El mal tiempo continuó, y Genji y sus compañeros no podían salir de su casa, asediados por la lluvia y los truenos. La tristeza los embargaba a todos, y el príncipe renunció a nuevos esfuerzos para divertirlos. ¿Qué podía hacer en aquellas circunstancias? Si regresaba a la ciudad sin haber recuperado el favor imperial, sería el hazmerreír de la gente. ¿Refugiarse en las montañas? Sus enemigos lo tildarían de cobarde y asustadizo, y se burlarían de él sin misericordia. {…}
Finalmente llegó un mensajero de Murasaki, una figura patética y mal vestida que daba pena mirar. De haberle encontrado en la calle, Genji no hubiese sabido decir si se trataba de un hombre o de un animal —de hecho, era un humilde campesino— y nunca le habría invitado a su casa. Cuando supo quién le enviaba, sin embargo, no cupo en sí de gozo y le acogió en su casa con los brazos abiertos. La carta de Murasaki, larga y melancólica, decía:
«Este diluvio terrible se niega a amainar. Incluso los cielos están cerrados a cal y canto, y ni siquiera me queda el consuelo de mirar en dirección al lugar en el que vives.
¿Con tanta violencia
soplan los vientos sobre el mar de Suma
que, en mi casa, la espuma de las olas
no para de salpicar mis mangas?»
Es difícil utilizar la expresión de «clásico» para definir un libro. Quizá, con la que me podría sentir más cercano, es con la de que ha superado diferentes épocas y en todos ha influido de una manera u otra. Porque un libro nunca se lee igual, ni por los diferentes seres humanos que han transitado a lo largo de los siglos, ni siquiera por nosotros mismos.
La primera vez que leí el Genji fue hace más de veinte años. Pillaba vacaciones del trabajo y me enfrasqué en un viaje surrealista de veintitantos días. Por la radio, creo que fue en el programa El Ojo Crítico, había escuchado una amplia entrevista a Jacobo Siruela. Había abandonado la propia editorial que había fundado y se había enfrascado en un proyecto de edición nuevo, Atalanta, que aún a día de hoy sigue en activo. Si no recuerdo mal, me quedé prendado de los primeros libros que iba a editar en su nueva y alejada editorial del Ampurdán. Eran Sin mañana, del vividor Denon, y La historia de Genji. Cuando acudí a la librería más cercana no tenían ninguno de los dos. Por entonces, no se hacían pedidos por internet y los libros había que perseguirlos e insistir para que nos llegaran a casa. Era como salir a cazar búfalos: nunca se sabía con qué libro volverías y cuál olvidarías o nunca llegaría a tus manos. Por lo tanto, era mucho más interesante que hoy en día, que todo resulta tan previsible y aburrido, por lo que tenemos menos descubrimientos y menos desengaños, menor capacidad de asombro. La lectura no puede ser un tiro al plato que siempre acierte. La lectura debe ser como la vida: azar, sangre, pasión, risas, heridas, ausencias y lágrimas.
Como decía, ninguno de los libros de Atalanta les había llegado y yo no tenía paciencia de esperar a que pasasen mis vacaciones, así que llevé la edición del Genji de Destino, en su primer volumen. Un libro tocho que no era lo más apropiado para llevarse de viaje, pero que, al fin y al cabo, era el Genji. Me daba igual la versión o la traducción. Destino editó el Genji en dos volúmenes espaciados en el tiempo. Y, similar a lo que sucede con el Quijote, la Segunda Parte —la llamada «Catástrofe»— alcanza mayores cotas. Pero hoy solo nos centraremos en la primera, en el «Esplendor».
¿Quién diablos era esa escritora japonesa llamada Murasaki Shikibu que a gente tan dispar como Marguerite Yourcenar y Jacobo Siruela les hacía saltar los resortes del corazón? Ni idea. Solo sé que vi en la cubierta que traía un prólogo de Harold Bloom y que eso ya era de por sí una garantía. Cargué con él como un tesoro. Ese entusiasmo por descubrir a un autor nuevo es una energía preciosa que nunca se debe perder.
Aquella lectura fue mucho más aguda que la relectura que acabo de realizar. Me metí mucho más adentro del libro. De hecho, la mayor parte de las anotaciones ya las dejé bien marcadas, con comentarios críticos en muchos márgenes de sus páginas. Los libros se han de destrozar. De nada vale mantenerlos impolutos. No sobreviviremos a ellos y los más comerciales acabarán en cualquier mercado o librería de segunda mano cuando fallezcamos; el resto, la más alta literatura, quizás en la basura.
Y en cuanto al prólogo del señor Bloom ahora disiento completamente de él. La novela de Genji no tiene nada que ver con Proust; eso es un modo occidental de intentar explicar una originalidad que se nos escapa. Puede que tampoco tenga que ver con la mayor parte de la literatura japonesa, aunque es indudable su influencia. Una cosa es que los celos y las pasiones muevan el esqueleto del texto, y otra que esas percepciones de las pasiones humanas tengan correlación con las de En busca del tiempo perdido. No tienen nada que ver una y otra, por más que nazcan del mismo pozo. No podemos analizar la cultura Heian desde los prismas y tabúes occidentales.
Todos sabemos quién es Genji dentro de la cultura Heian. Pero la pregunta no es esa, sino por qué su pasión por conquistar mujeres no se mitiga nunca. Es un estado de deseo permanente, una búsqueda del eterno ideal femenino condenada al fracaso.
A los ojos modernos, es un libro difícil de digerir. No porque sea complicado. Es de una sencillez majestuosa, sino porque muestra a las claras el abuso y la explotación de las mujeres y de las clases más desfavorecidas. En la cultura Heian la cúspide solo se dedicaba a la música, a la caligrafía, a «las aventuras galantes» (incluyamos la violación) y a la contemplación de lo bello. Componían poemas, cuidaban en extremo la caligrafía, tocaban instrumentos, perseguían a las mujeres como adolescentes efervescentes, vestían con sofisticación y elegancia y no daban «un palo al agua», porque vivían de la explotación del resto de la población.
Como todo el mundo debería tener claro, trabajar solo es una ocupación venerable para los tontos y para los que necesitan sobrevivir, y esto es algo que se repite en civilizaciones antiguas, modernas o en la cultura Heian. Eso de que el trabajo es necesario y saludable es un axioma de estos tiempos, en los que se venera lo que perjudica más la salud y se denosta todo aquello que la fortalece. En los tiempos antiguos estas cosas las tenían mucho más claras. Da igual. A Murasaki Shikibu esto no le preocupa lo más mínimo, porque ella, al igual que su rival Shōnagon, pertenece a esa cúspide, en la que también hay competencias, escalafones y subclases.
¿Puede un libro que parte de todo eso ser bello también? Por supuesto que sí, pero el lector tiene que ser consciente de lo que está leyendo, que es un libro escrito por una mujer entre los siglos X y XI, imbuido por credos muy alejados de los occidentales y cientos de años antes de que se compusiesen La Celestina o el Quijote, por poner dos ejemplos que podemos identificar con celeridad. La escritura en Japón nació de las mujeres porque por entonces los hombres tenían al idioma Chino en la más alta consideración. En los márgenes de la «cultura oficial» las mujeres adoptaron y potenciaron la incipiente lengua japonesa.
«Asagao escribió su nota con tinta pálida y Genji sacó la conclusión —porque seguramente su imaginación iba por delante de la realidad—de que la dama quería sugerir cosas profundas y misteriosas. El misterio nos atrae y Genji siempre había tendido a enamorarse de las mujeres que menos caso le hacían».
La literatura de calidad tiene algo que supera incluso las convenciones sociales, los comportamientos humanos, las ideologías y todo el remero de banalidades que hacen de la literatura de hoy en día el barrizal hediondo en el que suele estar sumida. Un lector no tiene que identificarse con lo que está leyendo y los escritores no tienen que cumplir ninguna regla moral. La moral en el arte está para retorcerla y prenderle fuego, salvo cuando se utiliza adrede para beneficiarse y se emplea la literatura no para ensanchar la capacidad de discernimiento y de crecimiento intelectual, sino para llegar a un público más amplio. Véase, por ejemplo, el true crime y toda esa porquería de literatura que, salvo gotitas contadas, es lo más parecido a los diarios criminales que se publicaban hace décadas. Lo que algunos de nuestros más insignes críticos literarios llaman «modernidad» es tan antiguo como el fuego, porque ya en época de Balzac existían escritores que solo hablaban de los crímenes más espeluznantes y se regodeaban con todo tipo de truculencias alrededor de la sangre y el sexo. Era como hoy, salvo en la diferencia de que al menos se tenía claro que toda esa literatura era de ínfima calidad y que no tenía más propósito que regodearse en los instintos más superficiales.
Solo así, con ojos de lector libre de prejuicios y con los pies bien asentados, podremos leer todo tipo de autores, y saber cuándo nos dan gato por liebre y cuándo una obra nace con la necesidad y el objetivo de trascender. Y solo así podremos extraer de La novela de Genji altos carámbanos de belleza, porque los tiene y en intensas dosis de inteligencia estética.
«—Pienso que habré de morir —dijo él al final, en un arrebato de pasión—. No quiero que tengas que soportar la idea de que sigo existiendo. Pero si muero, mi amor por ti será un obstáculo para mi salvación.
Si me esperan otros días como éste,
me pasaré llorando
dos o tres vidas más.
Y tú compartirás mi pecado.
Y ella le contestó, suspirando:
—Recuerdas que en ti solo está la causa
de un pecado que pretendes
compartir conmigo en vidas futuras».
Aparte del remero de personajes femeninos que aparece (desde mi punto de vista mucho más interesantes que el propio Genji), ya es un mérito la capacidad de Murasaki Shikibu para que ninguna de estas mujeres sea igual a otra, y todas tengan capacidades y distintas formas de ser y actuar, ya sea por la clase social que ocupan, ya por sus circunstancias amorosas, o por el distinto vínculo que establecen con el «príncipe resplandeciente». Pero más allá de esto, que en cierta medida nos puede llamar la atención, hay algo muy poderoso en este libro y que no se suele señalar: la creencia de que la belleza es efímera. No sé ni la cantidad de veces que, cuando se describe a alguien bello, se incluye la apostilla de que no creían que iba a durar mucho tiempo vivo. O sea, la belleza es algo transitorio, muy volátil, condenada al fracaso en un mundo colmado de sufrimientos. Es algo así como un destello de luciérnaga que parpadeará y se extinguirá. Y esto me lleva a la reflexión de que el motor espiritual de este libro es algo tan universal y tan auténtico, que ya solo por eso merece la pena sumergirse durante semanas en la lectura de este gigante de la literatura, pero que no es tan complicado de entender si se lee con paciencia y con amplitud de miras.
Este libro es un monumento a la fragilidad humana. Y eso es algo tan natural como esas flores de almendro que ya mismo van a despuntar anunciando la primavera. No son cerezos, como quizá sería recomendable al hablar de este libro, pero nosotros tampoco somos orientales. Y, sin embargo, la aventura humana es algo muy comprensible en cualquier geografía. Desde nuestro muro Atlántico podemos habitar todas las latitudes. En eso consiste uno de los mejores cofres que tiene la literatura y encarna la lectura: todo nos compete; nada nos debe ser ajeno.
«Pronto halló la respuesta al enigma: Akikonomu había enviado al jardín unas cuantas jovencitas con su colección de jaulas de cigarras para que los insectos disfrutaran de su desayuno diario de gotas de rocío. Mientras tanto cuatro o cinco niñas más, provistas de cestas, andaban entre los parterres maltratados, y buscaban flores que hubiesen sobrevivido a la tempestad para hacer ramilletes con los que adornar las estancias interiores. Llevaban túnicas de color espliego, rosa y granate, y uchikis de un amarillo verdoso forrado de verde, todos ellos colores de otoño. En el curso de sus tareas aparecían y desaparecían entre las brumas matinales, y el efecto era mágico. Se hubiese dicho que la brisa traía consigo hasta el joven madrugador vapores perfumados procedentes de los bancales, como si las mangas de Akikonomu los hubiesen acariciado».
Todos los libros hablan de nosotros, porque la experiencia humana es siempre universal y porque en el fondo no somos tan distintos. Da igual que la escritora nazca en Japón, Armenia, o en las extensas llanuras de Mongolia. Y da igual el siglo en que habitase. El deseo, en todas sus vertientes, desde el más amable hasta el más enfermizo, es algo común y abarcable a todos los continentes y a todos los seres. Y las cenizas de la melancolía hunden sus raíces desde ese primer momento en que un primate tuvo la osadía de alzarse y ponerse en pie. Al hacerlo cambió su percepción de la realidad. He ahí la historia del arte: una tragicomedia en constante búsqueda.
«El príncipe había dicho que la prueba tendría lugar a última hora de la tarde, cuando el aire empieza a cargarse de humedad, porque es el momento del día en que mejor se aprecian los aromas».