2.9/5
Regular en el sentido más exacto del término. A ratos buena y a ratos lo contrario. Ni entretenida ni aburrida, tampoco superficial. Fugazmente profunda, muchas veces distante y objetiva. Espectacular en contadas escenas de batalla y romance, tediosa en explicar revanchas y artimañas. Astuta en la estructura (un relato inspirado en dos supuestos manuscritos), pero inverosímil en el último capítulo. Va de menos a más, y también de más a menos.
Los mejores momentos están en el medio, donde pasa de todo y al mismo tiempo todos esperan que algo pase. Al inicio también pasa, pero es anodino; al final también, pero es ridículo. En el medio está la pasión, el desengaño, la insistencia, la venganza, el encierro, la destrucción, la sangre y la mentira. La tortura de no saber, o de saber y no saber, si vale la pena apostarlo todo y entregarse a ese amor tan contradictorio e inesperado.
En otras palabras, la angustia de dudar, y las consecuencias fatales de esa duda.
Stendhal escribe una historia de amor entrañable, recordable e intensa, perfumada de inocencia y de capricho, permanemente asediada por los rencores familiares (expresados en actos violentos y engaños largos) y por las propias vacilaciones de los amantes (las ambigüedades sentimentales de Elena y el arrebato piadoso de Julio), enmarcada en una época y en un contexto inestable, la Italia de los tiempos renacentistas, donde la vida, el miedo y el honor eran definidos por trifulcas bandoleras de medio pelo y prolongados acontecimientos militares.
Todos sabemos cómo inicia el amor, cómo se desarrolla, cómo se enturbia en un interminable vaivén tóxico de pasiones y congojas, y cómo termina. Stendhal nos muestra cada escena, cada momento, cada encuentro definitivo, cada elemento que marca la relación de Elena y Julio.
Nos muestra el balcón de los primeros días, las flores y las señales (incluso, como lectores, estamos ahí), el forjeceo de la cólera paternal, la fatalidad de un evento inesperado, la vergüenza de confesar, las cartas, la oscuridad del convento de Castro, la mesa donde Julio extiende el croquis, el sonido de los arcabuces el día del asalto, la sangre chorreando, las monjas, la lámpara, el cerrojo, los barrotes, la huida, el pasto, el burrito, el llanto, el desengaño. Los disfraces, la casa familiar venida a menos, la resignación de Elena, la fama lejana de los ejércitos de Carlos V, los años, las negociaciones romanas, el cargo, la reconstrucción del convento, la muerte del Papa, la reentré de Julio, los papeles, la verdad, el túnel, la daga.
Stendhal nos muestra todo, su historia está completa. Sabe qué ocurre en ella, y cómo transmitirla, pero curiosamente, no sabe cómo empezar el libro ni cómo acabarlo.
Se enreda en el inicio, y lo que parece introducción se torna prólogo general, y luego, incluso, prólogo del prólogo. El final, a su vez, es tan largo que nunca llega, y cuando llega, cuando de verdad se acaba el libro, han pasado ya demasiados eventos absurdos, inverosímiles, que la última página se torna un alivio predecible.
Me gustaría ahondar en esa curiosa contradicción entre una buena historia de amor dentro de un libro que inicia mal y termina peor, pero primero quisiera tener más distancia y leer más historias de Stendhal. Por ahora lo dejo aquí.
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De toda la historia, me encantó sobremanera el asalto al convento. Muy bien contado y muy buena escena. Stendhal se luce para contar la acción al detalle, in situ, y transportarnos al momento mismo, a esa noche y a esa hora. Por la estética, la tensión escénica, los disparos que se oyen, los hombres rudos, el aguardiente y la urgencia, me recordó a varias partes de la película protagonizada por Leonardo DiCaprio «El hombre de la máscara de hierro».
Y como no hay love story sin frase, aquí una que le escribe Elena a su amado en una de sus cartas de convento: «despréciame, Julio mío, pero, por amor de Dios, no dejes de amarme».
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Léanla con una copa de frambuesa spritz 🍹 y escuchando «Serenade N°13 KV 525 "Eiene Kleine Nachtmusik": II.Romance Andante» de Mozart, en la interpretación de Wolfgang Sobotka 🎶
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