Santa Teresa de Liseaux no quería escribir una obra literaria, pero lo hizo. Eran los últimos estertores del siglo XIX y los suyos propios, pues escribe estas memorias prácticamente en su lecho de muerte y resultan inconclusas, ya que las últimas palabras están escritas con lápiz, antes de su agonía.
Ahora, escritos biográficos de este tipo son comunes en religiosas, pues les eran encomendados por sus superiores como un ejercicio espiritual y de obediencia. Así que en ese sentido es muy cercano a ‘El libro de la vida’, de Santa Teresa de Ávila, quien también sería su máximo ejemplo, pues Teresita del Niño Jesús (como es conocida en el mundo católico) entró con apenas quince años al convento del Carmelo, cuya fundadora fue Santa Teresa de Ávila en 1562.
Y aunque Santa Teresita no tiene grandes experiencias místicas como su predecesora homónima (incluso por ese abajamiento y no solo por su edad es que lleva el diminutivo en su nombre), sí tuvo iluminaciones teológicas para escribir estas memorias. En ellas, a través de alegorías, entiende y explica varias verdades doctrinales del catolicismo. Su estilo eminentemente literario sobresale y construye una obra de una belleza innegable gracias a cómo utiliza el lenguaje, pero también gracias a esas ideas que aunque ella no sea docta (esto lo señala todo el tiempo) son de gran profundidad espiritual.
Aquí un ejemplo de ello: “Un sabio decía: «Dadme una palanca, un punto de apoyo, y levantaré el mundo». Lo que Arquímedes no pudo lograr, porque su petición no se dirigía a Dios y porque la hacía desde un punto de vista material, los santos lo lograron en toda su plenitud. El Todopoderoso les dio un punto de apoyo: Él mismo, Él solo. Y una palanca: la oración, que abrasa con fuego de amor. Y así levantaron el mundo”.
También está, además de todo su camino espiritual -ese camino de perfección del que hablaba Teresa de Ávila- la visión feminista acerca de la mujer y su lugar en la Iglesia, tal como la Santa de Ávila; y aunque no le dedique extensas páginas y reflexiones, tiene sus pequeños momentos que dejan en evidencia su posición:
“Todavía sigo hoy sin entender por qué en Italia se excomulga tan fácilmente a las mujeres. A cada paso nos decían: «¡No entréis aquí... No entréis allá, que quedaréis excomulgadas...!». ¡Pobres mujeres! ¡Qué despreciadas son...! Sin embargo, ellas aman a Dios en número mucho mayor que los hombres, y durante la pasión de Nuestro Señor las mujeres tuvieron más valor que los apóstoles, pues desafiaron los insultos de los soldados y se atrevieron a enjugar la Faz adorable de Jesús... Seguramente por eso él permite que el desprecio sea su lote en la tierra, ya que lo escogió también para sí mismo... En el cielo demostrará claramente que sus pensamientos no son los de los hombres, pues entonces los últimos serán los primeros…”
Teresita es la santa niña, murió apenas a los veinticuatro años, y según sus palabras en este libro, esa muerte (por tuberculosis) fue una ofrenda voluntaria a Dios. El tema del sufrimiento y la santidad es complejo, no lo abordar ahora porque suena más terrible de cómo lo abordan los santos y la cultura popular lo cree. Pero lo que me interesa más de los escritos de Teresita es la iluminación final del ofrecer aunque sea las pequeñas cosas e insignificancias a Dios, los pequeños sacrificios cotidianos, las tonterías (como las animadversiones hacia otros por cosas tan insignificantes como su forma de hablar, los ruidos que hace al rezar, o el agua sucia que le salpica una compañera al lavar) para construir la pequeña perfección. De ahí que sea Teresita en pequeño, la santa de las pequeñas cosas, sin grandes aspavientos.
Finalmente, la revelación última de hacerlo todo con amor y de tratar al prójimo, no ya como a mí mismo, sino a través de la Caridad divina: el amar a los otros como Cristo amó al hombre. Ese es otro nivel de amor terrenal que, tratando de alcanzar el universal y divino, Teresita pone en practica en lo aparentemente simple y fútil. Pero también en esa muestra de amor desinteresado que es el rezar por otros. Para terminar este libro, la santa cuenta su alegría de tener hermanos espirituales convertidos en sacerdotes (que era su deseo ver en hermanos carnales pero murieron de bebés, al parecer). Así, recibe con alegría el encargo de orar por dos misioneros, y sabe que ello llegará a buen puerto. Las mayores gracias que Teresita ha recibido han sido a través de la oración: aquí relata varias peticiones que haría a Dios que se han cumplido.
Entonces, “las almas sencillas no necesitan usar medios complicados”. Así que la inspiración final tras una acción de gracias le hizo comprender unas palabras del Cantar de los Cantares: “atráeme y correremos tras el olor de tus perfumes”. Entonces, a quienes están encomendados a ella, los misioneros, les bastará con que su alma sea atraída a Dios. Ella los arrastrará consigo. “¡Oh, Jesús!, ni siquiera es, pues, necesario decir: Al atraerme a mí, atrae también a las almas que amo. Esta simple palabra , basta”.