Sufrir nunca es una buena decisión. Si un libro te molesta, te aburre o no te produce buenos sentimientos, aléjalo de ti.
En realidad 2,5
Cuando pienso en las historias y aventuras que he vivido gracias a los libros, me siento muy orgulloso de dedicar diariamente por lo menos un pequeño espacio de mi vida en recorrer miles de páginas buscando aprendizaje, diversión, emociones e incluso compañía. Los libros son mis mejores amigos, no quiero alejarme de ellos nunca, y es muy triste imaginar el día en que deba despedirme de ellos cuando llegue mi turno de morir, pero la vida es efímera y no podemos alterar su ciclo natural. Por ello, cuando busco un nuevo libro, un nuevo amigo, intento seleccionarlo muy bien para procurar disfrutar de la mejor experiencia posible, teniendo muy en cuenta que mi tiempo es limitado y que necesito aprovecharlo lo mejor que pueda. Si un libro no me llama la atención, ¿para qué leerlo? ¿Para qué ser tan obstinado? Eso, no vale la pena. Pero desafortunadamente mi cerebro y mi mente no piensan todo el tiempo así, por lo que hay ocasiones en las que la presión, la popularidad de un libro, o el compromiso de leer ciertas obras literarias, nublan mi libre albedrío y me hacen iniciar lecturas que no quiero leer. Me afectan tanto, que me hacen perder esa atracción natural, tierna y desinteresada que he sentido tantas veces cuando me encuentro ante un nuevo libro. Me siento orgulloso de finalizar esta obra porque no ha sido fácil, he sufrido demasiado, y porque más que una actividad placentera se convirtió en una prueba de resistencia que logré superar; pero, después de tres meses de haberlo finalizado, siento que no debí torturarme, ni exponerme a un bloqueo lector, y que mi decisión más sensata y madura debió ser abandonar esta obra con tan solo la lectura de sus primeras páginas. Fue hermoso, lo digo de verdad, que en esta comunidad me apoyaran y motivaran para no rendirme en mitad de camino, ustedes fueron quienes me impulsaron a realizar esta reseña, pero repito: No debí torturarme. Leer un libro forzosamente es igual de dañino que relacionarnos con una persona tóxica que nos hace mal, pero la cual no abandonamos por miedo a estar solos y no tener con quien más hablar. Este libro me ha ofrecido —no por su contenido—, una gran lección que intentaré recordar y aplicar siempre: Solo terminaré aquellas obras que realmente me cautiven.
¿Por qué he sufrido tanto con este libro? Principalmente ha sido por la prosa. El estilo narrativo de Stendhal nunca me cautivó, conmovió, ni me hizo estremecer en ningún momento. Fue una prosa aburrida, sin sentimientos que transmitir al lector, y la cual se me asemejó a una enciclopedia por la forma como está escrita. No es una prosa que intenta atrapar al lector, es una prosa que expone hechos e historias de una forma fría, como si te contaran sobre el valor del petróleo, el clima del día siguiente, o el precio de los alimentos de la canasta familiar. Existieron historias interesantes, no lo niego, pero Stendhal en vez de enfocarse en el desarrollo de aquellas escenas prometedoras nos privó de ellas, avanzando en el tiempo inesperadamente y contando lo ocurrido en menos de un párrafo, para luego retomar su ritmo lento, aburrido y perezoso sobre la vida cotidiana que vivía Julien Sorel, el protagonista. Nunca entendí porque Stendhal se enfocó en la descripción de las partes aburridas, cuando pudo hacerlo en otras que prometían ser muy interesantes, realmente no lo entiendo. Lo único que me gustó de su prosa, y que vale la pena destacar, son las cartas que escribían los personajes en las que sí se transmitían sentimientos —aunque pocos—, y también una escena que me causó gracia debido a que un personaje asiste con un cuchillo a una cita romántica por miedo a que le tendieran una trampa. Pero, en general, me ha parecido horrible su forma de escribir. Una obra escrita así puede causar bloqueos, una obra escrita así puede causar que una persona odie para siempre leer.
Ahora, si ignorara por completo mis disgustos por la prosa, describiría este libro como un buen ejemplar para conocer las costumbres, pensamientos y temas recurrentes de las conversaciones de las personas distinguidas del siglo XIX en Francia. Con Rojo y negro entenderemos que hablar sobre política en aquel entonces era el pasatiempo de la época; todos hablaban de política, debatían, y buscaban otras personas con quienes compartir sobre sus ideales, pero a la vez se debía hacer con cautela porque tus ideologías podían traerte enemigos, perder el empleo, y ser tachado como «incorrecto» en la sociedad, destruyendo tu reputación sin consideración. Encontramos una población de apariencias, que vive pensando permanentemente en lo que se debe hacer para mantener el honor, el poder y el dinero. Una carta, un rumor, la no participación en temas de importancia, o incluso hablar con una persona incorrecta podía afectar seriamente la vida de cualquier persona. De eso se trata Rojo y negro, de mostrarnos por medio de su protagonista, Julien Sorel, el tipo de vida cotidiana, formas de actuar y demás, de las personas u organizaciones que tenían poder o distinción en la Francia del siglo XIX. Personalmente sentí una atmósfera tensa, hipócrita, y fastidiosa, pero como se supone que en aquel tiempo la vida era así, entonces podría calificarse este aspecto del libro como adecuado y correcto.
Por los personajes nunca sentí empatía, debo reconocerlo. No simpaticé con ninguno de ellos porque nunca mostraron su verdadera faceta, siempre con una máscara, siempre ocultando sus sentimientos, y lógicamente esa «falsedad» me irritó porque las personas hipócritas y manipuladoras no son de mi agrado. Ahora, encontrar un libro atiborrado de personajes así, me lleva a pensar que si yo hubiera vivido en el siglo XIX en Francia, posiblemente me habría suicidado, o habría vivido completamente aislado de cualquier ser humano. Los personajes son correctos, están bien diseñados y sus acciones son consecuentes con la época, pero ¿cómo encariñarme de alguien a quien detesto? Imposible, de verdad. A pesar de todo, Stendhal desarrolló bien sus personajes al exponerlos a la vida cotidiana, pues, de esta forma, mientras presentaba el diario vivir de los habitantes de esa época, a la vez iba mostrando la reacción de sus personajes ante X o Y eventos. Ese estilo se asemeja a cómo si estuvieras en tu casa, llegara alguien, y te hablara sobre noticias o chismes de conocidos, y tú pensaras excesivamente en esos temas durante mucho tiempo, como si de aquellos cotilleos dependiera tu propia existencia, pues bien, así viven los personajes de Rojo y negro. Ellos no conocían las bromas, las risas, el amor... todo era seriedad, indiferencia, apariencia, compromisos, y cualquier información —incluso vana— se la tomaban demasiado en serio. Ese es el común denominador de todos los personajes de Rojo y negro.
Quizás si me interesara la política, o me apasionara fervientemente la historia de Francia, este libro sería una reliquia para mí, pero como no ocurre así, desafortunadamente esta obra se me ha convertido en una mala experiencia llena de contradicciones. A veces avanzaba rápido y encontraba alguna que otra frase interesante, a veces el argumento parecía ir por buen camino, pero en muchos momentos todo se invertía y se transformaba cada página en un serio y terrible dolor de cabeza. No es un libro que recomiende, excepto si les gusta la política y les apasiona la historia de Francia, en ese caso querrán incluso hasta releerlo.
En resumen, un libro que me ha hecho sufrir más de la cuenta y que preferiría no haber iniciado. Nunca más leeré a Stendhal, eso lo tengo claro. Mi calificación de dos estrellas expresa mi insatisfacción y mi sufrimiento, pero no le coloco una estrella porque siento que es un libro correcto e indicado para aquellos que sí les interesan los temas mencionados en el párrafo anterior. Rojo y negro no lo recordaré como un amigo, lo recordaré como un compañero conflictivo de los que tanto nos encontramos por el camino.