Ánima, la tercera novela de Ortuño, narra la historia de un par de cineastas, "El animal" Romo, quién nunca sale de realizar cortometrajes de bajo presupuesto con monos de plastilina, y "El Gato" Vera, un muchacho que empieza desde abajo como asistente del Animal Romo, pero se va abriendo paso en el mundo del cine gracias a su ambición.
Ambos viven a la sombra del cineasta mexicano más reconocido del momento, Arturo Letrán, a quién conocen bien puesto que fuera el mejor amigo del Animal Romo e incluso su socio en el estudio de animación con monos de plastilina durante su temprana juventud.
Durante mi lectura me parecía que Arturo Letrán estaba basado en Guillermo del Toro. Casi al final del libro lo confirmé por un guiño (en tono de burla) que se hace a una de sus peliculas (el laberinto del fauno).
Ánima principalmente cuenta la historia del ascenso del Gato Vera, quien funge como narrador, aunque cabe señalar que durante algunos lapsos el libro toma el formato de relato a voces, delegando la función de narrador a personajes secundarios o a cartas (correos electrónicos), reseñas y críticas.
El libro se divide notablemente en dos partes, antes y después del fin de la relación profesional entre el Animal y el Gato. El Gato Vera es uno antes y otro después, lo cual se refleja principalmente en la forma narrativa.
La novela se desarrolla con fluidez durante las primeras tres cuartas partes. Luego de eso se vuelve un poco lenta, lo cual genera desconcierto pues viendo el lector tan cerca el final (por el número de páginas que quedan) la novela pareciera por momentos no tener rumbo.
Sin embargo el final es bastante bueno. La "escena" de la accidentada presentación del último cortometraje del Animal Romo en Marsella es realmente genial. La amistad y devoción que los amigos-pupilos-colaboradores del Animal le muestran durante toda la novela dejan un muy buen sabor de boca. El Animal Romo es un personaje entrañable y genial. Una especie de Ulises Lima visto más de cerca.
"Antes de que el par de confusos críticos franceses pudiera reclamar nada, comencé a aplaudir con todas mis fuerzas. Nadie sabe lo que cuesta hacer arte sin apoyo mientras tu espalda se tuerce y tu vejiga cría rocas y más rocas que la desgarran. Ninguno de los satisfechos y regalones becarios, ninguna eminencia atiborrada de lecturas y viajes comprende lo que representa perder la normalidad, la salud y el respeto, la hora de la comida y la del sueño en el intento de que unas masitas de plastilina se revuelvan con pericia. Mi aplauso quería decir eso."