“¿Qué hace uno cuando sabe que los moribundos preferirían morir en casa que en el hospital, pero sabe también que en casa van a morirse antes? Aunque quizá sea eso lo que quieran.”
Esta pregunta concentra la esencia de la discusión que plantea Norbert Elias. Durante los últimos meses, en el actual contexto de pandemia, he escuchado ya muchas veces ese dilema. Es precisamente ahora que la discusión adquiere mayor volumen: la soledad de los moribundos —incluso de aquellos que están padeciendo enfermedades distintas— se ha vuelto la norma y no la excepción. En los intentos por salvar la la vida y sanitizarla, se descuida la esencia y sentido de la vida misma.
Elias nos cuenta cómo para el moribundo su propia existencia adquiere sentido en tanto significa para los demás con quienes compartió tiempo, de ahí la importancia de la cercanía de familiares y amigos que dan certeza de que el moribundo todavía ofrece sentido a los demás, que permanecerá a través de los demás.
Sin embargo, sucede lo contrario, hay una tendencia cada vez mayor a aislar y sanitizar a los moribundos. Así, Elias plantea una reflexión sobre cómo el alejamiento de la muerte y de los moribundos en nuestras sociedades es producto de la creciente individualización, donde persiste la resistencia a la idea de la propia vejez o de la propia muerte. Los individuos se consideran como universos en sí mismos, con una finalidad y un sentido propios, ajenos a los demás de quienes en realidad son interdependientes. De ahí que la idea de afrontar la propia muerte sea insoportable, porque esos individuos son sin los demás y la muerte implicaría aceptar la idea de la propia extinción. Por este motivo, nos dice Elias, en la modernidad alejamos y aislamos todo lo que nos recuerda a la muerte. Queremos/creemos ser seres infinitos.
La idea que nos hacemos del sentido de la vida está forzosamente vinculada con la manera en que hacemos frente a la muerte y cómo nos relacionamos con los moribundos. A partir de su idea de los procesos sociales y la noción de que individuo y sociedad no pueden entenderse de manera separada, Elias propone un sentido de vida vinculado a los otros. Estamos vinculados entre sí y ese “sentido común” de vida implica que la existencia está en relación con los otros. “La muerte no encierra misterio alguno. No abre ninguna puerta. Es el final de un ser humano. Lo que sobrevive de él es lo que ha conseguido dar de sí a los demás, lo que de él se guarda en la memoria de los otros.” Los individuos que se aíslan y alejan de ese sentido que está conectado con los otros, pierden comunicabilidad y sentido.
Este libro me hizo reflexionar sobre la muerte de mi propia madre, cómo me relacioné con ella durante esos últimos meses de enfermedad. Cómo ella se relacionó con nosotros y sus amigos, y buscó protegernos del conocimiento de lo inminente. Ese mecanismo nos mantuvo en la cotidianidad del trajín de la Ciudad de México, lo que tuvo efectos claros de aislamiento y soledad para ella. Pero, las resistencias tradicionales y comunitarias ayudaron a contrarrestar esa tendencia de aislamiento hospitalario. La compañía y comunidad se mantuvieron de diversas maneras como reflejo de ese sentido vinculado a los otros. Finalmente, me gusta encontrar coincidencias como que el ejemplar que leí pertenece a un tiraje impreso en febrero de 2011, tan sólo un mes antes de que ella muriera. Este libro debió haber llegado a mis manos entonces.