En esta parte nuestro protagonista anónimo sigue trabajando en la peluquería pero por esas cosas del destino lee una carta de despedida de un ex compañero de sanatorio, de nombre Rómulo “El Guapo”.
Esta carta se la da una jovencita a quien llamaban “Quesito” y que tenía mucho aprecio hacia Rómulo, lo quería como un padre. Y le pide a nuestro singular detective que lo encuentre porque el hombre había desaparecido.
Como siempre, al comienzo se niega pero luego movido por la amistad y sin un euro en el bolsillo, vuelve a las andadas y acepta ayudar a “Quesito” con la complicidad de un equipo muy sui generis: el pollo Morgan, un timador profesional; un africano albino Kiwijuli Kakawa, alias el Juli, la Moski, una acordeonista callejera, un repartidor de pizza y el señor Armengol, regente del restaurante “SE VENDE PERRO”.
Sin embargo, jamás se imaginó que se vería envuelto otra vez en una trama muy complicada y en una carrera contra el reloj para atajar una acción terrorista en Barcelona que iba a atentar contra nada menos que Angela Merkel.
Un disparate completo.
Ese es el estilo de Mendoza. Sus novelas de humor tienen el mismo corte, sobre todo las de esta saga.
Sin embargo, en esta entrega se queda más en el absurdo que en el humor, tal vez porque nuestro protagonista ya tiene sus añitos encima y por tanto, se encuentra más cansado por el paso del tiempo.
Puedo decir que durante la mitad del libro, hasta un poco más, pareciera que no hay salida alguna y el protagonista se encuentra dando vueltas sobre las mismas pistas una y otra vez; hasta que sucede esa vuelta de tuerca que estábamos esperando para agilizar el relato.
El paso del protagonistas se hace más evidente cuando nos damos cuenta que ya estamos en la época de los celulares, es decir, que a diferencia de los libros anteriores, hay un elemento nuevo en la saga que va a coadyuvar en la resolución del caso, pero que el protagonista no va a saber manejar. Será con la ayuda de la jovencita Quesito que aprenderá el uso de esta tecnología prácticamente, a trompicones.
Además, nos presenta reflexiones filosóficas muy interesantes que no tienen sus otros libros, y que las realiza un personaje que me encanta, que es el abuelo SIAU, dueño de un restaurante chino ubicado al frente de la peluquería.
Le da al protagonista perlas de sabiduría sobre la vejez, sobre el presente, el pasado, el futuro y, en general, sobre los seres humanos y por qué actuamos como actuamos.
Al final del relato, que es totalmente lineal, todas las piezas encajan a la perfección. Siempre hay que llegar a las últimas páginas para poder verlo todo con mayor claridad.
En conclusión, es una muy buena trama, trepidante, divertida, en la cual jamás vamos a adivinar con qué nos encontraremos al pasar la página.
Además, sigue siendo una descripción maravillosa de Barcelona, de su gente, de sus calles, de sus lugares y sobre todo, de sus cambios.