El autor realiza un apasionante recorrido por un periodo de tiempo que por demasiados años se ha mantenido cubierto por un misterioso velo muy conveniente para los movimientos de izquierda.
Detallada visión de lo que supuso la figura del dictador comunista, tanto para su propio país -la extinta Unión soviética- como para la resolución de la Segunda Guerra Mundial y las democracias del mundo.
Si bien los horrores provocados por Stalin y los gulags no son tan conocidos como los de Hitler -algo que el autor atribuye a la falta de documentación visual de la hermética URSS- no se puede negar que Stalin pervirtió la utopía marxista hasta convertirla en un museo de los horrores al servicio de su propio beneficio personal.
No obstante, la razón definitiva por la que para el grueso del público resulta más aterrador oír mencionar a Hitler que a Stalin es la reticencia de Estados Unidos a admitir que necesitó de un genocida para acabar con otro al final de la Segunda Guerra Mundial. Siempre es mejor, especialmente para el cine, mostrar cómo los americanos rescatan a los judíos de los campos de concentración alemanes a cómo hacían oídos sordos a las masacres de ciudadanos soviéticos porque necesitaban a su atormentador para hacerse definitivamente con la supremacía mundial.