Lima Hora Cero es la primera obra narrativa que retrata el drama de las barriadas, el provincianismo, formando en los cerros, covachas y arenales, en una infra humanidad que desgarra y desfallece.
Congrains pinta con hondura todo el escenario que desocupa el provinciano del campo, en la capital. Lo ahorcan, asesina, excluye, revienta. Congrains es neorrealista porque revela el tema de la urbe capitalina.
«Así como hay personas que nacen taradas, y otras nacen ricas, y otras nacen inteligentes, uno ha nacido empleado. Estamos en el medio. Somos material parachoque, aparte de ser material e ingredientes de una serie de cosas más. Los parachoques. Los parachoques tienen unidades vecinales, mujer de uno no más, generalmente; camisa blanca y aspiraciones grises, corbata de colores e ideales sombrios; nos casamos, nos acostamos, y después pequeños y complicados parachoquitos. Ellos nos calcan: colegio, un colegio religioso, como en la mayoría de los casos. Y después, sencillamente, ridiculamente, inevitablemente, loda una vida, treinta, cuarenta años, en la oficina. Y lo peor, o lo mejor de todo, no sé, es que nos llegamos a acostumbrar, a habituar; que llegamos a pensar que esto, que esta vida carcomida, standarizada, es lo deseable, para nosotros, ahora, y luego, mañana, para nuestros hijos».
-Pág. 106 de ‘Lima, hora cero’ (1954) de Enrique Congrains, reeditado años después en la mítica serie de los Populibros Peruanos de Manuel Scorza.
Como decía hace unos días, hay una conexión entre ‘Te he seguido’ de Jack Martínez y esta novela publicada a mediados del siglo XX. En los cuatro relatos de Congrains se respira la desesperación y angustia que causan la pobreza y la miseria. El no poder llegar a fin de mes, los abusos de las élites frente a los que no hay defensa, no poder afrontar la más mínima enfermedad en el hogar, no tener derecho alguno a la tierra que se habita, sentirse ajeno en el mundo. Un sentimiento de desamparo constante que en los mejores momentos del libro se transforma en cólera e ira, sobre todo en ‘Los Palomino’, una narración antológica.
Lima se percibe como un lugar infernal y agresivo.
Ojalá alguna editorial se anime a reeditarla y así vuelva a circular la obra de Congrains. Por lo pronto llegué a encontrar una edición uruguaya se ‘No una, sino muchas muertes’ que espero leer pronto.
Cuatro cuentos que evidencian la realidad de una parte de la población limeña a la que se le denomina “marginal”. Estas historias cuestionan el concepto de marginalidad y evidencian el rol del Estado y de la sociedad civil en las diferentes situaciones que enfrentan los protagonistas. De todo el libro, las historias que más me gustaron fueron las tres primeras, especialmente la segunda, que fue la que más me conmovió. Con la cuarta me costó conectar y no logré entenderla del todo. Una lástima que, tantos años después, la situación no haya cambiado en lo absoluto. Hasta parece que se ha agravado.
Desde el barrio de Junto al cielo, en lo alto de un cerro, un niño contempla la ciudad. No se parece en absoluto a la suya. Lima es muchísimo más grande, hay tantas personas yendo de un lado a otro que le parece una enorme bestia con un millón de cabezas. Pero no va a tener miedo, ya está decidido. Ha dejado atrás su nueva vivienda de palos y esteras con una sola consigna: internarse en la bestia. Desciende hacia ella, manso e incauto, sin imaginar que al otro lado de la carretera está ese otro niño, sabido y audaz, con quien descubrirá la verdadera esencia de la bestia… Si tuviera que elegir la obra más representativa de la Generación del 50 – movimiento que tuvo como objetivo retratar la problemática de los migrantes rurales en la Lima de los 50- sería este cuento entrañable, El niño de Junto al cielo, incluido en la colección Lima, hora cero (1954), ópera prima de Congrains.
La colección contiene también el homónimo, Lima, hora cero, cuento magistral que narra la lucha de unos invasores por evitar el desalojo de un terreno codiciado por una constructora. Y es así como la ciudad crece poco a poco para todos; en Cuatro pisos, mil esperanzas, asistimos a la mudanza de varias familias de diferentes estratos y procedencias a las nuevas unidades habitacionales. Y Los Palomino, trágico cuento que narra el drama de un hombre humilde que debe reunir el dinero para la operación de su esposa enferma, la tragedia asoma cuando en un accidente estrella su taxi contra el auto de un prepotente señorón.
A pesar del éxito que tuvo en su momento este notable cuentario –Vargas Llosa dice que lo leyeron hasta las piedras, pues el propio autor los vendía de casa en casa con facilidades de pago- no ha tenido la presencia que merece dentro de la corriente urbana. Le debemos a Congrains el testimonio sobre las primeras barriadas e invasiones en Lima y la genialísima metáfora de la ciudad como la bestia de un millón de cabezas. Apareció por primera vez en 1954 bajo el sello editorial del propio autor, Círculo de novelistas peruanos, pero fue diez años más tarde que, bajo la edición de Populibros peruanos, sello del también escritor Manuel Scorza, alcanzó mayor popularidad y difusión