Un teólogo del siglo XIX escribió una vez que los cristianos de su tiempo creían en dios pero no en el reino, mientras que los socialistas hacían lo contrario. Como ejemplificando esa fórmula, con Tragedia moderna Williams trata de devolverle a la tragedia un horizonte religioso y político que en apariencia fue perdiendo desde Lillo y Lessing. El planteo se debilita por su intento de volver más permeable su frontera con la épica, y de anular la que la separa del accidente, ese continente olvidado del absurdo. El resultado es una primera parte bastante confusa, más valiosa por la claridad de sus objetivos que por la de sus resultados.
A diferencia de la primera parte, la segunda está compuesta por reflexiones sobre obras y autores concretos. Al pensar a la tragedia como un conjunto de situaciones y de respuestas al sufrimiento humano que excede las artes escenicas, Williams incluye a novelistas y poetas. Es significativo que el último capítulo esté dedicado al rechazo de la tragedía por Brecht. También lo es que sus valoraciones sobre su obra sean las más intesas y complejas. La última página termina con la siguiente cita a "A los hombres futuros":
Sabíamos que el odio contra la bajeza
desfigura la cara,
también la ira contra la injusticia
pone ronca la voz. Desgraciadamente, nosotros,
que queríamos preparar el camino para la amabilidad,
no pudimos ser amables.
Hay en esos versos un elemento de autocrítica que resuena mucho en Williams, quien por entonces se sentía decepcionado con el mainstream marxista de su época. Pero lo que domina es esa fórmula tan corriente en la izquierda de una sensibilidad épica al servicio de una utopia. El fracaso de este ensayo está determinado por su incapacidad para buscar otra "estructura de sentimientos" que vuelva compatibles las experiencias elementales de la tragedia con la expectativa de la revolución. Williams no lo logra porque no acepta existencialmente la tragedia. Advierte que la épica no es su contrario y se permite fantasear con un lugar intermedio entre ambas sensibilidades, pero deja sin formular (es decir, se abandona a) aquello que sí es absolutamente antagónico a la tragedia, la utopia. Por la interferencia opresiva de ese género obsesionado con las estructuras estáticas y la anulación del conflicto, Tragedia moderna queda reducido a una expresión de ansiedad.