Novela negra hay de todos colores y de todos sabores. Desde la novela negra más ortodoxa, esa en la que los personajes se desenvuelven en ambientes sórdidos entre sangre y cadáveres, hasta aquella en la que a los autores todo se les va en soltar críticas sociales sin gusto ni sustento y en las que, de paso, aparecen muertos solo por no dejar.
Las novelas de Van Gulik, en este sentido, siempre serán una buena opción de lectura. A través de los casos que resuelve el juez Di, el autor lo lleva a uno a la China imperial del siglo VII, le muestra el entorno y las costumbres, lo empapa más o menos de la cotidianidad y, de paso, le pone frente a los ojos unos cuantos enigmas de mucho interés, en los que el juez Di no deja de lucirse.
Sin embargo, debo decir que El biombo lacado no es la mejor de las obras de Van Gulik que he leído. La descripción del lugar, como de costumbre, es impecable, como corresponde a un texto escrito por un orientalista serio y no por cualquier aventurero. Los personajes, igual. Lo malo son los casos. O, mejor dicho, la resolución de los casos. Parecería que al autor se le acabaron los recursos y, aunque la explicación es interesante y la intriga es potente, el modo en el que se llega al desenlace parece un tanto fortuito y poco claro. Incluso la confrontación montada al final —un recurso tradicional en las novelas del juez Di— tiene poca fuerza: el juez simplemente le dice al otro qué tan canalla es y este, el canalla, se ofende. Y ya. No más. No hay nada que se asemeje a la escena final de El monasterio encantado, por ejemplo, en la que el lector queda completamenmte atrapado. Aquí simplemente se enfrentan dos personajes y después se separan.
A pesar de lo mencionado, la novela es más que recomendable. Al menos, abre un poco el panorama actual, en el que los detectives gringos, nórdicos y europeos meridionales se suceden unos a otros sin parar. Poner pausa a la vorágine y leer casos policiacos situados en la China de la dinastía Tang es vivificante. E instructivo, por supuesto.