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85 pages
First published January 1, 1979
No resulta fácil transitar los caminos de Andrei Tarkovski. Fascinados por el magnetismo de sus imágenes, nos mueve a renovar su andadura un deseo cuya pasión salva el olvido: hacer nuestro aquel aroma a savia, a temblor de verdad que intuimos vagamente en las primeras incursiones. Y al sentir de nuevo la caricia de la niebla en los ojos, y en los labios el sutil frescor del agua, tenemos la impresión de estar dejando huir una vez más su misterio, de que las imperfecciones de nuestra atención son demasiado numerosas o demasiado evidentes, de que en definitiva, hay allí algo que resiste el análisis. Por extraña paradoja, en sus films se vislumbra con nitidez y profunda emoción, como en ningún otro lugar, una luz que interpela los más recónditos anhelos del ser humano: el cine engendra sueños que la razón no entiende, no hay traducción posible.
Hablar acerca de Stalker, aproximar en palabras los sueños de un espectador emocionado no es, por tanto, precisa taxonomía ni ejercicio de estilo. A decir verdad, cuanto más de cerca se observa el film más lejos parece, más lleno de bruma, más indiscernibles nuestros puntos de referencia. Avanzamos sin luz —por exceso de luz— a lo largo de una ruta de presentimiento, el corazón en la mano; y haciendo acopio de valor, acechamos pacientes su secreto escondido. Mas la esperanza de hallar algún indicio fiable que atestigüe su presencia, un asidero provisional en el que fundar nuestras expectativas, difícilmente alivia esa obstinada incertidumbre.









Cuando el cine no es un documento, es sueño. Por eso Tarkovski es el más grande de todos. Se mueve con una naturalidad absoluta en el espacio de los sueños; él no explica, y además ¿qué iba a explicar? Es un visionario que ha conseguido poner en escena sus visiones en el más pesado, pero también más solícito de todos los medios. Yo me he pasado la vida golpeando a la puerta de ese espacio donde él se mueve como pez en el agua. Sólo alguna vez he logrado penetrar furtivamente. La mayoría de mis esfuerzos más conscientes han terminado en penosos fracasos: El huevo de la serpiente, La carcoma, Cara a cara y un largo etcétera.
Fellini, Kurosawa y Buñuel se mueven en los mismos barrios que Tarkovski. Antonioni iba por ese camino, pero se mató, ahogado en su propio aburrimiento.