Así como Jim Morrison describe que los espíritus de un grupo de nativos americanos penetraron su alma durante la niñez, el palpitar poético de Morrison, su voz entre la calma de Sinatra y el rugido de una bestia, sacudió mi infancia. Las canciones de The Doors fueron mi primer encuentro con el ejercicio poético. Nada comprendía yo de la poesía. Nada sabía yo del performance. Seducido por la voz y el cuerpo de Morrison, sí entendí que para formarme debía imitarle tanto en la voz como en la escritura.
Pasaron los años y naturalmente me olvidé del Morrison-poeta. En mi memoria habitaba con cierto aprecio, pero no le tomaba muy en serio. Así pues, la re-lectura de An American Prayer, publicado en 1978 (seis años después de la muerte del autor) me resultó fascinante. En la traducción de José Vicente Anaya, aparecida en la editorial Laberinto (una edición bilingüe, la cual falla al trasladar el texto original, pues hay incontables errores de transcripción), Morrison se encuentra en manos más que dignas.
A nivel textual, es un recorrido por toda a obra poética del autor, que se entreve en la discografía de The Doors. Es interesante como "Peace Frog", "Roadhouse Blues", "Riders on the Storm" forman parte de la experiencia poética y, como fan del banda, resultan paradas familiares y amadas. An American Prayer es una ceremonia potente que se imparte durante un viaje que recorre las distintas facetas poéticas de Morrison: el más salvaje, el más erótico, el más vulnerable. Por supuesto, y para mi sorpresa prejuiciosa, hay versos de gran calibre: "Hacemos confesión de fe / como creyentes en / que una noche de Lujuria / nos hace confiar en / que lo nocturno / nos da color"; "La muerte nos convierte en ángeles / y nos pone alas en los hombros / donde habíamos tenido / suaves garras de / cuervos". Me gusta cómo Morrison puede pasar del erotismo sagrado en la mutilación (en la Oración hay un sacrificio de "vergas") hasta un sentido homenaje a la amistad más allá de la muerte: "Prefiero las fiestas de mis amigos en lugar de las de grandes familias").
Ahora bien, An American Prayer debe leerse acompañado de la versión performativa con música de The Doors. Ante eso, cualquier poeta flaquea frente al despliegue actoral y dramático de la ceremonia. Como lectura silenciosa e individual es una experiencia incompleta: hay que escuchar la voz del lagarto.
Del uno al diez: N u e v e.