"–Oigan bien, muchachos; aun cuando perdamos esta batalla, aun cuando hasta el último de nosotros caiga bajo las balas de los federales y los rurales, aun cuando ninguno de nosotros alcance tierra y libertad, habremos triunfado. Porque vivir libremente, aunque sólo sea durante unos cuantos meses, vale más que vivir cientos de años en esclavitud".
Me digo: como ya hablé del autor en otra reseña, voy a ceñirme a la novela. Ya. Como si pudiera decirse algo de una novela como La rebelión de los colgados sin tener en cuenta quién era B. Traven, sin tener en cuenta que tan poco o tan nada o tan mucho pero tan teñido de leyenda sabemos sobre B. Traven, que es el nombre con el que firmaba alguien cuyo verdadero nombre pudo ser otro de sus alias, alguien que fue tan o más escurridizo que Thomas Pynchon y que, como Pynchon, también huyó a México, que es donde tiene lugar la acción de este libro.
Sabemos, no obstante, que Bruno Traven vivió largamente en México, que fue amigo de Frida, de Diego, de Tina. Sabemos que se mantuvo fiel a su pasado revolucionario, de posible exiliado europeo, y que simpatizó con los pueblos oprimidos de Chiapas como lo hizo con cualquier otro oprimido del planeta.
Vamos a La rebelión…
Traven narra –y cómo– los preliminares y el inicio de una de las muchas rebeliones indígenas y campesinas contra la tiranía de Porfirio Díaz. Con una sobriedad rayana a lo glacial, expone las torturas y afrentas a los que tres caciques hermanos someten a sus trabajadores forzados en una explotación maderera de la selva, la toma de conciencia, la gota que colma el vaso y la posterior rebelión que da título a la novela. La rebelión de los colgados se lee en un santiamén, sin darse cuenta uno, y eso es algo que normalmente no me gusta, Nada. Sin embargo, la manera de narrar de Traven es tan áspera, tan crudamente realista, tan próxima y ligada a la historia que cuenta… ¿Puede uno, desde tal nivel de aparente tibieza, mojarse tanto desde la distancia emocional, tomar tanto partido sin tomarlo? Sí, y lo hace sin caer en maniqueísmos. Es el lector, y sólo al lector, al que le es dado juzgar. En esta aventura los malos son unos bárbaros desalmados, el más neutral es un miserable, y los buenos, las víctimas, no dejan de ser humanos: también cometen sus pecados. ¿Pero no les han quitado ya todo cuanto tenían, humanidad incluida? Sólo les queda el sueño, la solidaridad, el ideal, la esperanza que saben inalcanzable. Tierra y Libertad.
En algún momento la novela recuerda a La guerra del fin del mundo de Vargas Llosa, sin tanta épica y parafernalia, pero con mucha más coherencia y compromiso. Echo en falta el humor de Traven (aparece apenas en la última frase del libro), ese humor del humillado de que tanta gala hacia el protagonista de El barco de la muerte. Aquí, como en El tesoro de Sierra Madre, es el pesimismo el que impera. El análisis de la condición humana, del alma humana, que sale bien mal parada. Esperanza, sí, pero bañada en pesimismo.