Este libro podría describirse como una colección de relatos que, como piezas de mosaico, terminan construyendo una historia que podemos mirar desde diferentes perspectivas. Etxebarria recurre a las voces de buen número de personajes que con el pretexto de contar la historia de Pumuky –un joven músico que ha sido hallado sin vida, con un tiro en la cabeza, desde las primeras páginas del libro– terminan contándose a ellos mismos. La narración alterna esos relatos en primera persona con la intervención de una voz omnisciente que parece construir hechos a partir de las confesiones de sus entrevistados.
Por momentos, la novela parece un pretexto narrativo para decir lo que se piensa del mundo. Cierto: la literatura siempre termina siendo eso, pero hay casos –como éste, me parece– en que parecemos encontrarnos ante una suerte de tesis novelada. La autora aprovecha las diversas historias elaboradas en torno a Pumuky para exponer una tesis sobre la realidad y nuestra construcción de la misma, dando cuerpo a ideas de un puñado de pensadores franceses entre los que destaca el situacionista Guy Debord, quien publicara en 1967 La Sociedad del Espectáculo, de donde Lucía toma incluso la frase que da título a su novela.
Los personajes de Etxebarria –como muchos de nosotros en la vida cotidiana– recurren a ideas que seguramente escucharon o leyeron en alguna parte y que, con mayor o menor consciencia, terminan haciendo propias. Cada uno de ellos ayuda a la escritora a hablar desde la psicología, la sociología, la filosofía o desde el sentido común, recurriendo a la intertextualidad para hacer aparecer entre sus páginas palabras no solo de Debord, sino igual de Baudrillard, Prous o Steiner, que de Benedetti, Monterroso o García Lorca. (Consciente sin duda de los escándalos desatados por previas acusaciones de plagio en su contra, Etxebarria incluye al final del libro un par de páginas con las debidas referencias.)
El amor, el desamor, la amistad, el sexo y la adicción a cada una de esas cosas o a todas juntas a la vez, surgen una y otra vez como adicciones arraigadas en las voces de quienes estuvieron de alguna manera conectados con Pumuky. Tarde o temprano, quizá si ellos mismos percatarse de ello, terminan convenciéndonos de que el amor es más una construcción social que un sentimiento auténtico. “Pumuky no era más que… algo así como una pantalla sobre la que tanta gente proyectó su propio sueño romántico”, afirma una de las mujeres que aparecen en la novela. Así, Pumuky es también una pantalla para que el lector proyecte sus ideales, un espejo para que se confronte alguno que otro fantasma.
El misterio que rodea a la investigación de la muerte de Pumuky, termina siendo el pretexto perfecto no solo para introducirnos en una narración de suspenso con notas de thriller policiaco con una buena dosis de erotismo e ironía, sino también –y sobre todo– nos acerca a una cruda reflexión sobre las relaciones interpersonales y el vacío en torno al cual se construyen muchas de ellas.
Así como idealizamos a los amigos muertos, es probable que el rastro de un libro que nos hizo pensar o sentir algo más allá de lo ordinario, adquiera también en nuestra memoria una dimensión casi mítica. Quizá los poros de mi piel hayan estado particularmente expuestos al leer ciertas páginas o posiblemente el caos en mi cabeza haya encontrado un eco inusual en las voces de los amigos de Pumuky, pero lo cierto es que esta novela de Etxebarria queda almacenada en un rincón especial de mi memoria.