of the historical significance of her writing but also because of the timeless insight she offered into the human condition. Murasaki Shikibu remains a symbol of literary brilliance, intellectual resilience, and artistic sensitivity—a voice from a millennium ago that continues to speak across the ages.
No creo que pueda hacer una reseña que le haga justicia a este libro, porque es demasiado precioso, elegante e íntimo. Solo diré que se ha convertido en uno de mis libros preferidos sin duda. Lo mejor que he leído en todo el 2015.
Al ser este tomo nada más que la primera mitad, no debería, o no podría incluso, hablar de lo que me parece la novela. Pero, quitándome ese tabú encima, he de decir que la novela es maravillosa. Larga, lenta, a veces pudiera ser pesada, pero en realidad... no tanto. -Al menos para mí no es pesada-. Es ese tempo japonés que he leído más de una vez, pero con estilo distinto. Los héroes de esta novela son cortesanos, no son guerreros, como en la Ilíada, y sus formas, orientales, se alejan de la masculinidad nuestra. El recuerdo irá cubriendo la novela, una nostalgia que va a ir notándose desde el principio. Un deseo de volver a un tiempo pretérito infinito y utópico, búdico seguramente por lo que nos indica la introducción, similar al ideal cristiano del medievo. La sensibilidad de la novela, aunque exagerada de sensualidad o de romanticismo, aun así, deja un sabor amargo al final del primer tomo de la novela: todo pasa, la vida pasa... Y desde el inicio me ha hecho pensar en mi propia vida. Hacía mucho tiempo ninguna novela me hacía meditar sobre el tiempo, los recuerdos y la felicidad...
"Vivir aislado no es nada del otro mundo, salvo por lo solo que te sientes."
Durante 900 páginas y 2 semanas y media he vivido en la corte Heian, donde los amantes se intuían el uno al otro a través de cortinas translúcidas en habitaciones en penumbra. Un viaje a tiempos lejanos cuya nostalgia se parece mucho a la nuestra.
Genji Monogatari es considerada la gran novela nacional japonesa, por muchos la primera novela moderna, una de las joyas de la literatura universal y la gran pionera de la literatura firmada por una mujer, entre muchas cosas. Como lo es también, ser un relato fidedigno de protocolo, eventos y costumbres de la época Heian, en Japón, hace 1000 años. Una visión muy cercana de los usos de la corte, un compendio, por la densidad intrincada de sus citas, de la poesía japonesa e incluso china. Y una obra en la que la escritura misma, la forma en que se desenvuelve el escribir, se va retratando a sí misma. Alberto Manguel habla de ella como una muestra de la escritura entre paredes, la escritura de mujeres, tan rica, que se refleja también en el Libro de Almohada de Shoei Sonagon, y en los diarios de corte de damas, uno de los que se conserva también perteneciente a Murasaki Shikibu. Una escritura que contempla como un mundo completo lo que es simplemente el atisbo que se le permite a la mirada femenina, protegido o sepultado por cortinas, paredes, persianas fijas y móbiles, y que ve el boato y los nombramientos, pero desconoce o no le es permitido hablar de las intrigas y las artes y sutilezas políticas. No es una obra fácil de leer, debido a la manera de nombrar a los personajes, ya sea por el cargo que detentan o por el lugar donde viven, en vez de por su nombre. También, por la forma en que los acontecimientos son tratados, a veces en detalle, a veces someramente o elusivamente. Y sobre todo, y eso es además un gran valor en esta narración, por esa multiplicidad de sentido del texto, en que la cita de poesías clásicas, y la forma de la escritura y literatura japonesa, crea una multiplicidad de capas que se añaden al sentido del texto. Murasaki y su texto se suponen antecedente de Proust por ese cuidado por el detalle y esa densidad significativa, así como por el tratamiento melancólico de un tiempo recordado que se desvanece en humo. Desgraciadamente, esta versión no es directa del japonés, sino que sigue la inglesa de Royall Tyler, en traducción al español de Jordi Fibla, que también reproduce y vierte las notas correspondientes de dicha edición. El que la mujer de Fibla sea japonesa, y el que esta edición esté respaldada por Casa Japón, supone un respaldarazo a su fidegnidad. Pese a eso, no estamos nunca seguros de que la nota, pertinente en la edición japonesa, sea siempre adecuada al traducirse al español. Y no digamos ya del texto en sí, que se nos aleja a través del filtro de la traducción inglesa. Dividida en dos tomos, este muy voluminoso primer tomo recoge las dos tercias partes de la obra, conteniendo la vida de Genji, desde que nace hasta que muere, así como la vida de su dama, la excepcional Murasaki. Sin embargo, esto hace que nos encontremos con un inmanejable volumen de gran dimensión y de 1000 páginas, que se deteriora a la primera lectura, pese a el cuidado que uno pueda hacer de ella en su uso. Aparte, de esta versión y la de Xavier Roca-Ferrer, que apareció al tiempo que esta en 2005, pero para Destino, sigueindo en este caso la edición de Arthur Waley de 1931, recientemente la Asociación Peruano Japonesa ha publicado, en tres tomos, una traducción por fin completa y DIRECTA del japonés, a cargo de Hiroko Izumi Shimono e Iván Pinto Román. Edición que cuenta con el beneplácito de Carlos Rubio-zhan, pero que apenas tiene difusión y que no ha llegado a España. Es una pena que una edición tan cuidada sea una traducción indirecta, y es una pena que su primera impresión, que es la que yo tengo, esté llena de erratas de trazo grueso, que afectan al sentido, que incluso llegan hasta las ilustraciones, y que incurren incluso en repetir una página completa y a suprimir una extensión similar del texto que seguiría al texto repetido. Otra cosa, muy discutible, son las ilustraciones, que son descriptivas de objetos que se citan, como si esto fuera un diccionario para colegiales, pero que a veces poco dicen al lector. Uno desearía alguna ilustración en lámina interna como las de la portada, que aportaran una visión al mundo de la corte Heian. Estas ilustraciones provienen, como las notas, de la edición de Tyrell, y se supone que replican las ilustraciones que se encontrarían en ediciones clásicas, y perdidas, del Genji Monogatari. Pese a eso, mientras que la nueva traducción logra tener una mejor difusión, como todos esperamos, nos queda esta versión, que podemos comparar con la de Roca-Ferrer, para reconstruir o que es la original. Suena a placer interrumpido, pero es obligado dejarse llevar por la magia de la prosa de Murasaki Shikibu y el mundo resplandeciente, no exento de sombras, de Genji.
Sé que es una obra maestra de la literatura universal, la novela "fundacional" de la literatura japonesa (el equivalente a nuestro Quijote), y que está escrita por una mujer en el siglo XI, por lo que la reacción debería ser un largo y reverencial ¡Oh!
Pues no, he acabado hasta el koto de Genji y sus amoríos. Me he aburrido con tanta aventura, tanta amante (agradecida y deslumbrada), de tanta reunión cortesana, poemas, conciertos y fiestas.
A cambio, he disfrutado enormemente con la descripción de los ropajes, los tejidos, las joyas, el mobiliario. Todo ese lujo suntuoso me ha encantado, y casi lo he visto (lo que habla muy bien de la escritora y de su capacidad narrativa)
Y también con la historia cuando ya Genji madura y deja de picotear en todos los jardines, y se centra en el suyo, con su esposa Murasaki y sus 4 o 5 concubinas reconocidas (y alguna aventurilla que tiene, para no perder las buenas costumbres). De hecho, las 3 estrellas son una media entre el tedio de las primeras 500 páginas, y lo que he disfrutado las últimas casi 300.
Y también anticipo que la segunda parte, Catástrofe me está gustando mucho más; es un relato más humano, más intimista. Aunque se siga tocando el koto cada dos por tres...
El primer volumen es largo, pesadísimo por el formato de tapa dura escogido por Atalanta, pródigo en infinitas notas, difícil de leer, imposible a la hora de establecer los parentescos (sobre todo porque casi nunca aparecen sus nombres) y sí aparecen diversos tratamientos que van evolucionando (Su excelencia, Su gracia, Su alteza…), la historia tiene siglos de antigüedad y no lo puede ocultar; además nos pilla muy lejos de nuestra cultura occidental; a pesar de todo esto, considero imprescindible leer una vez en la vida esta obra, patrimonio de la cultura japonesa, todo un deleite para los sentidos escrito de una forma inteligente, sutil, cargado de referencias a su cultura. Una verdadera hazaña.
Ser-se Príncipe no Japão do séc.XIX assemelhava-se algo "monótono e cansativo"... uma vida que oscilava entre activos e múltiplos envolvimentos amorosos, a prática constante da caligrafia (principalmente por intermédio da poesia), música, dança e festivais temáticos, nunca descurando o aprumo no vestuário e decoração das residências.
Maravillosa primera parte de esta larga saga familiar escrita por la mujer que inventó la literatura, Murasaki Shikibu. Estupenda narración, calculada, nunca improvisada o arbitraria. Lo mejor de todo son las caracterizaciones de los personajes y cómo van "envejeciendo" a medida que avanza la novela: la lenta maduración de Genji, To no Chujo y otros, tan perfectamente delineados por costumbres, pequeñas manías y debilidades de carácter, así como sus puntos fuertes y sus noblezas, de las que no carecen. Cada personaje exhibe los visos de una complejidad real que los convierte en criaturas creíbles. No existen extremos: todos los personajes de la novela están asistidos por personalidades en las que se mezclan la luz y la sombra (excepto por Kokiden, madre de Suzaku, quizá el único personaje realmente "malvado" de toda la historia). Me extiendo sobre los personajes porque Shikibu es una maestra de la caracterización por sobre cualquier otra fortaleza literaria que pueda tener esta obra.
Primer tomo de la obra completa del Genji Monogatari.
Un gran lienzo artístico de la increíble corte de la era Heian del Japón del siglo XI, que se encuentra matizado con los delicados paisajes estacionales de la época y el detalle increíble de las representaciones y expresiones artísticas de la sociedad correspondiente al periodo citado. Lo anterior se conjuga con la voluntad poética que toma presencia en todas las relaciones que nacen y mueren en la obra, permitiéndonos, lo anterior todo en su conjunto, vislumbrar una obra que se perfila y aprecia inadmisiblemente íntima, delicada y sugerente como ninguna otra que haya leído.
La novela sigue la vida y obra de Genji, el príncipe resplandeciente. Un protagonista fascinante, que a partir de sus reiteradas aventuraras amorosas, conquistas cortesanas y sus innegables dotes artísticos, políticos y sociales, nos permite recorrer los grandes temas que interesaron a la autora durante el periodo de producción de su libro. Las relaciones humanas, el cariz determinante del karma en la vida pasada, presente y futura, el innegable cambio como gran constante en el mundo, el valor de la educación y el refinamiento como sitial de status en la sociedad, entre otros.
Es un libro inabarcable en simples palabras. Supone toda una experiencia leerlo, y comprender con su lectura el increíble repertorio de recursos narrativos, poéticos e históricos con los que se nutrió Murasaki Shikibu para componer una obra que se encuentra entre las cumbres de la literatura universal de todos los tiempos. Un deleite.
El mal tiempo continuó, y Genji y sus compañeros no podían salir de su casa, asediados por la lluvia y los truenos. La tristeza los embargaba a todos, y el príncipe renunció a nuevos esfuerzos para divertirlos. ¿Qué podía hacer en aquellas circunstancias? Si regresaba a la ciudad sin haber recuperado el favor imperial, sería el hazmerreír de la gente. ¿Refugiarse en las montañas? Sus enemigos lo tildarían de cobarde y asustadizo, y se burlarían de él sin misericordia. {…}
Finalmente llegó un mensajero de Murasaki, una figura patética y mal vestida que daba pena mirar. De haberle encontrado en la calle, Genji no hubiese sabido decir si se trataba de un hombre o de un animal —de hecho, era un humilde campesino— y nunca le habría invitado a su casa. Cuando supo quién le enviaba, sin embargo, no cupo en sí de gozo y le acogió en su casa con los brazos abiertos. La carta de Murasaki, larga y melancólica, decía:
«Este diluvio terrible se niega a amainar. Incluso los cielos están cerrados a cal y canto, y ni siquiera me queda el consuelo de mirar en dirección al lugar en el que vives.
¿Con tanta violencia
soplan los vientos sobre el mar de Suma
que, en mi casa, la espuma de las olas
no para de salpicar mis mangas?»
Es difícil utilizar la expresión de «clásico» para definir un libro. Quizá, con la que me podría sentir más cercano, es con la de que ha superado diferentes épocas y en todos ha influido de una manera u otra. Porque un libro nunca se lee igual, ni por los diferentes seres humanos que han transitado a lo largo de los siglos, ni siquiera por nosotros mismos.
La primera vez que leí el Genji fue hace más de veinte años. Pillaba vacaciones del trabajo y me enfrasqué en un viaje surrealista de veintitantos días. Por la radio, creo que fue en el programa El Ojo Crítico, había escuchado una amplia entrevista a Jacobo Siruela. Había abandonado la propia editorial que había fundado y se había enfrascado en un proyecto de edición nuevo, Atalanta, que aún a día de hoy sigue en activo. Si no recuerdo mal, me quedé prendado de los primeros libros que iba a editar en su nueva y alejada editorial del Ampurdán. Eran Sin mañana, del vividor Denon, y La historia de Genji. Cuando acudí a la librería más cercana no tenían ninguno de los dos. Por entonces, no se hacían pedidos por internet y los libros había que perseguirlos e insistir para que nos llegaran a casa. Era como salir a cazar búfalos: nunca se sabía con qué libro volverías y cuál olvidarías o nunca llegaría a tus manos. Por lo tanto, era mucho más interesante que hoy en día, que todo resulta tan previsible y aburrido, por lo que tenemos menos descubrimientos y menos desengaños, menor capacidad de asombro. La lectura no puede ser un tiro al plato que siempre acierte. La lectura debe ser como la vida: azar, sangre, pasión, risas, heridas, ausencias y lágrimas.
Como decía, ninguno de los libros de Atalanta les había llegado y yo no tenía paciencia de esperar a que pasasen mis vacaciones, así que llevé la edición del Genji de Destino, en su primer volumen. Un libro tocho que no era lo más apropiado para llevarse de viaje, pero que, al fin y al cabo, era el Genji. Me daba igual la versión o la traducción. Destino editó el Genji en dos volúmenes espaciados en el tiempo. Y, similar a lo que sucede con el Quijote, la Segunda Parte —la llamada «Catástrofe»— alcanza mayores cotas. Pero hoy solo nos centraremos en la primera, en el «Esplendor».
¿Quién diablos era esa escritora japonesa llamada Murasaki Shikibu que a gente tan dispar como Marguerite Yourcenar y Jacobo Siruela les hacía saltar los resortes del corazón? Ni idea. Solo sé que vi en la cubierta que traía un prólogo de Harold Bloom y que eso ya era de por sí una garantía. Cargué con él como un tesoro. Ese entusiasmo por descubrir a un autor nuevo es una energía preciosa que nunca se debe perder.
Aquella lectura fue mucho más aguda que la relectura que acabo de realizar. Me metí mucho más adentro del libro. De hecho, la mayor parte de las anotaciones ya las dejé bien marcadas, con comentarios críticos en muchos márgenes de sus páginas. Los libros se han de destrozar. De nada vale mantenerlos impolutos. No sobreviviremos a ellos y los más comerciales acabarán en cualquier mercado o librería de segunda mano cuando fallezcamos; el resto, la más alta literatura, quizás en la basura. Y en cuanto al prólogo del señor Bloom ahora disiento completamente de él. La novela de Genji no tiene nada que ver con Proust; eso es un modo occidental de intentar explicar una originalidad que se nos escapa. Puede que tampoco tenga que ver con la mayor parte de la literatura japonesa, aunque es indudable su influencia. Una cosa es que los celos y las pasiones muevan el esqueleto del texto, y otra que esas percepciones de las pasiones humanas tengan correlación con las de En busca del tiempo perdido. No tienen nada que ver una y otra, por más que nazcan del mismo pozo. No podemos analizar la cultura Heian desde los prismas y tabúes occidentales.
Todos sabemos quién es Genji dentro de la cultura Heian. Pero la pregunta no es esa, sino por qué su pasión por conquistar mujeres no se mitiga nunca. Es un estado de deseo permanente, una búsqueda del eterno ideal femenino condenada al fracaso. A los ojos modernos, es un libro difícil de digerir. No porque sea complicado. Es de una sencillez majestuosa, sino porque muestra a las claras el abuso y la explotación de las mujeres y de las clases más desfavorecidas. En la cultura Heian la cúspide solo se dedicaba a la música, a la caligrafía, a «las aventuras galantes» (incluyamos la violación) y a la contemplación de lo bello. Componían poemas, cuidaban en extremo la caligrafía, tocaban instrumentos, perseguían a las mujeres como adolescentes efervescentes, vestían con sofisticación y elegancia y no daban «un palo al agua», porque vivían de la explotación del resto de la población.
Como todo el mundo debería tener claro, trabajar solo es una ocupación venerable para los tontos y para los que necesitan sobrevivir, y esto es algo que se repite en civilizaciones antiguas, modernas o en la cultura Heian. Eso de que el trabajo es necesario y saludable es un axioma de estos tiempos, en los que se venera lo que perjudica más la salud y se denosta todo aquello que la fortalece. En los tiempos antiguos estas cosas las tenían mucho más claras. Da igual. A Murasaki Shikibu esto no le preocupa lo más mínimo, porque ella, al igual que su rival Shōnagon, pertenece a esa cúspide, en la que también hay competencias, escalafones y subclases.
¿Puede un libro que parte de todo eso ser bello también? Por supuesto que sí, pero el lector tiene que ser consciente de lo que está leyendo, que es un libro escrito por una mujer entre los siglos X y XI, imbuido por credos muy alejados de los occidentales y cientos de años antes de que se compusiesen La Celestina o el Quijote, por poner dos ejemplos que podemos identificar con celeridad. La escritura en Japón nació de las mujeres porque por entonces los hombres tenían al idioma Chino en la más alta consideración. En los márgenes de la «cultura oficial» las mujeres adoptaron y potenciaron la incipiente lengua japonesa.
«Asagao escribió su nota con tinta pálida y Genji sacó la conclusión —porque seguramente su imaginación iba por delante de la realidad—de que la dama quería sugerir cosas profundas y misteriosas. El misterio nos atrae y Genji siempre había tendido a enamorarse de las mujeres que menos caso le hacían».
La literatura de calidad tiene algo que supera incluso las convenciones sociales, los comportamientos humanos, las ideologías y todo el remero de banalidades que hacen de la literatura de hoy en día el barrizal hediondo en el que suele estar sumida. Un lector no tiene que identificarse con lo que está leyendo y los escritores no tienen que cumplir ninguna regla moral. La moral en el arte está para retorcerla y prenderle fuego, salvo cuando se utiliza adrede para beneficiarse y se emplea la literatura no para ensanchar la capacidad de discernimiento y de crecimiento intelectual, sino para llegar a un público más amplio. Véase, por ejemplo, el true crime y toda esa porquería de literatura que, salvo gotitas contadas, es lo más parecido a los diarios criminales que se publicaban hace décadas. Lo que algunos de nuestros más insignes críticos literarios llaman «modernidad» es tan antiguo como el fuego, porque ya en época de Balzac existían escritores que solo hablaban de los crímenes más espeluznantes y se regodeaban con todo tipo de truculencias alrededor de la sangre y el sexo. Era como hoy, salvo en la diferencia de que al menos se tenía claro que toda esa literatura era de ínfima calidad y que no tenía más propósito que regodearse en los instintos más superficiales.
Solo así, con ojos de lector libre de prejuicios y con los pies bien asentados, podremos leer todo tipo de autores, y saber cuándo nos dan gato por liebre y cuándo una obra nace con la necesidad y el objetivo de trascender. Y solo así podremos extraer de La novela de Genji altos carámbanos de belleza, porque los tiene y en intensas dosis de inteligencia estética.
«—Pienso que habré de morir —dijo él al final, en un arrebato de pasión—. No quiero que tengas que soportar la idea de que sigo existiendo. Pero si muero, mi amor por ti será un obstáculo para mi salvación.
Si me esperan otros días como éste,
me pasaré llorando
dos o tres vidas más.
Y tú compartirás mi pecado.
Y ella le contestó, suspirando:
—Recuerdas que en ti solo está la causa
de un pecado que pretendes
compartir conmigo en vidas futuras».
Aparte del remero de personajes femeninos que aparece (desde mi punto de vista mucho más interesantes que el propio Genji), ya es un mérito la capacidad de Murasaki Shikibu para que ninguna de estas mujeres sea igual a otra, y todas tengan capacidades y distintas formas de ser y actuar, ya sea por la clase social que ocupan, ya por sus circunstancias amorosas, o por el distinto vínculo que establecen con el «príncipe resplandeciente». Pero más allá de esto, que en cierta medida nos puede llamar la atención, hay algo muy poderoso en este libro y que no se suele señalar: la creencia de que la belleza es efímera. No sé ni la cantidad de veces que, cuando se describe a alguien bello, se incluye la apostilla de que no creían que iba a durar mucho tiempo vivo. O sea, la belleza es algo transitorio, muy volátil, condenada al fracaso en un mundo colmado de sufrimientos. Es algo así como un destello de luciérnaga que parpadeará y se extinguirá. Y esto me lleva a la reflexión de que el motor espiritual de este libro es algo tan universal y tan auténtico, que ya solo por eso merece la pena sumergirse durante semanas en la lectura de este gigante de la literatura, pero que no es tan complicado de entender si se lee con paciencia y con amplitud de miras.
Este libro es un monumento a la fragilidad humana. Y eso es algo tan natural como esas flores de almendro que ya mismo van a despuntar anunciando la primavera. No son cerezos, como quizá sería recomendable al hablar de este libro, pero nosotros tampoco somos orientales. Y, sin embargo, la aventura humana es algo muy comprensible en cualquier geografía. Desde nuestro muro Atlántico podemos habitar todas las latitudes. En eso consiste uno de los mejores cofres que tiene la literatura y encarna la lectura: todo nos compete; nada nos debe ser ajeno.
«Pronto halló la respuesta al enigma: Akikonomu había enviado al jardín unas cuantas jovencitas con su colección de jaulas de cigarras para que los insectos disfrutaran de su desayuno diario de gotas de rocío. Mientras tanto cuatro o cinco niñas más, provistas de cestas, andaban entre los parterres maltratados, y buscaban flores que hubiesen sobrevivido a la tempestad para hacer ramilletes con los que adornar las estancias interiores. Llevaban túnicas de color espliego, rosa y granate, y uchikis de un amarillo verdoso forrado de verde, todos ellos colores de otoño. En el curso de sus tareas aparecían y desaparecían entre las brumas matinales, y el efecto era mágico. Se hubiese dicho que la brisa traía consigo hasta el joven madrugador vapores perfumados procedentes de los bancales, como si las mangas de Akikonomu los hubiesen acariciado».
Todos los libros hablan de nosotros, porque la experiencia humana es siempre universal y porque en el fondo no somos tan distintos. Da igual que la escritora nazca en Japón, Armenia, o en las extensas llanuras de Mongolia. Y da igual el siglo en que habitase. El deseo, en todas sus vertientes, desde el más amable hasta el más enfermizo, es algo común y abarcable a todos los continentes y a todos los seres. Y las cenizas de la melancolía hunden sus raíces desde ese primer momento en que un primate tuvo la osadía de alzarse y ponerse en pie. Al hacerlo cambió su percepción de la realidad. He ahí la historia del arte: una tragicomedia en constante búsqueda.
«El príncipe había dicho que la prueba tendría lugar a última hora de la tarde, cuando el aire empieza a cargarse de humedad, porque es el momento del día en que mejor se aprecian los aromas».
En cuanto a qué tanto me gustó, le pondría tres estrellas. Pero se lleva cuatro porque es realmente una obra maestra medieval, tan agradable y sencilla en comparación a sus equivalentes españoles. Es un libro escrito en el siglo XI que te puedes leer sólo por gusto. Escrito de forma muy artística, con poemas intercalados, conserva la estética refinada y descriptiva tan característica de los japoneses. Es a la vez un libro histórico puesto que te permite conocer muy detalladamente el periodo Heian, sus costumbres, principios, religión, jerarquías, erotismo e intrigas de la corte. Es este acercamiento a una cultura tan lejana en distancia y tiempo, su principal valor. El culto presente a la naturaleza y al arte es simplemente bello.
Es chocante el endiosamiento de un personaje tan reprobable como Genji y el clasismo palpable de la autora. Pero si se tiene en cuenta que Murasaki era a su vez un personaje real de la corte y nació en la normalidad de la desigualdad, la poligamia. el incesto, la pederastia y el machismo extremo, se perdona.
No es necesario leerse el libro completo porque no es propiamente una novela con trama que se desarrolle al final. De hecho se considera inconclusa. Como es muy larga y son un poco pesadas de leer las historias por repetirse capítulo tras capítulo con otros nombres, considero suficiente un atisbo de la misma.
OBRA MAESTRA A pesar de ser una lectura compleja y que requiere de una máxima concentración, “La historia de Genji” marca un antes y un después para cualquier lector que se sienta fascinado por la cultura japonesa. Una obra imprescindible e ineludible para leer y releer. Una prosa que nos acerca a una época y a unas costumbres insólitas para el lector occidental y dónde la Naturaleza inunda cada palabra y da un valor rico en matices a cada poesía confiriendo a la obra de una narración magistralmente bella.
Esta excepcional obra se enriquece aún más con la edición tan cuidada de la Editorial Atalanta con numerosas notas al pie de página, sugerentes ilustraciones de objetos de la época, varios glosarios y mapas de los lugares mencionados en la obra.
Poema que alude a “La canción del pesar interminable”.
Oh, vidente que vagas por la vastedad de los cielos, ve y encuéntrame un alma a la que en vano busco cuando por azar sueño.
في اثناء حديثي مع الأصدقاء لوصف مشاعري حيال حكاية جينجي قلت بأن الروايات بهذا الحجم تنقسم الى صنفين من الشعور : الشعور بالمشقة وكأنني اتسلق جبلًا او الشعور بالسكينة وكأنني في قارب والنهر يهدهدني وحكاية جينجي من الصنف الثاني على ثقة اني سأعود لها مرارًا وتكرارًا لطالما أسرتني تفاصيل الحياة اليومية في الروايات فكيف بها اذا كانت معروضة بكل هذه الشاعرية والعذوبة اللامتناهية وفي نهاية الحديث يقول السيد النبيل المشرق جينجي في وصف النهايات : " تماماً كما أن قطرات الندى تستقر على جناحي زيز الحصاد المختبئة في هذه الشجرة ، كذلك سراً، آه سراً، يبتل هذان الكمان بدموعي "
Es hermoso es todo sentido, pero sobre todo en la profundidad que tienen los personajes, en las reflexiones sobre lo pasajero y en la bellísima melancolía que evoca. Creo que es de lo mejor que he leído.
El Genji Monogatari es sin duda la obra maestra que se dice que es.
Lo compré porque estaba cansada de comprar libros y gastar mucho dinero, y, al ver un pack de dos libros muy extensos y baratos, me pareció una buena idea meterme de lleno por fin en esta obra clásica.
Enfrentarme a los clásicos, me impone mucho. Y esta obra no fue menos. Sin embargo, a medida que lo iba leyendo, no podía dejar de impresionarme por las costumbres de la época, el modo de vivir tan diferente al de hoy en día, pero, que en el fondo tampoco ha cambiado nada.
Es una novela de la vida de Genji, hijo del emperador de la corte de Heian. Veremos sus deslices amorosos y sus travesuras, sus esfuerzos, sus fallos y sus penas.
Resulta increíble que esta obra tenga tantos años, porque, algunas reflexiones son actuales.
Es muy entretenida de leer, se convierte en un refugio, y la autora, nos sabe llevar de unos temas a otros con sutileza, introducirnos a sus cientos de personajes con naturalidad y, contarnos sucesos sin juicios, exponiendo como ella pensaba que era mejor.
No puedo creer que me haya durado dos semanas, estoy deseando leer el siguiente tomo, que según tengo entendido tratará de Yugiri y la próxima generación.
Libro clásico entre clásicos. Y, como suele ser el caso, poco tengo que aportar sobre libros de esta magnitud.
Es muy sutil, muy bello, muy seductor, muy suave. Mi parte favorita es toda la poesía que va entremezclada con la narración. Eso sí, es exageradamente larga y por momentos me vencía el aburrimiento de no estar leyendo más que cómo florecen los jardines del palacio.
Como agregado, esta edición (Ediciones Destino) no me pareció la mejor. Será de ver cómo serán las otras.
Infinitamente más divertido de lo que me esperaba de una obra clásica.
He leído bastante sobre el "pastiche" que es esta traducción, en donde además de un texto traducido al inglés han utilizado otros en alemán, francés, etc., pero esto no puedo valorarlo. Al fin y al cabo, no es una traducción directa desde el japonés, no puede estar apegada al original. Sí lo considero un buen trabajo porque hace que una novela del japón de hace más de 1.000 años sea no sólo accesible, sino entretenida y divertida. Los añadidos en forma de apéndice de los primeros capítulos no dejan de ser opcionales, y lo suficientemente cortos como para poder leerlos sin que de pereza. Quizá al hablar japonés me resulta más sencillo recordar los nombres de los personajes y sus cargos, una persona que lo desconozca se perderá con mayor facilidad. (Pero para eso está el apéndice en donde te recuerdan quién es cada personaje principal ;) )
En la novela, las descripciones no se hacen excesivamente largas. Sin embargo, esto es Japón; la importancia de los cambios enla meteorología, en las estaciones, siempre va a estar ahí. En los colores, en las telas, en los jardines, en las vidas de los personajes. Las flores, las plantas, tienen una importancia vital en esta obra. La habilidad en la caligrafía, la capacidad y el ingenio como poetisas, el gusto a la hora de combinar colores y olores, casi más que el carácter o el rostro, es lo que hacen hermosa a una mujer Heian. Genji siempre encuentra algo que admirar ;)
Me resulta curioso cómo la religión (Confucianismo, Budismo, Shintoísmo) tiene una importancia relativa en la sociedad. Hay ritos, hay ceremonias, monjes y monjas. Hasta exorcismos. Y sin embargo no diría que los habitantes de Heian son, en general, religiosos. Forma parte de sus vidas y punto.
Genji es el personaje principal indiscutible de los dos primeros "libros" en que está dividida la obra, y continúa siendo protagonista en la tercera, aunque la nueva generación se haga ya su hueco. Quizá en su juventud sea demasiado melodramático, pero ahí está parte de la gracia; un noble Heian era un auténtico petimetre, y si le añadimos que nuestro héroe es un dechado de perfección... A veces tanto resplandor en Genji me causaba una sonrisa. Entre sus mujeres, hay tantas, que no sabría por dónde empezar.
Con el paso de los años, Genji madura bastante, dejando de saltar (tanto) de cama en cama, recordando sus propias aventuras. Pero no esperéis leer nada sobre cómo se gobernaba Japón, por mucho que el protagonista escale puestos en el funcionariado del estado. Esto va de fiestas, de lujo, de la belleza, la diversión, los "locos años Heian", por decirlo de algún modo. Toda la vida, todo lo importante, está en Heian, y lo que está fuera es rústico y salvaje, inexplorado y prácicamente inexplorable para las gentes de la capital.
Le doy 4 estrellas porque creo que debería estar dividido en 3 tomos en lugar de en 2, lo cogí prestado en una biblioteca y sus 800 y pico páginas son demasiadas para leerlas en un sólo mes. Los apéndices, las notas al pie, son tan juntas que casi se quedan cortas. Y me falta un apéndice que explique el calendario de la época Heian.
Por fin, después de nueve meses de haberlo comenzado, terminé el primer tomo, en la edición de Atalanta, de La historia de Genji, novela fundacional en las letras japonesas, y de la cual había leído que podía considerarse la novela más antigua en el mundo.
Aquí algunas anotaciones de primera instancia después de mi lectura:
La narración —escrita hace más de mil años en Japón por Murasaki Shikibu, dama aristócrata al servicio de la emperatriz—, pese a seguir la vida de Genji desde su nacimiento hasta su silenciosa muerte, está enfocada sobre todo en la belleza. La belleza de las maneras, de lo trágico, de lo tierno, de la vida cotidiana, de las variopintas relaciones amorosas, de la poesía y su uso eufemístico en la cotidianidad, de la belleza de la vida religiosa, etcétera. Creo que esto es al mismo tiempo su principal virtud y su más grande defecto.
Desde muy joven, según la narradora, Genji encarna la perfección masculina. Tiene la apostura, la virilidad, la belleza de las formas, el tacto, un amplio conocimiento de obras de la literatura y de instrumentos musicales, una caligrafía perfecta, siempre sabe qué hacer y qué decir, pero sobre todo sabe qué no hacer y qué no decir, al grado de que por momentos, y debido a esa exacerbada admiración, la propia narradora pareciera haber amado a Genji, aunque los entendidos aseguran que el Genji histórico habría vivido casi cien años antes que ella.
Ya desde su juventud, pero sobre todo en su madurez, Genji concibe el sueño de retirarse del mundo y llevar una vida de contemplación monacal. Sin embargo, por una u otra razón, jamás lleva a cabo dicho sueño, cosa que sí hacen algunas de las mujeres que atraviesan por su vida.
Pese a ser una historia que coloca el foco en la clase gobernante, no hay mención alguna de los problemas del estado, política o guerras. Todo transcurre en el reino de los sentimientos, por lo que los únicos conflictos recaen en malentendidos amorosos y en la muerte de los seres queridos, en particular Murasaki, esposa favorita de Genji y, en menor medida, su destierro a Suma, en la costa de Kobe, cuando cae en desgracia como consecuencia de su promiscuidad.
Ahora que lo pienso, quizás sea justo ese detalle lo que menos me gustó de este primer libro, más que las 916 páginas que lo constituyen: el hecho de que existan tan pocas tensiones dramáticas y que todo transcurra al borde del sentimentalismo, con lo que llega un punto en que se vuelve sumamente monótono, tedioso, y empieza a costar cada vez más trabajo pasar las páginas, los capítulos, sin mencionar las notas (la edición de Atalanta literalmente tiene miles) que, si bien ponen en contexto tanto los innumerables eufemismos sexuales como detalles de índole histórica, dificultan aún más el avance en la inmensidad del tabique.
Sé que con esa perspectiva será difícil entrar al segundo tomo, pero de cualquier forma, había que asegurarse por uno mismo. Y de cualquier forma, mi obsesión ante las cosas inconclusas difícilmente me evitará su lectura.
Este libro es una de las joyas de la literatura universal. Es conocida como la prima novela escrita por una mujer (de la que se tiene registro), pues fue escrita en el año 1000 aproximadamente. La autora, a la que se le ha dado un nombre simbólico porque la obra es anónima, pertenecía a la realeza, de forma que el texto muestra las distintas capas de complejidad de ese mundo. El libro cuenta la historia de Genji, un príncipe que es muy carismático y atractivo. En la primera parte se relatan sus aventuras amorosas, su ascenso en el imperio y su vida política. Después, se narra también la historia de su hijo y de su nieto. Esta es una lectura muy, muy difícil por la extensión del texto, por la cantidad de reglas y ritos que se describen y por la rígida estructura jerárquica en la que se mueven los personajes.
Lo que me gustó: Esta lectura sería imposible si no fuera por la enorme cantidad de notas que explican detalles del contexto o los sentidos de los poemas que son fundamentales para seguir la trama. Tuve suerte de encontrarme con una edición muy completa. Aunque generalmente no disfruto de las descripciones largas, es muy interesante cómo la autora explica la vida de la clase alta japonesa de esa época y cuáles eran sus costumbres sociales. Me llamó mucho la atención que las personas nunca estaban solas, incluso cuando querían hacer algo prohibido o debían ser muy discretos, los acompañaban algunos miembros de su personal. Algo que nunca habría imaginado es la importancia de las cartas, no solo de lo que decía el texto, sino del tipo, material y color del papel, la caligrafía, la forma de envolver o decidir si enviar adjunta una flor o algún otro elemento. La simbología estaba presente en todo momento, y esto era analizado y comprendido por los personajes, así que es comprensible que existan tantos estudios sobre esta novela. No fue mi libro preferido, dudo mucho que lo vuelva a leer, pero me alegra haberme animado a intentarlo y haber llegado al final, aunque me tomó bastante tiempo.
Lo que no me gustó: Lo más difícil al momento de leer esta novela es que no se llama a los personajes por su nombre, sino por su título y, como éste va cambiando, es terriblemente confuso. Algo que me molestó fue que los personajes (y el narrador) tendían a ver a Genji como si fuera perfecto, lo que me hizo preguntarme si tal vez él representaba al ideal de masculinidad de su época o si la autora estaba haciendo una crítica social que yo no entendí. Por otro lado, este libro no está enfocado en una trama como tal, sino que es más costumbrista y hay muchos nudos de la historia que no llegan a un verdadero desenlace. Finalmente, la segunda parte del texto me pareció bastante desconectada del resto porque ya es una nueva generación de la familia, así que fue más bien como spin off.
La historia de Genji es una cautivadora obra clásica de la literatura japonesa que sumerge al lector en la cultura y sociedad del Japón del siglo XI. La novela narra la vida y experiencias de Genji, un príncipe muy apuesto y de gran talento, hijo del emperador de Japón, quien se convierte en el protagonista de esta novela. La historia sigue la vida y amores de Genji, en cada episodio revela las complejidades del amor y la tragedia mostrando sus relaciones con diversas mujeres.
A lo largo de la extensa obra, el autor presenta personajes complejos y términos japoneses que pueden resultar difíciles de entender. Sin embargo, las notas al pie de página presentes en la novela facilitan la comprensión y hacen aún más fascinante la experiencia de la lectura, evitando que nos perdamos en la historia.
Esta obra escrita por la primera novelista conocida, Murasaki Shikibu, merece ser leída y apreciada por su belleza, profundidad y relevancia atemporal. Recomiendo esta novela a todos aquellos que disfrutan de historias épicas y desean sumergirse en la vida y costumbres de la aristocracia japonesa del siglo XI.
Un clásico que es atemporal porque un milenio después Murasaki Shikibu me ha transportado a la época Heian y me ha transmitido los valores de esa época. Tiene un estilo muy asequible pero que es muy femenino, delicado, sutil y que nos insinuará ciertas cosas en lugar de narrarlas. A lo largo de la obra hay muchos haikus que son simplemente preciosos y que están llenos de metáforas y simbolismos.
25/2/2021. Esta obra de hace más de 1000 años me ha dejado bastante indiferente, y no puedo recomendarla ni para lectores promedio ni a lectores de literatura japonesa. Lo único rescatable que puedo sacar en limpio tras esta lectura es el origen de los animes harem. Aun así, solo por puro masoquismo, me leeré la segunda parte (al fin y al cabo es más corta que la primera).
Sostener en las manos y poder leer la narración que una escritora japonesa imaginó hace más de mil años es algo cercano a la magia. Lo que se pierde en la traducción debe ser poco comparado con lo que se gana al poder acceder al pensamiento, el sentir y la forma de vida del Japón de la era Heian. Y no a través de una crónica histórica, sino a través de una ficción imaginada y construida por la primera y más increíble novelista de la historia literaria. ¿Cómo llega hasta nosotros una novela japonesa de un milenio de antigüedad? En el diario de la dama Murasaki, la otra obra que hay que leer de esta autora, hay algunas pistas que lo explican. El Genji Monogatari, considerada la primera novela de la historia (irónicamente en la novela los personajes leen otras novelas anteriores que se han perdido), cuenta la vida de Genji, el príncipe resplandeciente, el arquetipo del hombre perfecto de la época desde todos los puntos de vista (físico, intelectual, carisma, posición social, etc.), hijo del emperador de turno, pero que posee una única falencia (heredada) que no le permite acceder al máximo rango: provenir de parte materna de una familia no tan prestigiosa. El primer volumen de la historia según esta edición abarca la vida de Genji desde sus años de pendejo alzado que no deja títere con cabeza (literalmente se termina encamando con toda mujer que se le cruza, llegando a actitudes de abuso e incesto, reconocidas incluso por el propio protagonista), pasando por su destierro y posterior regreso a la corte, hasta la edad de cuarenta años, cuando se considera un hombre maduro, con esposa e hijos, listo para sentar cabeza y dar paso a la nueva generación. Y de hecho, en el último tercio de este primer volumen es cada vez menos lo que leemos sobre Genji, a medida que la historia se desplaza sutilmente hacia su hijo Yugiri. El Genji es una obra increíble y total, abarcadora de cada aspecto de su época, y al principio puede parecer un poco intimidante y sobrecargada, con demasiados personajes y nombres difíciles de recordar; de hecho, la mayoría de los capítulos en los que se divide la obra lleva el nombre de una flor, que a su vez es el nombre asignado a la mujer que Genji conquista y se voltea en ese capítulo. Sin embargo, a medida que la historia avanza se va quedando con algunos de esos personajes como protagónicos, y deja en segundo plano a los demás; quien lea el Genji pronto se encontrará metido en las vidas del protagonista, de su escudero Koremitsu, de su mejor amigo, familiar y rival político To no Chujo, de su principal esposa Murasaki (que significa púrpura, personaje del cual obtuvo su seudónimo la autora del Genji), y de mujeres de la nobleza como Fujitsubo, Rokujo, Yugao, su hija Tamakazura o la dama de Akashi. Como ya dije, el Genji es una novela total que lo abarca todo: costumbres, vestimentas, comidas, rituales, danzas, ceremonias, formas de cortejo, intrigas palaciegas, intercambio de poemas (los waka, muy importantes, que aparecen intercalados en la prosa), juegos, concursos de poesía y de arte, reflexiones sobre literatura (se menciona el Taketori monogatari y otras obras, algunas perdidas), mucho sexo (no explícito), celos, posesiones diabólicas, muertes, traiciones, incestos y otras formas de tabúes nuestros que no lo eran en aquella sociedad, destierros, fiestas, payadas de koto y shamisen a la luz de la luna, poesía, y mucha poesía. Les contaré un poco más cuando termine el segundo volumen, vale decir, la novela completa.
Creo que una calificación basada en estrella es totalmente anacrónica a La novela de Genji, no solo en lo digital, sino también en lo subjetivo de nuestro uso de estrellas hoy en día.
La novela de Genji hay que saberla abordar con la paciencia de los años, es interesante sin duda y posiblemente también muy incomoda en esta tan distante perspectiva.
Pero agradezco esta marea (de amigos) que me trajo hoy a leerla.
No se cómo expresarlo pero es pesado y entretenido al mismo tiempo? Se me ha hecho un poco largo (era de esperar) pero me ha gustado la experiencia de leerlo. Si no me hubiera liado tanto con los personajes le habría dado 4 estrellas.
Esta é a primeira época do grande, grande livro do príncipe Genji, figura “resplandecente” (fictícia) na aristocracia heian, uma era no Japão durante o séc. XI cristão (corresponde à nossa Idade Média). Desde logo é brutal a diferença de costumes e abordagens sociais entre a sociedade ocidental, subjugada pelas ideologias religiosas cristãs, e a sociedade japonesa, onde as mulheres têm maior acesso à cultura, onde o homem ideal é sensível e quase efeminado, onde a estética e a cultura artística e a ociosidade eram os valores mais altos. Murasaki vai descrevendo a vida normal dessa época, os passatempos, as relações entre homens e mulheres e nobres e imperadores.
É um romance sobretudo para ser lido com olhos de historiador, de interesse cultural e histórico, e não tanto pela sua história propriamente dita.
Resume-se muito simplesmente às aventuras amorosas de Genji, a maior parte delas com mulheres misteriosas e difíceis de conquistar, e que de alguma forma apelam a uma imagem inconsciente da sua mãe, personagem trágica do primeiro capítulo e de quem no fundo Genji sentirá falta toda a sua vida. É, portanto, um livro com uma complexidade psicológica impressionante para um livro tão antigo, que se estende a todas as inúmeras personagens, e apesar da falta de um enredo concreto vale a pena perder algum tempo a analisar o que move cada um. Aliás, se assim não for, torna-se de facto bastante aborrecido e repetitivo.
Impressionou-me também como a escritora, ao longo de mais de oitocentas páginas, vai narrando o passar dos anos, e cria uma linha de história que não é nada mais nada menos do que o desenrolar das suas vidas, com um final que “arruma” tudo e dá um sentido aos anos. Quase como se, sem nos apercebermos, o destino estivesse de facto escrito para conduzir ao culminar de eventos que sempre lá esteve, mas só no fim o percebemos. Mesmo na falta de um enredo contínuo, existe uma história que se revela com um final concreto, dando sentido a todos os capítulos. A própria forma como Genji olha para si muda com o seu amadurecimento, e a importância da psicologia na obra revela-se mais uma vez na forma como o príncipe irá usar o seu passado como lição para presente e futuro e como uma “bagagem” quase consciente de alguns dos seus actos.
A tradução está, parece-me, demasiado modernizada. Apesar disso, é difícil criticar isso por dois motivos: primeiro, o livro em si é antigo e a linguagem utilizada é tão arcaica que nem os próprios japoneses conseguem ler o texto original, obrigando assim a uma “reinterpretação”; segundo, esta é a única tradução completa da obra em Portugal (a edição da Relógio d’Água não inclui a segunda época), e apesar de já não se encontrar no mercado estou incrivelmente grato pela oportunidade que nos deram de conhecer este tesouro.
Não dou cinco estrelas por reconhecer que é um livro com alguns altos e baixos, inevitáveis quando são quase mil páginas sem uma linha de enredo concreta. Há sobretudo aventuras amorosas repetitivas que podem aborrecer. O livro até se torna mais interessante quando a escritora se afasta de Genji e se concentra noutros intervenientes. Mas fora isso, só o facto de se tratar de um livro com mil anos, escrito em plena época dourada da sociedade japonesa, com descrições fascinantes e detalhadas dos costumes dessa sociedade longínqua, e com uma caracterização de personagens brilhante e incrivelmente moderna (o tipo de reflexão sobre a psicologia dos intervenientes é digna de um clássico), são suficientes para esta obra exercer um magnetismo impossível de resistir.
Posso dizer que adorei, e mesmo com os seus momentos menos cativantes foi uma das leituras que mais guardarei com carinho pela sua relevância na Literatura Mundial. É uma história de gerações, enorme, com a beleza da estética e natureza japonesa como pano de fundo, e mesmo com as suas reservas é impossível eu não gostar.