-...Todo eso y todo lo demás tendría que ver con ella, y bastaría que alguien destinase un fragmento de su obra a recordarla para que los instantes en que su vida y el mundo se entrecruzaron quedasen para siempre grabados sobre la tierra, como las torres de hormigón y la memoria de los hombres que soñaron sus planos sobre un tablero, como meses después vendría yo a soñarla y a elegirla a ella, a Vera.
-¿Para qué -creo que pensé- va uno a hacer lo que ya sabe que puede hacer? Uno sólo debe hacer las cosas que no puede, porque la experiencia del poder de lograr lo que se ignora si se puede hacer es una sensación más codiciable que la de repetir lo que se sabe que se puede.
- Miré mis manos: se apoyaban sobre la manta de la cama que fue de Vera. La izquierda se dejaba recorrer por una multiplicada red de hilitos de sangre; ésa era su manera de estar. La derecha se aplastaba sobre el tejido de la manta y su palma y la yema de los dedos traían el tacto de la lana. Sin desplazarse, la piel registraba el tejido como la vista que interpreta un paisaje. Sentía venir desde las yemas el olor de la lana. Sentía la tensión de las fibras retorcidas, la invasión de colores de las tinturas, la rigidez de los aprestos. Entre ellos, sentía el olor de un jabón conocido. Mi mano supo leer, y supo oler y percibir el gusto de las cosas. El tacto se había vuelto algo sucesivo, como el oído -oía la música- o como la vista cuando recorre un paisaje proyectando sobre el espacio esa ilusión de tempotalidad que solo puede aprenderse con el ejercicio de la audición.
- Tal vez, la gente no se muera nunca. Quizás al morir le llega el nombre de la muerte, y mientras sigue rebotando la idea de la muerte contra el signo y la noción de la muerte, la vida continúa en suspenso.
- Despertaba la vida. Llamé a eso "mis señalcitas de fervor", un hervor español, ancestral, que enviaba burbujitas magnéticas a las fibras nerviosas que se agrupaban con otras para llevar más burbujitas al lugar donde algo le aplicaba arbitrariamente la palabra "placer" a los efectos de esa correntada. (Hay en algún lugar de mi cerebro unas regiones que despiertan cuando cada célula avisa que comienza la vida ofuscando por un instante la constancia del dolor y hundiendo la verdad de la vida en un sueño brevísimo, ese lugar ficticio de mi alma registra el placer como si existiera.)
- Al sentir una armonía...uno siente la ejecución de ciertas leyes arbitrarias sobre el fondo de una ley natural...Por ejemplo, el aire; Respirar! Es algo natural...pero hay un modo natural de respirar ¿no? Que no es natural...Como el modo de ejecutar un acorde, o como el modo de armar un acorde a partir de la madera, las cuerdas y el metal en la orquesta. Nada de eso es natural!
- La muerte es sitio, ahí todo tiempo se acabó. Es sabido que el fuego es una oxidación muy rápida y que la oxidación es sólo una pausada combustión. La vida es una oxidación muy lenta y retaceada por medio de sutiles recursos de la materia orgánica y, paradojalmente, los biólogos denominan "vida" a esos sutiles mecanismos moleculares que sirven para explicar la vida como una reiterativa y despaciosa oxidación programada que sólo se interrumpe con la muerte. ¡La vida es fuego lento planificado! Y esa masacre: una amplia oxidación muy súbita. Se necesitaba tanto fuego reprimido en las cápsulas para significar al plomo con el poder de instalar bajo los envoltorios de los cuerpos todo el tiempo del mundo, negándoles por siempre la posibilidad de repetir su plan de oxidación mesurada y prolija...