“¿Se puede acercar uno a la poesía de San Juan de la Cruz si aún no hemos roto ataduras mundanas?…me refiero a la luz que recelan de sus versos los cuales parecen tan serenamente claros primero, llegan luego a intimidarnos con la inmensidad luminosa tras ellos presentida”
(Luis Cernuda)
La teoría teológica, la belleza y el amor se correlacionan y renacen en una no-realidad de nivel transcendente, irracional y eterno. Allí, o Allá, la paloma, el gemido, el ciervo, el árbol, las ninfas de Judea, el canto de sirenas, la fuente, la granada, el huerto, las raposas, los cedros…etc. Términos que cobraron nuevos significados desde que San Juan de la Cruz los tomó prestados, pero su simbología no solo supone dotar de significación ambigua y de extremada riqueza a los versos y términos concretos sino que inaugura una forma de captar y de crear poesía, cobrando máxima belleza el misterio encerrado en la significación de las palabras elegidas. La riqueza que aflora en su simbología, se expanden en todas direcciones provocando resonancias armónicas en las que no cesa de presentarse su característico quiebro, filtrando con sutileza distorsiones y descoyuntamientos cuya acumulación acaba por producir desasosiego y extrañeza. En su conjunto, no es lineal ni lógico sino que confluye hacia múltiples direcciones en la evocación, el paralelismo o la equivalencia con otras estrofas alejadas del espacio argumental, hasta las localizaciones sufren fluctuaciones, provocando una constante situación de inestabilidad poética.
San Juan de la Cruz creó una yuxtaposición extremadamente bella con el sorprendente y constante enriquecimiento de elementos poéticos de diversas culturas: influencias bíblicas, grecolatinas, italianizantes y populares; desde Platón y su teoría amorosa, pasando por Aristoteles, El cantar de los cantares, Petrarca, la novela pastoril y caballeresca, Virgilio, Ovidio, Garcilaso de la Vega y sus Églogas, la Vulgata, San bonaventura y su Philomena, El mito de Orfeo, Homero y su Ulises, etc., a fin de provocar un efecto determinado en la estructura sintáctica y semántica de su poesía lo que le originó problemas con la Inquisición, que terminó por destruir parte de su creación y censurar su obra durante el siglo XVI y en la primera mitad del XVII.
Su belleza y las eternas incógnitas que esconden sus versos son la parte fundamental que la hace fuente ignota de poesía y gozo, de una inmensa, poderosa e irremediable atracción a la belleza y el ardor contenido en él. Su vertiente místico-religiosa va más allá de la perspectiva exclusivamente poética. Mediante la experiencia personal más intima y transcendental del éxtasis religioso, San Juan de la Cruz se presta a la utilización de un lenguaje erótico y sensorial en el que, al contrario que el amor humano, efímero y mortal, el amor se presenta como un presente atemporal e infinito, que agota y da serenidad, que acoge y sofoca, que llena y no se agota; hacia las coordenadas de lo eterno.
¿Amar? poco o nada se sabe sin haber leído antes a San Juan de la Cruz.