En algún momento de mi vida, cuando me obsesioné con Dostoievski, llegué a usar varios de sus libros como guías para entender la vida. Ahora sé que no soy el único. En esta, la más biográfica de sus novelas, que de por sí suelen ser muy personales ("novela no ficción, según su autor), Kenzaburo muestra como usó los textos y dibujos de William Blake para comprender, acercarse y relacionarse con su hijo con discapacidad intelectual: cada dilema, encrucijada, problema o tensión que surgiera en su relación, desde niño hasta que se hizo adulto, Oe buscó en Blake una respuesta (que no una solución) que le permitiera entender a su hijo como persona, más allá de sus limitantes aunque sin ignorarlas.
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No es, desde luego, un libro de autoayuda ni de consejos paternales. Es una hermosamente escrita reflexión sobre la sociedad y la familia y la forma en que estas no está hechas para integrar a las personas con discapacidades. Por eso el libro empieza con la intensión de un padre por escribir un libro que le explique las cosas, desde la Constitución hasta la muerte, a un adulto que siempre tendrá el entendimiento de un niño. De allí el nombre, en homenaje precisamente a a aquellos versos de Blake: "Despertad, oh jóvenes de la nueva era! ¡Oponed vuestras frentes a los mercenarios ignorantes! Pues tenemos mercenarios en el campamento, en la corte y en la universidad: los cuales, si pudieran, rebajarían lo mental para siempre y prolongarían la guerra corpórea".
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Nunca había restado tan rapidamente como aquella vez en la escuela, cuando aprendí de Hiroshima y Nagasaky. Hice los cálculos para saber si mis padres estaba vivos cuando ocurrió. Se lo perdieron por solo un par de años, pero saber que cualquiera ligeramente mayor que ellos, algún hermano, amigo o simplemente alguien de su generación, coincidió en el tiempo con esta tragedia, llenó a este ataque de trágico realismo. Uno de esos testigos cronológico fue Kenzaburo Oe. Tenía 10 años cuando el cielo japonés se llenó de fuego y humo y sangre y gritos. No vivía lejos de allí (al fin y al cabo Japón es una pequeña isla). Pero ese hecho, ese y que pocos años después su país adoptara una Constitución totalmente pacifista (que en las últimas décadas ha incumplido) marcaría profundamente su vida y su escritura.
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Ser escritor, entendido en su sentido más amplio, como un contador de historias, casi que estaba en sus genes; al fin y al cabo el clan Oe ha sido por centenios el encargado de mantener viva la tradición oral de la región de Shikoku a través de cuentos, canciones, teatro, poesía y la enseñanza.
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Es quizás uno de los autores japoneses contemporáneos más traducidos al español, incluso antes de su Nobel de 1994, y esto gracias a su propia insistencia; al fin y al cabo en los 70 fue profesor invitado en México, y aunque en un inicio tenía un traductor simultáneo en sus clases (Oscar Montes), eventualmente no solo dominó el español sino que lo aprendió a amar.