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50 pages, ebook
Un rascacielos no es más que una catedral para gente que, en vez de creer en Dios, cree en el dinero.
Al año de la tragedia, la fisonomía de Nueva York, y tal vez de nuestra conciencia, ha quedado para siempre mutilada. En su desesperación, muchos han visto en esta explosión de odio y muerte la negación de nuestra humanidad más básica. Quizá todos hemos sentido esa tentación. Se me ocurre que tal vez ésa sea la mayor de las derrotas. Mientras recopilaba información para escribir esta historia, averigüé, casi por casualidad, que cuando se cumplían los nueve meses de aquel día fatídico, numerosas madres empezaron a llegar en masa a las maternidades de ese país y sobre todo de Nueva York. Una oleada de bebés concebidos en las horas que siguieron a la tragedia, nacidos del ansia, del miedo y la fuerza de vivir, llegaban al mundo. Si serán hijos de la tragedia o de la esperanza es algo que está en manos de todos y cada uno de nosotros.