No creo yo que, para cualquier autor, haya algo más difícil que decir «aquí cierro, compendio o concluyo una etapa de mi carrera, la etapa tal, e inicio una nueva». Difícil no solo por el hecho mismo de comprender, a partir de una cantidad variable de indicios, que se está a punto de comenzar con algo nuevo, o incluso de entender que se llega a eso mismo, a la necesidad de lo nuevo, por gusto, necesidad o hartazgo de lo hecho hasta el momento; decía, no solo por eso sino porque, al mismo tiempo, la peña, el club de admiradores e incluso los lectores casuales no pueden sino preguntarse «y ahora, ¿con qué nos va a salir este sujeto?», a resultas de lo cual crecerán exponencialmente las expectativas sobre el producto de escritura que sea inmediato posterior a la declaración de marras, la tijera se afilará y aparecerá el clásico lector quisquilloso: ese que encuentra el pelo en la sopa porque alguien le ha dicho «ahí está el pelo», pero que bien podría haberlo deglutido de no existir la voz admonitoria.
En el caso de Pérez-Reverte, sabido es que El asedio fue la obra con la que él mismo declaró cerrada su primera —y muy dilatada— etapa de escritura. Ahí resumió —con mucha solvencia; quizá hasta con maestría, en mi opinión— sus posturas narrativas, su estilo, sus modelos de personajes, sus tramas y hasta sus recursos de efecto. Cerró y se lanzó en pos de lo nuevo, lo nuevo que no puede ser absolutamente tal si se considera que la saga del Capitán Alatriste, hasta donde llegue —dos volúmenes más es lo que ha anunciado el mismo autor—, constituye un asidero poderoso con respecto a ese que podría llamarse «el primer Pérez-Reverte».
El primer volumen escrito por «el nuevo Pérez-Reverte» fue El tango de la guardia vieja, reseñado en su oportunidad en este mismo espacio y que, en mi opinión, constituye una buena muestra de las modificaciones experimentadas por el autor sobre todo en su estilo, dado que la trama de la novela y los personajes, quitando el periplo temporal en el que se embarcan, responden a los moldes trazados y puestos a prueba con éxito de antemano. El estilo, en tanto, se ralentizó, se volvió algo más íntimo, más reflexivo, menos frenético pero, por ello mismo, más profundo. El tango de la guardia vieja, en este sentido, constituyó un experimento exitoso, tal vez no apto para los lectores ocasionales de Pérez-Reverte —o menos apto que, por ejemplo, El club Dumas—, pero sin duda bueno para los que, como el que estas líneas escribe, disfrutamos con la escritura del autor cartaginés. Bueno o un poco más allá de bueno.
El tumbo ha venido ahora, con su nueva novela —me niego a mencionarla como gustan hacer los españoles, «su última novela»—. Desde que hace un par de meses anunció Pérez-Reverte que había concluido con la escritura de su nuevo texto y que el mismo abordaría el mundo de los grafiteros, me sentí más que un poco desencantado. El tema no sonaba atractivo, al menos no para quien, como un servidor, considera que eso del grafiti es vandalismo, sin más. Tampoco la premisa de la obra —el arte callejero, el reto, la lucha por el espacio— quedaba bien. Parecía un tanto forzada o, si se quiere, un tanto baladí. Sin embargo, como lector fiel de la obra revertiana, me sobrepuse al desagrado, compré el texto... y me convencí de que mi primera impresión había sido corecta. Y es que El francotirador paciente es una obra rara, siempre mejor que la mayoría de las porquerías que se venden ahora como si fueran boletos del metro —cualesquiera de las sagas de enemil volúmenes que atascan las mesas de las librerías y que tratan, lo mismo de vampiros fosforescentes que de reyes cachondos, de mujeres mal dominadas o de batallas entre seres sobrenaturales—, pero jamás a la altura de lo que prometería una novela de Pérez-Reverte. Incluso podría decirse que no solo no está a la altura: está muy por debajo de lo acostumbrado.
Si usted desea comprar la novela, suspenda aquí la lectura. Si no, mire de lo que le hablo. Por principio de cuentas, es probable que al buen Pérez se le hayan subido a la cabeza la sarta de elogios recibidos gracias a la soberbia construcción de sus dos últimas protagonistas femeninas —Lolita Palma y Mecha Inzunza—, a tal grado que, en esta ocasión, decidió omitir la presencia de cualquier narrador —escénico u omnisciente, da igual— y le dio voz a la protagonista del relato. Sin embargo, como la apuesta es por demás arriesgada, el personaje se convierte en un cliché que resulta manejable para un hombre sesentón con un punto de vista muy marcado en torno al modo en el que se mueve la vida. Así, Lex Varela, la protagonista, es lesbiana, ruda y de armas tomar. Aunque ninguno de los tres adjetivos tiene algo de anormal —salvo que sea usted parte del club de solteronas o solterones de su pueblo—, el primero tiene un inconveniente narratológico, al ser el que le facilita la vida al novelista, el que le quita sobresaltos y momentos incómodos, el que le da pie para escribir como siempre, aunque el personaje dotado de voz no es uno de los de siempre. Un recurso que da al escritor la posibilidad de hablar como lo que es, hombre, aun cuando quien habla en el texto sea mujer. Suena, por decir lo menos, a truco barato.
Este es, a pesar de todo, un problema menor. La mayor dificultad de la obra es el hecho de que la trama resulta, lo decía yo, baladí, intrascendente. Buscar a un grafitero famoso, pero desconocido, hace que la protagonista se embarque en un viaje sin ton ni son de Madrid a Lisboa, a Verona, a Nápoles. Al parecer, el autor se convenció de que el turismo narrado, que tan buenos resultados dio en El tango de la guardia vieja, es imprescindible en cualquier novela y, por ende, envió a la Varela a pasear en busca de un tipo ciertamente elusivo, pero en lo que también parece una pesquisa boba y sin sentido. Una pesquisa a la que le falta de todo: las descripciones cuidadas del paisaje y sus componentes, los cuadros vívidos, la relación rica de un entorno por lo general sórdido, o en el que la sordidez y lo glamoroso se combinan de buena manera. Y no es lo único que se echa en falta: también se extrañan los diálogos potentes, interesantes, reveladores sin entrar en el tratadismo inútil. En lugar de ello, se encuentra uno con docenas de expresiones mal cuidadas, de lugares comunes, incluso de expresiones repetidas hasta el cansancio —«a medio camino entre...» es la más molesta de todas—. En cuanto a la trama, todo puede resumirse en que le falta un desarrollo más ágil, una mejor relación entre los episodios... o incluso una mejor construcción de la novela en sí. Encuentra uno demasiados hilos sueltos, episodios sin interés, soluciones sacadas de la manga, fragmentos no explicados. Aun el final parece absurdo, brutal pero mal construido, sin relación con la trama. Gratuitamente violento, con todo y que pudiera parecer un contrasentido, visto el modo en el que la editorial ha tratado de vender la novela, y con todo y que las escenas de acción son las que mejor se le dan a Pérez -Reverte.
Total, una desilusión.
Si usted gusta hacerse con un ejemplar de la novela, hágalo. Como decía, se puede leer y resulta muchas veces mejor que la mayoría de lo que hay en las mesas donde las librerías apelmazan lo más vendido. No obstante, si espera usted una obra digna de Pérez-Reverte, quizá prefiera ahorrar su dinero y esperar a la siguiente entrega del Capitán Alatriste —que, de contener lo que el autor ha prometido, no tendrá desperdicio—. Esto, como lectura, pasa. Como novela revertiana, parece escrita para cumplir el compromiso anual con el editor y nada más.