Leer a Lovecraft fue un gusto pero también tuvo algunos fuertes desencantos. Empiezo por lo bueno: su pluma es maravillosa, el lenguaje, la terminología que usa, la propuesta narrativa, las referencias y recursos literarios. Leerlo da placer, satisfacción, se lee con mucha fluidez y atrapa. La temática y la estética elegidas me gustaron mucho también: la mayoría de los cuentos aborda esa cuestión onírica en la que los personajes no consiguen distinguir el límite entre la realidad y la ficción, algo que suele acarrear graves consecuencias. Casi siempre sus protagonistas se encuentran en una posición de delirio, no encajan en los parámetros sociales de la normalidad y acceden a mundos y criaturas a veces de ensueño, la mayoría de las veces infernales, que les hacen perder la razón. El terror de alguna manera, se encuentra siempre en uno mismo. Esto tiene que ver con el momento de escritura del autor (saliendo de la Primera Guerra Mundial), en el que en el plano cultural impacta la tragedia y se ve con pesimismo el comportamiento humano, algo esperable tras semejante atrocidad, sin precedentes y que estableció un verdadero cambio de paradigma desde lo socio-económico y lo político.
En general la mayoría de los cuentos sigue una misma estructura narrativa, lo cual hace que vistos aisladamente parezcan una maravilla pero que en su visión de conjunto se vuelvan un tanto reiterativos. Como casi siempre sucede con las antologías, me pareció que algunos relatos son verdaderas joyas (Dagón, La Tumba, Los gatos de Ulthar, El pantano de la luna, La búsqueda de Iranón), otros me parecieron más bien del montón y algunos (ya hacia el final de la antología) sentí que me cansaron un poco (en especial Herbert West reanimador, el cual por su estructura se nota que fue publicado de a partes; Hipnos y El horror oculto, entre otros). La antología eso sí, de Alianza Editorial, está muy bien planteada, impecablemente traducida y recogiendo lo más importante de la primera etapa Lovecraftiana (20 cuentos, algunos muy icónicos, escritos entre 1917 y 1923).
Claro que creo que volvería a leer a Lovecraft y lo recomiendo por su importancia en especial vinculado a la literatura de terror, pero asi como puedo decir que su lectura me gustó, también debo decir que hay algunos aspectos de su propuesta que me rechinaron muchísimo y que es necesario (muy necesario) no pasar nunca por alto.
La escritura del autor expresa su machismo y su racismo. Aunque debemos entender el contexto de escritura (hace 100 años, en la zona más conservadora de un país conservador como lo es Estados Unidos, y en una época, como ya dije, de desencantos) creo que el contexto de escritura tampoco habilita todo.
La violencia racista presente en algunos cuentos (Más allá del muro del sueño, Arthur Jermyn, El templo, entre otros) me pareció terrible y me dejó, como lector, completamente descolocado. Dicho racismo se ejerce no sólo ante las personas negras (a quienes se las compara con monos o directamente se las califica de repugnantes) sino también hacia los pueblos originarios y grupos de nativos o descendientes de nativos norteamericanos (sobre quienes se pone en cuestión su capacidad intelectual).
En cuanto a la mujer, creo que a veces las omisiones, lo que no se dice, tiene mucho más significado que aquello finalmente puesto en palabras: no hay ni un solo cuento protagonizado por una mujer, y apenas se nombra alguna entre los veinte que componen la antología (generalmente en posición de subordinación frente a su marido o su familia). Como si no existieran. Lo que no se nombra no existe.
Todo esto me pareció muy grave y creo importante que sea tenido en cuenta. No es que haya que censurar al autor, pero sí saber qué esperar y buscar crecer a partir de lo propuesto haciéndole frente, visibilizándolo y tratando de cambiarlo en nuestro presente. Para bien o para mal, de la literatura siempre se aprende.