[3.5/5]
Justo inmediatamente después de haber terminado de leer Thérèse Raquin me quedó un sabor de boca inexplicable, uno de esos sabores que no sabes si al final fue una experiencia que has disfrutado o que te ha dejado debiendo algo. Sin duda lo que no me dejó fue indiferente, como ninguna novela de Zola lo ha hecho, con un sin fin de descripciones muy explícitas y vívidas que te sumergen en la mente de los dos personajes principales de este libro.
Creo que iré directo al grano y diré que el principal problema de Thérèse Raquin es el mismo Zola, ya que no puedo evitar comparar a un autor más que consigo mismo: sin duda, el hecho de haber leído antes su obra maestra Germinal, que sigue estando vívidamente en mi mente, así como mi novela favorita del autor, La taberna, cuya protagonista es totalmente irreemplazable, hizo que mi experiencia leyendo Thérèse Raquin se sintiera deficiente y demasiado repetitiva, tanto que a los dos tercios de la historia ya quería que se terminara (y eso que la novela de por sí es corta).
Sentí como si Zola nunca se cansara de decir que los dos sujetos que protagonizan este retrato de decadencia humana estuvieran perdiendo la cabeza, que estaban sintiendo esto y aquello con respecto a lo que habían hecho; de alguna manera eso queda claro desde los primeros capítulos pero persiste en ello hasta el final. Por otro lado, le aplaudo al autor el hacer que el lector desprecie tanto a ambos personajes, al punto de que uno espera un final que en verdad se merecen, y en mi opinión, lo consigue y logra mostrar el destino de una sociedad descompuesta hasta sus últimas consecuencias.
También leí que esta es la obra que inaugura el naturalismo por el que el autor es tan conocido y aclamado, y debo decir que se nota, sabe a primera obra, y es por supuesto necesario resaltar que ese naturalismo puro lo conseguirá en sus obras de Les Rougon-Macquart, o al menos en aquellas que he leído, donde perfecciona su estilo y te hace vivir, junto con sus personajes, en lo más bajo de la sociedad que uno se puede imaginar.
Como un punto más a recalcar, Zola hace un buen trabajo al entrar en la mente de sus personajes, describir lo que sienten y lo que sufren tras haber efectuado su plan, pero de nuevo, no me convenció del todo ya que al haber leído más temprano este año un clásico ruso, también decimonónico, que en mi punto de vista lo hace mucho mejor, como que estas descripciones de 'la mente humana descompuesta' se me quedaron en medio del camino. A ratos sí que quería que llegara el Zola de La taberna y le dijera a este Zola '¡muévete!, es mi turno de entrar', pero sabemos que eso no iba a pasar.
En resumen, no quiero decir que esta novela es mala, para nada. Es una buena historia, una pizca del naturalismo que nos espera en su inmensa saga, pero nada que merezca tenerla entre sus mejores obras. Quizá si hubiera empezado a leer al autor con Thérèse Raquin habría alucinado —quizá estoy exagerando como de costumbre—, pero ahora es que no me dejó nada que no me hubiera dado ya el autor previamente. Y para terminar de arruinar mi experiencia, el maltrato y asesinato a un animal en esta obra fue demasiado para mí; aún recuerdo en una novela de Willa Cather que leí el año pasado como un tipo dañaba de los ojos a un ave y se divertía viendo como el pájaro se golpeaba entre las ramas tras haber quedado ciego, ¡horrible! Algo así me pasó leyendo Thérèse Raquin, que además no sentí que fuera una escena necesaria para entender la locura del perpetrador, y si ya de por sí le odiaba, a este punto se superó. En fin, deseo que su experiencia lectora sea mucho mejor que la mía.
La naturaleza y las circunstancias parecían haber hecho a esa mujer para ese hombre y haberlos guiado el uno hacia el otro. Formaban ambos, la mujer nerviosa e hipócrita, el hombre sanguíneo y de vida de animal irracional, una pareja a la que unían recios lazos. Se completaban, se protegían mutuamente. Por la noche, sentados a la mesa, bajo el pálido resplandor de la lámpara, bastaba con ver el rostro rollizo y sonriente de [él] frente a la impenetrable y muda expresión de [ella] para percatarse de la fuerza de aquella unión.