El esclarecedor prólogo de Rafael Argullol ilumina desde el la primera página el especial interés de este diccionario. Se trata de sondear el fenómeno fascista desde algunos ingredientes particulares, alejándose de la etiqueta maniquea del fascismo como "encarnación del mal" (que no sirve para reflexionar en profundidad) analizando, sine ira et studio, cual es el papel jugado por elementos tan diferentes como la apología del nudismo y el vegetarianismo, la crítica al tabaquismo, la sorprendente construcción de autopistas, el significado de la Svástica o la filosofía de Nietzsche.
En este sentido, la perspectiva asumida recuerda de algún modo a la de la monumental -y fundamental- obra de Roger Grifin (Modernismo y fascismo), exhibiendo el maremágnum de asuntos del fascismo (unos modernísimos, otros revolucionarios, unos reaccionarios, otros esotéricos, unos racionalistas otros higienistas...) como fenómeno complejo del que todavía hoy hay mucho que aprender. Reducir el fascismo a conservadurismo, nacionalismo, racismo y militarismo sólo sirve, a la postre, para oscurecer otros estímulos fascistas -más peligrosos hoy- que pueblan nuestro medio ambiente (i.e. apología tecnológica y economicista, cientifismo, irracionalismo emotivo, propaganda de masas, hipnosis virtual...).
Ciertamente, todo este vector (el más interesante, con diferencia) no se cumple siempre del todo. Los artículos deben ser valorados como introducción (un abrir boca) a esta otra perspectiva, más poliédrica, del fascismo. En ocasiones, los artículos deben ser complementados por lecturas más complejas (caso de la esvástica, de Nietzsche...)