Debe de haber pocas cosas más difíciles de encajar que descubrir que tu mejor amigo de la infancia escribía mejor que tú. Salvo, quizá, que desaparezca y te deje encargado de demostrarlo.
Eso es, más o menos, lo que le ocurre al narrador de La habitación cerrada. Fanshawe, amigo inseparable de sus primeros años y convertido después en una figura cada vez más lejana, ha desaparecido. Detrás quedan Sophie, su mujer, un bebé de pocos meses y una montaña de manuscritos que nadie ha leído. Las instrucciones de Fanshawe son bastante concretas: su antiguo amigo deberá decidir si aquello merece publicarse. Si cree que no, puede destruirlo.
Lo lee.
Y resulta que el maldito escribía extraordinariamente bien.
El detalle tiene bastante mala leche: el narrador también había querido ser escritor. Vive de reseñas y artículos, ha conseguido cierta reputación como crítico, pero la ficción que aspiraba a escribir se ha ido quedando por el camino. Fanshawe, en cambio, llevaba años escribiendo a escondidas.
A partir de ahí, Auster pone en marcha una de esas situaciones que, contadas deprisa, parecen casi un argumento de sobremesa y, unas páginas después, empiezan a tener la consistencia de una pesadilla. El narrador se ocupa de publicar la obra de Fanshawe. Los libros funcionan. El desaparecido se convierte en escritor precisamente cuando ya no está allí para disfrutarlo. Y el hombre encargado de administrar su legado empieza también a acercarse a Sophie y al hijo que Fanshawe ha dejado atrás.
Conviene detenerse en algo porque en eso está buena parte de la perversidad de la novela: Fanshawe le ha confiado sus papeles. Nadie le ha pedido que ocupe su vida.
Eso viene después.
Y viene con una naturalidad que da bastante más miedo que cualquier suplantación premeditada. El narrador no irrumpe en casa de su amigo con una peluca y documentación falsa. Se enamora. Forma una familia. Trabaja. Cobra. Se ocupa de la obra de Fanshawe. Hace cosas perfectamente comprensibles una detrás de otra, y cuando uno mira el conjunto descubre que aquel hombre desaparecido ha dejado un hueco y que su mejor amigo cabe dentro con una precisión casi ofensiva.
En Ciudad de cristal, Quinn aceptaba un nombre ajeno y terminaba extraviándose dentro del personaje que había decidido interpretar. La habitación cerrada propone algo todavía más tentador: aquí la vida del otro funciona. Tiene una mujer a la que amar, un niño al que cuidar, libros magníficos que publicar, reconocimiento, dinero, una casa. La amenaza ya no consiste únicamente en dejar de saber quién eres. Consiste en descubrir que la chaqueta del desaparecido te queda estupendamente. Tal vez por eso esta tercera pieza de la Trilogía de Nueva York me parece la más humana de las tres. También la más cruel.
Fanshawe y el narrador crecieron juntos, pero nunca estuvieron exactamente en pie de igualdad. El recuerdo del amigo está atravesado por la admiración y por algo bastante menos presentable. Fanshawe era aquel muchacho al que ciertas cosas parecían salirle mejor, el que poseía una intensidad y un talento que el narrador contempla desde una mezcla de fascinación, cariño y competencia. Los años los separan; la desaparición vuelve a unirlos de la peor manera posible.
Porque competir con un amigo ya resulta complicado. Competir con un fantasma es directamente agotador.
Ahí Auster recupera el mecanismo detectivesco de las dos novelas anteriores y lo desplaza a un territorio mucho más íntimo. Hay una investigación, sí, aunque las pistas esta vez son cartas, recuerdos, manuscritos, testimonios y años compartidos. Y la investigación nace de algo perfectamente concreto: tras el éxito de los libros, al narrador le encargan escribir una biografía de Fanshawe. Para contar la vida de su amigo tendrá que averiguar qué hizo durante los años en que ya no estuvieron juntos. El investigador conoce personalmente al investigado. O eso cree.
Y esa pequeña diferencia lo cambia todo.
Fanshawe dispone además de una ventaja extraordinaria: al estar ausente, puede convertirse en cualquier cosa. El narrador recuerda al muchacho que conoció, lee al escritor que desconocía, escucha lo que otros cuentan de él e intenta ensamblar con todo eso a una persona. Pero cada nuevo dato parece fabricar otro Fanshawe. El hombre real se vuelve progresivamente menos accesible a medida que aumenta la información sobre él.
El narrador cuenta la historia en primera persona y nunca conocemos su nombre. Parece una decisión menor hasta que se observa el reparto: pasamos páginas y páginas intentando averiguar quién era Fanshawe mientras el hombre que nos lo cuenta permanece también sin nombre. Uno ocupa el centro mediante su ausencia; el otro está presente en cada línea y tampoco termina de dejarse atrapar.
Su voz ayuda mucho. Auster escribe aquí con una claridad casi engañosa. La historia avanza con bastante más continuidad narrativa que Ciudad de cristal y Fantasmas, sin renunciar por ello a ninguno de los problemas que venían obsesionándolo. Las frases son limpias, los acontecimientos se entienden, las decisiones tienen causas reconocibles. La lengua permanece nítida; lo que cada vez resulta más difícil de leer es la moral de esas decisiones.
Porque el narrador sabe explicarse muy bien. Quizá demasiado bien.
Cuenta desde una distancia temporal que le permite ordenar lo sucedido, analizar sus motivos, reconocer errores y ofrecernos una versión aparentemente razonable de sí mismo. Pero cuanto más se acerca a Fanshawe, más empiezan a mezclarse cosas que uno preferiría guardar en cajones separados: amistad y rivalidad, amor y apropiación, generosidad y conveniencia, lealtad y resentimiento. Nunca hace falta convertirlo en un villano; sería mucho menos interesante si lo fuera.
También Sophie gana bastante cuando se la saca del papel de premio que dos hombres se disputan. Su marido ha desaparecido dejándola con un bebé y unos manuscritos. Tiene que organizar una vida real mientras a su alrededor los hombres convierten esa vida en literatura, misterio, amistad perdida, obsesión o culpa. Y ahí se abre una diferencia importante: Sophie necesita construir un presente; el narrador continúa atado a la tarea de reconstruir a Fanshawe. Su presencia recuerda así que esta historia de dobles tiene consecuencias sobre personas que no participan en el juego.
Y después están los libros. La sustitución llega incluso al lugar más elemental donde dos escritores se distinguen: la firma. Empieza a circular el rumor de que Fanshawe quizá ni siquiera exista, que es el narrador quien realmente ha escrito aquellos libros. Y lejos de ofenderle, la sospecha le halaga. A partir de ahí, hasta la frontera entre su propia identidad como escritor y la de Fanshawe empieza a volverse menos segura de lo que debería. La apropiación ya no afecta únicamente a una casa o a una familia: amenaza con alcanzar también el nombre que aparece en la cubierta.
La habitación cerrada habla muchísimo de escribir sin necesidad de convertirse en una conferencia sobre literatura. Fanshawe desaparece como hombre justo cuando empieza a existir como autor. Sus textos llegan al mundo gracias a otro escritor. El narrador se convierte en lector, editor, administrador de una obra ajena y, finalmente, en alguien que intenta reconstruir también la vida de quien la escribió.
El problema es que una vida no se deja ordenar como una novela.
Puedes reunir fechas, lugares, cartas, amantes, empleos y recuerdos hasta llenar una mesa de documentos y continuar sin saber quién demonios era aquella persona. Más aún: puedes terminar averiguando mucho más sobre tus motivos para buscarla que sobre ella.
Ese es el punto en que La habitación cerrada termina de conversar con las otras dos piezas de la trilogía. En las tres hay alguien observando a otro hasta que la frontera empieza a deformarse. Quinn sigue a Stillman. Azul vigila a Negro. Aquí el narrador persigue a Fanshawe. Cambian los métodos, cambia la temperatura emocional, pero el movimiento se parece: mirar demasiado tiempo a otra persona puede acabar convirtiéndose en una forma bastante laboriosa de mirarse a uno mismo.
Auster introduce además un juego metaficcional que prefiero no explicar porque pertenece a esa clase de hallazgos que funcionan mucho mejor cuando uno tropieza con ellos. Baste decir que La habitación cerrada no se limita a ocupar el tercer puesto de la trilogía. En determinado momento modifica la relación entre las tres novelas y obliga a reconsiderar qué demonios llevamos leyendo desde que sonó aquel teléfono equivocado de Ciudad de cristal.
Ahí se entiende también que Auster no haya abandonado sus espejos. Simplemente los ha llevado al dormitorio, al despacho, a la mesa familiar.
Y quizá por eso esta novela me afecta más. Ciudad de cristal tiene el deslumbramiento del artefacto que descubres por primera vez. Fantasmas lleva la idea del observador y el observado hasta una pureza casi geométrica. La habitación cerrada mete esas mismas obsesiones en una vida reconocible: amistad, pareja, paternidad, éxito profesional, celos. Ya no puedes contemplar el experimento desde una distancia confortable porque hay gente preparando el desayuno mientras ocurre.
Hasta el apellido Fanshawe encierra uno de esos pequeños pasadizos que tanto le gustan a Auster. Es el título de la primera novela de Nathaniel Hawthorne, libro del que su propio autor renegó hasta intentar retirar sus ejemplares de circulación. Un escritor queriendo hacer desaparecer una obra y Auster llamando Fanshawe precisamente al escritor desaparecido cuya obra sobrevive: difícil creer que estuviera escogiendo nombres de una guía telefónica.
Pero tampoco hace falta conocer a Hawthorne para entrar en el libro, ni llevar un diploma en posmodernidad colgado del cuello. La habitación cerrada funciona porque por debajo de todas sus trampas literarias hay algo mucho más elemental: dos amigos y una vieja desigualdad entre ellos.
Uno desaparece.
El otro se queda con sus libros, entra en su casa y acaba viviendo una vida que, en buena medida, existe porque el primero ha dejado de ocuparla. Solo que los ausentes tienen una costumbre bastante irritante: siguen ocupando sitio.
Por eso el título acaba resultando tan preciso. La habitación cerrada existe dentro de la propia historia, pero Auster termina convirtiéndola también en una imagen mental. El problema de una habitación cerrada siempre parece ser cómo entrar. Aquí ocurre algo peor: llega un momento en que el narrador descubre que lleva mucho tiempo dentro.
Quizá desde antes de que empezara la novela.
DC