Sí, es cierto: el comienzo es algo lento. Después del trepidante final de El bosque oscuro, cuesta entender por qué abrimos la tercera entrega... ¡en plena caída de Constantinopla! Uno siente que la historia ha dado un frenazo, como si retrocediera en lugar de avanzar. Pero nada es gratuito en esta trilogía.
Porque si algo deja claro Cixin Liu, es que el progreso no está garantizado. La historia no avanza en línea recta: hay momentos —épocas enteras— donde todo se desmorona. Y eso, en estos tiempos de incertidumbre global, resuena con inquietante actualidad.
El segundo gran estribillo que atraviesa toda la trilogía: toda civilización, por poderosa que sea, acaba cayendo. Siempre hay otra que la sustituye, que la supera, que la borra. Liu no solo te lo cuenta, te lo hace sentir a través del vértigo del tiempo: juega con siglos, milenios, escalas cósmicas… y lo hace con una capacidad de paráfrasis narrativa que rompe todos los esquemas.
Como en los libros anteriores, aquí también hay pistolas de Chéjov por todas partes. Detalles aparentemente insignificantes acaban teniendo consecuencias cruciales cientos de páginas después —o siglos más tarde. Es una lectura exigente, sí, pero llena de recompensas para quien lee con atención. Todo puede ser una pista. Todo importa.
En esta tercera parte, además, el autor abandona definitivamente el estilo clásico de novela: los personajes casi desaparecen, los diálogos se reducen al mínimo, y lo que domina es una crónica que acumula hechos, explicaciones y saltos temporales que a veces son difíciles de seguir. Aunque se nos dé en ocasiones la visión subjetiva de algún personaje, la mirada es impersonal, casi como la de un historiador del futuro.
Y aquí llega el punto crítico: algunas decisiones narrativas resultan no solo poco coherentes desde el punto de vista literario, sino también precipitadas. Da la sensación de que ciertas resoluciones se toman más para cerrar el tablero cósmico que para construir una evolución natural de la trama. La emoción queda sepultada bajo capas de especulación, y la arquitectura del relato se resiente.
Es un libro ambicioso, sí, pero también frío. No busca que empatices con los personajes, sino que pienses como si tú mismo formaras parte de una civilización que puede desaparecer en cualquier momento. Una mirada incómoda, pero coherente con el mensaje de fondo.
Porque no siempre ganan los buenos. Más bien, los ganadores se colocan en el lado bueno de la historia, al menos en la versión que contarán luego para tranquilizar su conciencia. Pero incluso eso es frágil: las decisiones que hoy parecen acertadas, a la vista del futuro, pueden resultar completamente erróneas. Y puede que ahora tengamos la suerte de vivir en una zona del mundo que, en este momento, es próspera… pero a largo plazo, esa suerte no está garantizada para quienes vengan detrás. Y esa es, quizá, la verdad más incómoda de todas.
¿La ciencia ficción más ambiciosa del siglo XXI? Muy posiblemente. Pero no apta para impacientes.